Finiquitado julio, estaremos instalados en agosto antes de 48 horas con la sensación, desde las islas, de asistir a un verano caliente. Las temperaturas meteorológica, económica y política coinciden. Europa, España y el archipiélago se adentran en un mes de alto voltaje, en el que se esperan noticias de mucho calado que alivien un volcán al rojo vivo a raíz de las últimas cifras de paro y las previsiones de España y los organismos internacionales sobre la prolongación de esta fase recesiva.
Para Canarias, las próximas semanas son decisivas para despejar la incógnita de su solvencia. Ante el compromiso de hacer frente a las deudas contraídas con terceros que nos han financiado, la comunidad autónoma se debate entre la capacidad de autogestionar los pagos previstos o de acudir para ello al fondo de liquidez estatal.
A su vez, otras autonomías que engrosan un grupo de territorios financieramente malparados, aumentan las dudas sobre el actual estado descentralizado, lo que genera incertidumbre y malestar en los territorios donde arraiga más el autogobierno, como Cataluña, País Vasco o Canarias. El debate de la reforma administrativa y las duplicidades promete ser caldeado en las autonomías más sensibles si se procede a reformar el título VIII de la Constitución.
Pero esta y otras reformas mencionadas, sin mayor concreción, demandan del Gobierno central un mayor poder de convicción ante los ciudadanos del demostrado hasta la actualidad.
Las encuestas le dan la espalda a Rajoy. Está malgastando la mayoría absoluta, absolutamente, y sufre un desgaste prematuro antes del primer año de gobierno. Las cifras (paro, déficit, interés de la deuda) ya a estas alturas amnistían al mismísimo Zapatero. Pero no sólo los sondeos afean las vacaciones que se niega a coger el Gobierno.
La selección olímpica de fútbol queda eliminada a la primera de cambio. “No somos Uganda”, ya sonaba demasiado chulo. Somos peores que Honduras. Londres erosiona el buen nombre de La Roja y es un mal síntoma estival. Cuando el fútbol genera frustración, ¿de qué habla la gente? De política. ¿Y a quién echa la culpa? Al Gobierno. De todo.
Los reportajes del diario francés Libération y del semanario económico The Economist, el jueves y viernes, que ridiculizan a España por su recesión (la “pesadilla” la llaman la publicación británica), estimulan la tesis del acoso a Rajoy por parte de los mercados y de los medios de comunicación. El presidente se refugia en sí mismo, y sin ser del todo incierto que en Europa más de uno se alegra de las desgracias de España (se alegra y se beneficia, como en el caso alemán), cabe decir también que el Gobierno del PP está cometiendo errores de manual.
No es normal, se venda como se venda, que los dos líderes sindicales (Toxo y Méndez, “¿por qué no se casan?”, se pregunta J.J. Millás) se reunieran hora y cuarto el día 5 con Angela Merkel. ¿Desde cuándo la canciller fue elegida formalmente por los españoles para regir sus destinos? Se está perdiendo el juicio. La dama de hierro alemana acaudillará todo lo que se quiera el rumbo de la UE, pero esa entrevista, guardada en secreto para más inri, sobraba, hace un flaco favor al ordenamiento institucional español y abunda en la tesis de que Berlín es la capital de Europa y cada uno de sus estados satélites, España por ejemplo. El hecho de que Rajoy los recibiera después de ser puenteado con la alemana no parece ningún mérito del presidente, pero todo este carnaval de injerencias empieza a lo tonto y acaba como el rosario de la aurora. ¿En qué país vivimos? ¿Y qué Europa es esta? Ni España se parece a la democracia soberana que era, desbordada por la tutela europea y los hombres de negro, ni la UE se parece un carajo a lo que se n os ven dio. ¿Unión, acaso? Y ya no digamos Europea, en pleno ‘sálvese quien pueda’. Lo tengo dicho en otra entrega: Europa, jarrón, te van a dejar caer.
Y, mientras, España sigue en el corredor del rescate. Agosto es el mes del ‘Draghi light’. Bien porque el BCE nos compra deuda, o lo hace a través del FEEF (el fondo de socorro vigente), o en forma de línea precautoria de crédito, es de confiar que vendrá el flujo de dinero que calme los mercados, según prometió, in extremis, Mario Draghi, la máxima autoridad monetaria.
Si el mensaje de Jean-Claude Juncker, el político luxemburgués que preside el Eurogrupo (el que apretaba el cuello de De Guindos en la foto más elocuente de esta crisis) son premonitorias, este jueves, en la reunión del BCE, saldrá a la luz el plan de intervención a favor de España e Italia para mantener a flote el euro. Rumores optimistas de última hora apuntan a una doble actuación: compra de deuda en el mercado secundario por parte del BCE y compra de deuda en el mercado primario a cargo del fondo de rescate. Pero de momento no tenemos realidades que plasmen esos deseos, seamos cautos.
“No hay tiempo que perder”, declaró Juncker el sábado. Para el mismo jueves, 2, ha citado Rajoy a Monti en La Moncloa. Día D. Máxima atención. No obstante, que nadie se haga demasiadas ilusiones, insisto. No he visto paquidermo con más pachorra que Europa. El propio ministro alemán de finanzas, Wolfgang Schäuble, ha rebajado las expectativas del anuncio de Draghi. Para el ministro alemán, sobran las conjeturas: España tiene suficiente por ahora con los 100.000 millones de euros de rescate bancario, que empieza a cobrar en breve. ¿Alguien entiendo algo?
A ese combinado de embrollo e inacción tan europeo últimamente lo llama ‘Debacle’ el director de Libération, Nicolas Demorand en su editorial sobre el caso español. “Nada funciona”, es su conclusión.
Como Lana del Rey, todos ponen a parir a Rajoy, que si mudo, que si vago, que si mete la pata…, pero sería faltar a la verdad ignorar que, tanto sus desproporcionados recortes e impuestos, como las reformas que ha parido en estos siete meses son exactamente lo que pide y exige Bruselas, que aplica recetas que se reducen a la máxima: tirar piedras sobre su propio tejado. ¿Cómo es posible que el electorado y los mercados castiguen a la vez al que machaca al primero para congraciarse con los segundos?