Abocada a salir del euro por su propio pie o a empellones, Grecia se dispone a celebrar nuevas elecciones en junio, como consecuencia de su incapacidad para formar gobierno tras el infernal reparto de equilibrios surgido de las urnas. La democracia pasa por serios apuros en una Europa a la que le pueden las urgencias como al diarreico le apremia llegar a tiempo al inodoro.
Pero Grecia desprende el mal olor de los restos de un país corrompido, y en Europa voces cualificadas que van del ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schaeuble, a cualquier correveidile de los pasillos de Bruselas, hablan sin disimulo de la conveniente, hipotética o inevitable caída de Atenas y su exclusión de la moneda única. Se hacen cálculos, incluso, del precio que Europa habría de pagar por esa deserción o expulsión: más de 300.000 millones de euros. ¿Cuesta lo mismo tener dentro que fuera a esta Grecia sin remedio?
Hay declaraciones, en efecto, para todos los gustos. Los dos máximos líderes de la Unión, Angela Merkel y François Hollande, se vieron este martes por primera vez, cara a cara; tras la toma de posesión del nuevo presidente galo, se dieron la mano en Berlín, sin abrazos ni besos efusivos (en la era Merkozy), como si fueran conscientes de que representan el vinagre y el aceite de las recetas contra la crisis. Y, más allá del protocolario formalismo, hablaron de la antítesis austeridad-crecimiento, de sus diferencias abiertamente.
Merkel enfatizó a la prensa, sin desprender una sonrisa, que se han exagerado las distancias de los dos polos del eje francoalemán, y que hablando se entiende la gente. Pero va a costar moverla un ápice de su enrocamiento, pese a haber sufrido un revés electoral, horas antes, en el land más poblado, Renania del Norte-Westfalia.
Sintomáticamente, no fue un viaje plácido el del nuevo inquilino de El Elíseo. Cogió un avión tras la investidura y se desató una tormenta, un rayo impactó irreverentemente la aeronave y tuvo que volver a París a cambiar de aparato para su primera misión antipática tras llegar al poder. En la capital alemana proseguía el temporal, casi simétrico al que azota Europa y, particularmente, a Grecia, el socio en boca de todos y de ambos de manera casi monográfica.
Grecia lleva la conversación a España, a su precariedad peligrosa, a los vaticinios del economista Paul Krugman (Nobel en 2008), que sorprendió a los europeos esta semana en su columna del New York Times (ve a Grecia fuera del euro dentro de un mes, a España en medio de un corralito y a la eurozona en práctica disolución si las políticas de ajuste no son corregidas de inmediato por medidas de estímulo).
La prima de riesgo (que mide la rentabilidad del bono español a diez años respecto al alemán) siguió ascendiendo temerariamente, camino ya de alcanzar los 500 puntos básicos, lo que sería una catástrofe. Ya lo es, en realidad estamos instalados en la catástrofe catastrófica y esa redundancia nos vacuna en su percepción, si bien no en sus efectos. Permanecemos a la espera de acontecimientos, de que nos intervengan la banca o nos rescaten sin rodeos, de que nos alarguen los plazos del déficit o nos acorten los márgenes de respiración y de que nos den permiso (así estamos, súbditos de Alemania, admitámoslo) para crecer.
De aquel ‘¡Indignáos!’ del 15M hesseliano de hace un año a este ‘¡arrepentíos!’ que supongo se abrirá paso entre los círculos de los líderes responsables de esta situación (al estilo de los banqueros manirrotos que esperamos ver entre la espada y la pared de los tribunales pertinentes), hay tan sólo un corto trecho. Se han equivocado en la terapia. El enfermo está agonizando. ¿De quién es la culpa?
Un asesor de Merkel reconoció esta semana que los recortes impuestos desde Berlín están “matando” países y habrá que “parar”. ¿Hay todavía tiempo o ya es tarde? Se ha impuesto el miedo en toda regla. Y la incertidumbre. No habrá Merkollande. Europa tiene ya dos velocidades y amenaza con partirse por la mitad, entre los que están en recesión y los que no. Pero si Europa cae, puede haber una guerra de los mundos. Y a todos conviene mantener la fiesta en paz.