El final de la pesadilla de la erupción de El Hierro –que a juicio de los científicos es un proceso que se puede dar por concluido tras ocho meses- tardará en producirse. De todos es conocido que en el caso de los habitantes de la isla –y de La Restinga en particular- su mayor malestar no se debía tanto al miedo a una erupción destructiva sobre la población, cuanto a las consecuencias devastadoras de la catástrofe ecológica en el Mar de las Calmas y el desastre pesquero que han venido sufriendo por esta causa. Las ayudas del Gobierno canario, y en paralelo del anterior Gobierno de Zapatero, así como las que anuncia ahora el ministro Soria (8 millones en subvenciones y préstamos blandos), son providenciales para unos vecinos que han permanecido bajo el yugo del volcán submarino esperando alguna novedad que cambiara su suerte. Como quiera que ni el cono de la montaña ha asomado, ni cabe anhelar ningún factor sorpresa que altere los acontecimientos, lo más razonable es reemprender la normalidad de la isla en la medida de lo posible. Cualquier beneficio añadido que provenga del fenómeno sísmico-eruptivo, de la mano de un geoparque o laboratorio internacional –más allá de las palabras rimbombantes, bienvenido sea. Pero al herreño hay que darle ahora el empujón que necesita para salir de la parálisis de todos estos meses en estado de shock, en que algunos llegaron a especular con su destrucción total y no descartaban evacuarla al completo.