Pasado mañana, cuando vengan los Reyes, nos traerán recuerdos de Pérez Arnay. Porque era un regalo del cielo, un amigo que sonreía como si te obsequiara todo el tiempo su bonhomía y afecto. Me lo tropezaba a menudo, en el Quiosco de Rosi y Marín en la Plaza Militar, entre revistas de lo suyo –el cine- y lo mío, que son los periódicos y los libros, papeles de otra película, el buen periodismo y el malo.
Arnay era de los buenos periodistas del género –habría sido un ‘pedazo’ de crítico cinematográfico en el Madrid de Terenci Moix, su amigo también desaparecido, a cuyo encuentro ha ido por fin-; lo tuve cerca en Radio Club detrás de un micrófono adulándole a la noche para que le dejara mantener los ojos abiertos hasta bien entrada la madrugada al arrullo de las canciones de ‘Anyway’. Era buen catador de cine, tenía un archivo documental de primera mano; conocía la biblia acerca del séptimo arte. Escribió la biografía de María Montez, la mítica reina del Technicolor, hasta cuyos orígenes canarios indagó sin desmayo.
Antonio se ha ido casi al alimón con el gran doblador Rogelio Hernández –que conocimos juntos en la emisora cuando lo trajo Paco Padrón-, la voz de Brando, de Paul Newman y de Jack Nicholson. Tenía la pasión rutilante de las estrellas, a las que se ha unido en el firmamento que anhelaba, y vivía como un actor de oficios inimaginables. Era enfermero, como hubiera sido filólogo de no haber interrumpido los estudios con la muerte del padre. Era –había sido- periodista de prensa, radio y televisión, hasta que en los 90 abandonó el gremio, porque no le debía nada a nadie.
Era dueño absoluto de su vida. Lo veía con el entusiasmo de siempre, sonriendo como única manera de comportarse. Era de la gente que no disimulaba la alegría. Por eso, si el corazón le estalló en la calle, debió de ser otra carcajada de Arnay, recién llegado del Líbano, con ganas de emprender un viaje todavía más lejos, a la fábrica de los sueños.