Ha muerto a los 80 años. Gilberto Alemán no escribió sus memorias porque no le dio la gana. Con todo lo que sabemos de su intramundo oficial y subversivo y lo que desconocemos de los períodos en Madrid y Venezuela, ahora, tras su muerte, lamentamos que no se hubiera enfrascado en el recuento y recuerdo de su polimorfa vida oficial y subversiva, en la que se reinventó periodista, activista y, finalmente, político de paso. Al cabo de un centenar de libros y diez mil artículos y pico, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) le rindió un homenaje a toda una vida de ‘entrometido’ en su isla y dedicado a la prensa a caballo del mito del náufrago inglés y el hábil arquero de los bosques, contestatario o contestón. El homenaje al descendiente de una generación de periodistas que se quedó (en los peñascos), o volvió a toda prisa, como el farero que echa de menos la torre porque le gusta estar solo.
Así, diríase, que se reivindicaba, en tiempos de extinción de especies endémicas del viejo oficio, en que los grandes maestros eran leyendas de un periodismo de linotipia que creó escuela sin salir de su galaxia Gutemberg. Este cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife y Premio Canarias de Comunicación llevaba en las alforjas horas de gloria y horas de calle, un modo y modelo de periodismo quirográfico, de libretas notariales de la actualidad, antes de que se extendiera el uso holgazán del magnetofón, y horas en las ondas de periodismo radiofónico de cuando una vocación sinhilista precedió al periodista cibernauta de estos días. Gilberto nació a la prensa en la era pop (de los popes) de puño y letra, pero el suyo es un caso de reciclaje poco usual; parido en la prehistoria de los mass media hoy reducida a cenizas, sus mejores años no se agotaron en el combate de las ideas contra el franquismo, en su militancia de periodista socialista de ‘El Día’ y en la Transición, cuando cubría las huelgas y revueltas por Javier Fernández Quesada o Bartolomé García Lorenzo, sino en todo lo que le cayó encima después y en cómo se rehizo: la persecución del nacionalista proscrito durante la caza de brujas de Capitanía que duró hasta el climaterio del fervor cubillista, el silencio de los petardos y la inhibición de la OUA, esa historia no contada de política de talón (y de Gabón).
Tal fue su caída en desgracia en el periodismo de una sociedad retraída que lo empujó al exilio caraqueño como un apestado. Pero, a su regreso, bajo la calma de la Constitución, el futuro académico canario de la lengua Gilberto Alemán, una vez huérfano de padres de profesión y amigos influyentes (era un periodista marcado) de la alta sociedad que lo había hecho su ídolo radical cuando eso vestía, con tan sólo dos o tres colegas de su parte y el acopio de vivencias en la mirada de Morgan Freeman, hizo una de sus cabriolas más célebres y se refundó con una mano delante y otra detrás. Empezó de cero. No había otro escalón más abajo.
Freelance
Se hizo ‘freelance’, periodista por cuenta propia. Engendró, entonces, la primera agencia informativa independiente de las islas (la agencia SID, una sigla que parecía más bien de una agencia de espionaje); acuñó la edición de fotos antiguas y procedió con éxito a su venta ambulante; dirigió revistas ocasionales y gabinetes de prensa; volvió al micrófono en Radio Club (que lo distinguió en su despedida con el Teide de Oro) y se enroló en ‘La Tarde’ como un marine se reincorpora a filas una vez desintoxicado de la guerra del Vietnam; publicó libros de guerra, la guerra civil, libros minimalistas de costumbres y crónicas locales, y todo ello le sacó del apuro de parado de lujo de un oficio que cada día tenía menos que ver con el fulgor de la era del nuevo periodismo de Tom Wolfe o Norman Mailer, héroes de juventud. Gilberto ha sido nuestro Gay Talese, periodista de la gente corriente. Un oficio que entraba de lleno en la cuarta fase que no pudo ver su coetáneo McLuhan, con la llegada de Internet en las vías de un tren que se caía a pedazos. El mejor oficio del mundo fuera de sitio; otro mundo requería otro oficio, bajo nuevas reglas, como si de una redestribalización se tratara: la vieja escritura en su fase global más expansiva. Ése no era el mundo de Gilberto.
Polifacético por naturaleza, había tocado todos los palos según se decía entonces, la prensa, la radio y la televisión, pero llegó tarde a Internet. Si bien se diría que dirigió casi ‘virtualmente’ el Diario de Avisos, cuando se disponía a reeditarse en Tenerife tras un dilatado origen palmero, hasta poco antes de ese momento, en medio de las fricciones habituales entre demócratas y nostálgicos de la dictadura en el seno de la propia empresa que en seguida le costó el puesto. Este diario y ‘La Opinión de Tenerife’ acogieron más tarde su firma de memorialista con sección fija, y Ediciones Idea difundió al escritor con tiradas populares de sus obras de bolsillo.
Soy testigo del irredento capaz de batirse en duelo por un par de convicciones con un par de cojones en los años de plomo. Era íntegramente terco. Si lo llamaban abuelo en lugar de maestro, le jodía, pero jóvenes impacientes pasan tantas veces de largo, que la máxima de Cela, ‘en este país el que resiste, gana’, le venía al dedillo. Y el caso es que al cáncer lo dejó por el camino y él seguía en el júbilo de jubilarse nunca, sin querer perderse nada, salvo el hábito mortal de pitillo contraído en la Redacción que los médicos le tenían prohibido y era objeto de continuas sospechas familiares: acaso de tenerlos, los de Gilberto eran secretos de humo. Salvo uno de carne y hueso (sobre todo de carne): el día que dejó escapar una entrevista exclusiva con Raquel Welch por un desliz imperdonable de sus reflejos infalibles.
La muerte de su hermano Adrián, en las postrimerías de 2008, recordaba que los ‘Alemanes’ (permítanme el plural) son artistas, periodistas y escritores que heredan, de padres a hijos, colmillo afilado y pluma, alas y pincel, son ácratas e iracundos y tiernos, volanderos y pródigos y a menudo geniales.
Como Ernesto Salcedo o Alfonso García Ramos o Francisco Pimentel, Gilberto discutía o polemizaba sin más señal que enseñar, si se terciaba, el espolón y era certero en duelos y contiendas. Salcedo despachaba al enemigo “en dos palabras”. Alfonso, más resolutivo, optó una vez por una trompada. Pimentel era escurridizo, se hacía invisible en su Santa Cruz ‘la nuit’. Gilberto de Armas siempre fue de armas tomar.
Las rencillas y los desafectos en esta profesión (de fe y herejía) son moneda de uso corriente, pero al memorión desmemoriado, lagunero deslagunerado Gilberto Alemán lo queríamos más de lo que él creía o supo. Su esposa, Iris Fariña, la mujer que mejor le conoce, dice que en la Transición, los artículos de Gilberto y sus posiciones públicas o publicadas les merecieron insultos telefónicos anónimos y amenazas para la integridad física de la familia. Gilberto desplegó siempre una irónica arrogancia transgresora para hacerse temer o querer desde el filo de una timidez ególatra que imitaba fielmente a la soberbia. Con el paso de los años, comprendo mejor la naturaleza de su vanidad de niño que anduvo descalzo.
Los nuevos periodistas están en deuda con su generación. También hay cierta herencia genética en todo esto. Cuando ellos pasan hay que ponerse de pie. El ADN obliga.
Un tal Unamuno
El hijo de Luisa y Ventura quería ser un ‘robinson’ en San Borondón y un ‘robinhood’ en los montes de Anaga al estilo de Marcos, el Subcomandante de Chiapas, antes que del asaltador de caminos, por el hecho de poder vivir teniendo una causa que defender. En el café Montecarlo de la Avenida de Anaga (antes de su sorpresiva clausura bajo la crisis, tras un ilustre historial de barra y mantel), viéndole el hocico al Atlántico, había redactado la Constitución de ese islote sentimental con sede consular en la calle de Puerto Escondido.
La política y la policía lo esperaban a que volviera de Venezuela, y un día la Plaza de Toros (si hay un antitaurino, ése era Gilberto), abarrotada, vitoreaba su nombre que aspiraba a la alcaldía. Obtuvo siete concejales en la lista de UPC y el alcalde Manuel Hermoso repartió juego y cedió parcelas de poder según la proporción de votos. Gilberto podía decir que, al regresar del exilio, gobernó. El parque cultural Viera y Clavijo es obra suya.
Gilberto estudió Magisterio y se hizo periodista. En Madrid. Llevaba la isla a cuestas, como dice Becket, y no tardó en regresar para siempre a narrar escenas cotidianas imborrables del callejón de Briones: “Cuando pasaba una yunta de vacas y dejaba un recado en el empedrado …, Manolo y Pisaflores, dos barrenderos ‘moros’, se calentaban por tener que limpiarle las boñigas al ganado”. Esas secuencias las retrataba como nadie. O la de la mujer triste que llevaba una pamela puesta y nunca enseñaba la cara.
La madre lo arrullaba con un pie en la cuna y leía un libro. “¿Qué estás leyendo, Luisa?”, preguntaba el padre. Y ella contestaba: “A un tal Unamuno”. “¿Y tú qué entiendes de eso?”, le decía el marido. Entonces, la madre de Gilberto respondía: “Algo queda”. De tal palo, tal astilla.
Lo mandaron a enseñar al fin del mundo. El viaje por caminos pedregosos duró más de siete horas: un arriero lo acompañó para llevarle la maleta y una caja de libros a lomos de un mulo. Cuando llegó a la escuela de El Tablado, en La Palma, fue a la venta de Marcelino. Estaba llena de arrieros, con el cuchillo a la cintura. Él se sentó en el chaplón y de pronto uno se abalanzó contra otro para apuñalarle: “¡Te voy a matar!”. Gilberto palideció y todos se echaron a reír por haber conseguido asustar al maestro con la novatada. En Madrid, en un bar cerca de La Moncloa, fregó vasos y platos para estudiar periodismo, se hizo dramaturgo y fue actor con María Fernanda de Ocón en el Teatro Lara.
1957. Año del debut del periodista en Tenerife y del suicidio en París de Óscar Domínguez, un drama familiar, era el tío de Iris. Fumador empedernido, como ya se dijo, la máquina también empezaba a soltar humo cuando aporreaba la Olivetti o la Underwood con las notas frescas recién llegado de la calle. Este poeta y greguerista, amante como Monterroso del género lacónico, se llamaba a sí mismo ‘viejo verde’ por ser un antiguo ecologista que fundó ATAN (hace ahora 40 años) y un volcán. No sabían qué nombre ponerle y a él se le ocurrió Teneguía. Es un fan de los molinos de agua y de viento, del movimiento de sus aspas y del aroma del gofio de la molienda. Vivía como un rajá en su casa de Tacoronte, donde nadie lo molestara. Pero, ¿quién se preocupó por saber si necesitaba algo, si le alcanzaba para llegar a fin de mes, si tenía libros inéditos en la gaveta, fotos y cabos sueltos? Era el último periodista de raza de su generación. El periodismo nunca fue agradecido con los suyos en vida. Pese a todo, se fue con premios bajo el brazo, que no es poco, salvo que de premios no se vive. Y siempre tuvo amigos que no le dieron la espalda.
Gilberto ha narrado un millón de historias: de todas, que Shakespeare elogió los malvasías en ‘Falstaff’ es quizá la favorita. Sólo faltaba que escribiera sus memorias de drago. Se ha ido con 80 años en la maleta, con la música a otra parte, con la cabeza bien alta. Ese era Gilberto. Como un sonámbulo detrás de la noticia de su muerte se ha ido. Este texto que vengo renovando con el paso de los años, añadiéndole la últimas pesquisas sobre el amigo y compañero de tertulias y avatares del periodismo y la vida, es mi modesto homenaje. Nos llamábams con cierta regularidad. Le presenté un libro sobre sus elfos de Anaga, y ahora mismo estoy pensando en voz alta: unos cuantos periodistas, con Gilberto a la cabeza, dibujan una frontera que este oficio seguramente ha dejado atrás para no volver sobre sus pasos. Quizá era el último. Se merecía una vejez feliz, que sospecho que tuvo a su manera inquebrantablemente bohemia y uraña, como un D.J. Salinger apartado del mundo, en su centeno. Te echaré de menos