Con la simplificación del día de hoy como si de una simple fiesta folclórica se tratara nos hacemos un flaco favor en todos los órdenes, pero, sobre todo, en el plano psicológico y sentimental. A este pueblo, que tiene más de ultramar que de otra cosa, no se le puede seguir trivializando como una simpática mascota del Estado al que pertenece. Una vez institucionalizado el Día de Canarias, para conmemorar la fecha en que se constituyó el primer Parlamento autonómico en 1983, sobran los paternalismos y se impone –como una de esas demandas preceptivas en plena tendencia 15-M- la reflexión ‘necesaria’ (una necesaria conciencia canaria, reclamaba Unamuno hace un siglo) de las fuerzas políticas y sociales sobre el techo, los cimientos y las cuatro paredes de esta autonomía archipielágica. Máxime cuando a estas alturas del siglo, a causa de la crisis, se viene pregonando alegremente un próximo recorte de las competencias y dotaciones del Estado de las Autonomías.
Una de las oportunidades en que se puso de manifiesto la escasa –o nula- vocación autonomista de determinados ámbitos políticos locales fue con ocasión de la ley de las aguas canarias. Fue objeto de tal grado de descreimiento que podía dar la impresión de que Canarias debía seguir de brazos cruzados resignada a ser un archipiélago sin mar: sin el mar de Tomás Morales, nuestro poeta redescubierto ahora en el Día de las Letras Canarias y en los estantes de la feria del libro. Convendremos en que el de hoy está llamado a ser, en buena lógica, el día de la identidad de los canarios, de eso que llamamos, sin conseguir salir de la behetría en que nos hemos metido, la canariedad. Si al cabo de casi treinta años de autogobierno seguimos bajando la mirada al mencionar esa palabra, con rubor provinciano, significaría que no nos habíamos movido del sitio, ni lo íbamos a poder hacer jamás, paralizados como el jarrón chino del verso de T.S.Elliot, que “se mueve eternamente en su quietud”: estancados en el pleito insular latente –por suerte, bajo mínimos en este ‘día’, de boca para fuera, salvo carnavales y ‘derbies’- que vomitó la división provincial del 27, y en la desvertebración territorial (cada uno en su islote con la cabeza bajo tierra como el avestruz).
Se desgañitaron algunos intelectuales y artistas en persuadirnos de ir por la vida con mayor cohesión, siendo barco antes que chalupas. Lo proclamó abiertamente Juan Marichal en aquel polémico prólogo a la segunda edición del Natura y Cultura, como la herramienta para alcanzar una ‘nueva conciencia canaria’, así de claro. En esa obra fundamental que coordinó y dirigió en los 70 Pedro Hernández, el canario conversa con su mundo interior, ameniza su identidad en una fácil lectura, ahora volcada en la red en el portal de la Gran Enciclopedia Virtual de las Islas Canarias (GEVIC), una iniciativa ciclópea de los mismos autores, que predican en el mismo desierto institucional que hace más de treinta años: mendigando una ayuda a cuentagotas para llenar de contenidos la mejor web autobiográfica de estos peñascos durante los 365 ‘días de Canarias’.