sábado, 28 de mayo de 2011
Cada ‘Día de Canarias’ invita a hacerse la misma metarreflexión sobre la cantidad de pueblo que somos, en un sentido cohesivo de la palabra, y cuánto de reino de taifas permanece todavía en nuestro modelo ‘inconciente’ de sociedad, pese a los casi treinta años de autonomía transcurridos como si tal cosa.

Este nuevo aniversario del lunes, 30 de mayo, con el que conmemoramos la fecha de constitución del Parlamento en 1983 (aquel día escuché las palabras del primer presidente de la asamblea, Pedro Guerra Cabrera, bautizando la cámara recién nacida “desde ahora y para siempre”), coincide con un período agitado de nuestra vida política, el reservado, cada cuatro años, a la negociación de pactos entre partidos tras las elecciones. No solemos dar pruebas de coherencia y racionalidad en todas y cada una de las alianzas que suelen suscribirse por estos días. Pero, más allá de las muestras de egoísmo –y a menudo de egotismo- que solemos denominar, eufemísticamente, los personalismos de la clase política, no ha de ocultarse que, por último, las islas han sobrenadado el pleito –incluso el futbolístico, como prueba el derby que está en puertas- con mayor madurez que en otras etapas descarnadas, incluso no tan lejanas políticamente, en que, entre unos y otros, pusieron la olla al fuego y las islas por poco explotan.

Lo que le falta al Día de Canarias no es una lengua propia (como en Cataluña, País Vasco o Galicia), sino una definición casi escolar de lo que somos, más allá de lo que soñamos o quisimos ser en su día cruzando el ‘charco’ hacia América, cuando el hambre daba alas para saltar a la otra orilla como si estuviera a tiro de piedra. Decirnos qué se supone que somos los canarios con un pie en la segunda década del siglo XXI (aquella cita del cronista de Indias Francisco López de Gómara, que elegimos de lema en ‘El Canto de las Afortunadas’, explica cómo se nos veía desde fuera en el siglo XVI: “Dos cosas andan por el mundo que ennoblecen estas islas: los pájaros canarios, tan estimados por su canto, y el Canario, baile gentil y artificioso”) es una tarea imperiosa.

Pero llega este lunes el Día de Canarias y de lo menos que hablamos es de qué significa ser canario, si es que algo quiere decir. Sobre la palabra canario escribió don Juan Régulo Pérez nada menos que una ‘Historia y Geografía’. Pero de nada ha servido la búsqueda erudita del sentido raigal de esa voz; nosotros, canarios y, por tanto, portadores del gentilicio, hacemos caso omiso de su significado como si no quisiéramos dejarnos atrapar en la idea embaucadora de la jaula del canario canoro, que canta fingiendo no sentirse retenido. Y el hecho cierto es que generaciones de canarios se han autorrecluido en la isla y desisten de romper con ese círculo vicioso.

A Galdós, que hizo los ‘madriles’, lo acusaron de sacudirse el polvo de Canarias cuando la abandonó, y ese estigma se ha tornado leyenda negra, la que lo presenta como un canario renegado. Don José Pérez Vidal, estudioso de la obra galdosiana, me desmintió enérgicamente tal deserción del autor de ‘Los episodios nacionales’. Nicolás Estévanez y Unamuno discutieron de la metáfora de Canarias, el almendro, buscándole tres pies al gato (“¡Pobre del que no tiene otra patria que la sombra de un almendro! ¡Acabará por ahorcarse en él!”, fue el desafortunado comentario del vasco antes de alcanzar a comprender la introspección sentimental de aquellos versos). Cien años después, la ‘dulce, fresca, inolvidable sombra’ del drago de la autonomía nos cobija, pero seguimos sin vencer el pudor de hablar de nuestra identidad con todas las letras de la palabra Canarias.
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