Foto: Walt Whitman (1819-1892)
La poesía es mi amada secreta desde los primeros años concientes de mi existencia. Lo primero que escribí en mi vida fue un poema. Lo primero que publiqué (en el diario ‘La Tarde’, en 1969) fue un soneto a los 12 años (‘A Taganana’). Lo primero que leí, con toda seguridad, fueron versos de Bécquer, de Espronceda, de Juan Ramón Jiménez…. Este Día Mundial de la Poesía (lunes, 21 de marzo, equinoccio de primavera) recuerdo callejear La Laguna vestida un mes entero de recitales poéticos, en los primeros años de este siglo.
Y me retrotraigo a la infancia en la casa de mi tío Paco, las casas de San Martín de cielo alto, amplia azotea y chaplones en la entrada, leyendo concienzudamente antologías de poetas de cualquier hemisferio. Amar a la poesía (ya la llamé amante antes) no es un decir, es decir amar sustancialmente algo, es una declaración, un amor de por vida, una compañía imperecedera. Leo estos versitos de Whitman, que hallé como una cápsula en sus ‘arenas en setentena’:
Mi canario
¿Contó grande en nosotros, oh alma, penetrar temas de grandes libros,
absorbiendo, hondo y pleno, de pensamientos, teorías?
más ahora, entre tú y yo, ave enjaulada, sentir jubiloso gorjeo
llenando el aire, vacía estancia, larga mañana,
¿no es esto acaso igual de grande, oh alma?
La poesía canaria está regada por todo el mundo, bien porque la han escrito canarios, o bien porque la han inspirado los canarios (pájaros), embajadores de las islas hasta ese punto. Es una delicia leer a los poetas. La delicada voz de Luis Feria, que desmentía ser quien era cuando alguien le preguntaba. Paraba casi a diario en el Montecarlo de la Avenida de Anaga (mi Macondo), y el camarero nos preguntó de quién se trataba. Cuando lo supo, no tardó en saludarlo por su nombre, y él, disciplinado en su juego de clandestinidad, le negó ser esa persona. Siguió acudiendo al Montercarlo, y el camarero nunca más mencionó al presunto poeta que era, quedaron de acuerdo en omitir el dato y hacer como que nunca había entrado en el local el tal Luis Feria (ni un falso doble), uno de los mejores poetas canarios del siglo XX.
Es curiosa esa tentación de camuflarse entre la gente sin ser delatado como poeta, que a menudo practicamos algunos, con mayor facilidad los que somos inéditos. Yo llevo siempre en el bolsillo (según la sariana, en el bolsillo interior que limita con el corazón, o en los exteriores como enfundado en la cartuchera) un poemario, ahora mismo de la generación del 27. (Por cierto que Pedro Salinas, como Whitman, habla en ‘El cuerpo, fabuloso’ del precio de la dicha,
“que está siempre en el coste del carbón,
del whisky, del canario, o de las risas
que necesitan los hogares jóvenes”…
Es una compilación editada por el Club Internacional del Libro en 1986, que encontré extraviado en las estanterías repletas de la casa de mis padres, mi antiguo chozo, y estoy desempolvando a esos poetas del renovado siglo de oro español; leerlos como si los hubiera desenterrado de un cementerio me está resultando una experiencia poéticamente vivificante.)
En una ocasión navegué con Pedro García Cabrera a su Gomera natal, para inaugurar el busto de su pueblo al autor de ‘Transparencias fugadas’. Me contó la vida interior en que un hombre deviene poeta, y yo le entendía, a mi manera irrelevante de poeta no revelado, sin confesarle que esa clase de latidos me eran familiares desde la niñez. No se es, se vive poeta. Hasta la muerte.