La diputada Ana Oramas no disimula lo que piensa. Intervino en la apertura de la nueva temporada de ‘El Envite’ (las noches de los jueves en la TVC) y repartió estopa a diestro y siniestro.
No se casa ni con Dios ni con el diablo. Ni con la reforma laboral ni con los huelguistas. Desmintió que su partido (CC) hubiera apoyado la ‘ley del despido’, pero, a renglón seguido, calificó la huelga general del 29-S de “una golfada”. Y desmintió que los diputados nacionalistas (ella y Perestelo) se lleven mal con los del PP en Madrid. Citó reiteradamente a Soraya Sáenz de Santamaría reflejando una relación estrecha con la portavoz popular. Y no dudó en hacer un pronóstico: “Rajoy va a ganar las próximas elecciones”, pero no por ello le doró la píldora: “No tiene personalidad, no es sincero con este país, sabe de sobra que él pondría impuestos, está engañando a los ciudadanos”. Y a Zapatero lo llamó “ingenuo irresponsable”.
A preguntas de Manuel Mederos (Canarias 7), Techy Acosta (Lanzarote Televisión), Juan Manuel Bethencourt (Diario de Avisos) y Daniel Millet (La Opinión de Tenerife), no dudó en declarar y aclarar que está en Madrid para sacar el máximo provecho para las islas, que para velar por todo el Estado “ya están los diputados nacionales del PSOE”.
El laberíntico mundo de la política española ha querido que dos votos canarios tengan un peso descomunal y sobre sus hombros recaiga estos días la penosa carga del Gobierno: si lo dejan caer, habría elecciones anticipadas, y si no, habrá elecciones en 2012, que es cuando tocan.
Oramas y Perestelo son un doble Mardones, que en su día salvó la investidura de Felipe González en un momento delicado ante Europa. Este duplo de CC reabre tercamente un viejo debate: ¿Es necesaria una fuerza política nacionalista con grupo propio en el Congreso para defender los intereses de las islas frente al mimetismo nacional de los diputados socialistas y populares, o no? Zapatero y antes Aznar dan, sin querer, la respuesta a esa pregunta.
Pero, si bien el sentido común confirma la utilidad de los diputados minoritarios de Canarias en Madrid, ante la evidencia de circunstancias como las actuales en que son la llave de la continuidad de un Gobierno, ningún partido sobrevive con tan rudimentario bagaje. Un partido nacionalista, y aun cualquier partido con vocación de bisagra, ha de elevar su ideario a cotas más altas hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro para erigirse en primera fuerza como prueba de fiabilidad para poder aspirar, hacia fuera, a representar al conjunto del archipiélago en la Carrera de San Jerónimo. Es la lógica que explica fenómenos parecidos, como el PNV y CiU. No se entiende lo contrario. Y, aunque apenas lo mencionen, los nacionalistas canarios, como los catalanes, anhelan además poder contar con un ministro-a propio. ¿Llegará ese día?