miércoles, 29 de septiembre de 2010

La huelga, con sus piqueteros detenidos y sus disparos al aire disuasorios, con su errática batalla campal en la Barcelona insurrecta y sus travesuras anacrónicas de silicona que hacen del cerrajero un correcaminos salvador exprimiendo su mejor día, podría parecer esta vez una kale borroka en el peor de sus vaticinios. Pero fue un día tranquilo en la mayor parte del país, un día bajo mínimos, con servicios mínimos y mínimos incidentes comparado con Atenas o París. Una huelga de estilo minimalista.

Los sindicatos cumplieron como quien se quita un peso de encima. Pasaron el maltrago (‘la gran putada’, que dijo Toxo). Y acudirán a la Moncloa a hacerse la foto inexcusable y a llevarse alguna coma o algún párrafo de la ley como trofeo. O no habrá servido para nada. La reforma laboral es un lobo feroz de trapo, según los jueces: el despido objetivo de 20 días por pérdida de ingresos será carne de litigio. En fin, veremos si es así o a la primera de cambio se sienta jurisprudencia contra el currante, que no se ha leído la ley y no fue a la huelga porque le descontaban el día, hablemos claro.

Esto no es nuevo. Viene sucediendo desde cuando unos albañiles y artesanos egipcios fueron los primeros de la historia en ponerse en huelga ante el reiterado retraso de la paga. Hace 3.000 años, y estamos en el mismo sitio, trabajadores contra gobiernos que hacen el juego al patrón. A diestra y siniestra.

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