En una pensión de Santa Cruz (Tenerife), el hallazgo de un cadáver entre los colchones de una habitación ha puesto al descubierto la macabra intrahistoria del lugar. Ficción lo que se dice ficción no es. Pero lo parece. El muerto está prácticamente identificado por las pertenencias de una maleta abandonada en el mismo cuarto, pero no se ha hecho oficial por el momento. Los huesos del finado estaban, se calcula que desde hace unos dos años, ocultos, como olvidados, entre los tres colchones que se amontonaban sin mucha lógica sobre el somier, y en ellos (una no menos intrigante cama de triple jergón) han dormido toxicómanos y probablemente hecho el amor prostitutas y putañeros de los bajos fondos, sin un sitio mejor adonde ir. La casera, doña Choni, con la mente trastornada por el alzhéimer, apenas cobraba o había dejado de hacerlo por permitir usar a mendigos, yonquis, rameras y gentes de rancio vivir sus viejas dependencias en ruina, otrora de una digna clientela, tanto aptas para lecho de muerte como nido de amor.
La pensión Padrón (tres plantas que han perdido la memoria como la dueña de alguna estrella en su fachada y de más de una muerte entre sus paredes) hace tiempo que tiene cortadas el agua y la luz, la única cosa lógica que ocurre en el inmueble. La puerta de la muerte en la habitación sepulcral estaba semiabierta cuando uno de los inquilinos asegura que entró en ella atraído (o, más bien, repugnado) por el mal olor y los tres colchones apilados. Cuesta creer que en dos años nadie reparara en los restos (y nauseabundos hálitos) del muerto cuando al curioso le bastó con tan sólo unos minutos para descubrir el ‘pastel’ de huesos inhumados en tan inhumana sepultura. Y entonces se han sucedido los testimonios de quienes conocieron y callaron las otras muertes acaecidas en el hostal de los horrores, aquella de un huésped que cinco años atrás se quedó tieso por causa natural y fue convenientemente desvalijado antes de ponerlo en conocimiento de la policía, o la de la joven que alquiló una habitación y apareció ahorcada al día siguiente, y otras historias macabras por el estilo.
Una pensión en medio de la ciudad puede ser un lugar de paso o puede ser el final del camino. Lo cierto es que este tétrico hospedaje pone los pelos de punta. A él acudía la gente a morir fingiendo ir a dormir, y, en ocasiones, permanecían sus huesos para que otros siguieran fingiendo sobre ellos la misma ceremonia ociosa de morirse confiando en que otros usuarios de la muerte supieran guardar el secreto.