Esta huelga general se celebra en un mar de dudas. Los sindicatos no han conseguido hacer visible ni creíble ante la opinión pública contra qué están. ¿Contra la reforma laboral a secas, contra el gobierno socialista con disimulo, o en el fondo contra el PP?
No les faltaría razón si hubieran dirigido sus cañones contra una ley mal hecha, o hecha con mala gana. Una reforma laboral contrahecha, deforme, que facilita el despido (‘despido objetivo’, su verdadero objetivo antes que el de crear empleo) con tan sólo 20 días de indemnización a la mínima que el empresario sospeche que puede tener pérdidas o menos ingresos. Tal extremo desacredita por sí mismo el espíritu y la letra de esta ley aprobada en junio y rematada hace escasos días en el Congreso con la abstención y el rechazo de la mayoría de la cámara, no lo olvidemos.
De manera que, si hubieran sabido explicarlo bien, dudo que los sindicatos no cosecharan este 29-S un éxito aplastante en la calle y en las empresas. Pero me temo que ha habido, no sólo una convocatoria perezosa de fecha tardía para esta movilización, sino también poco activismo convencido a favor de ella, hasta última hora, a prisa y corriendo, por el qué dirán. (Una huelga general contra un gobierno de izquierda disiente de la tradición, pero Felipe González se las tuvo que ver con los sindicatos y acabó en un divorcio por lo civil con UGT.)
La huelga ha servido para descubrir hasta qué punto este país carece de raíces democráticas. A la primera (debilidad) de cambio, los sindicatos se han visto sometido a un test de estrés y resistencia sobre su verdadera función en la sociedad. Y en múltiples instancias no se ha reprimido el instinto represor que subyace en la sociedad, cuestionando el número y papel de los liberados. Hoy son los sindicalistas, mañana los diputados (también liberados a tal efecto) y el sistema democrático en su conjunto. Para este afloramiento del ramalazo facha ha servido una huelga que ha de servir, en sí misma, para defender los derechos de los trabajadores. El 30-S, los sindicatos tendrán tarea: reconquistar el terreno perdido por el bien de todos.
Desentrenados desde 2002, año de la última huelga general en España, C.OO y UGT se enfrentan al riesgo de que se les vaya de la mano el control de la situación. Las huelgas generales sólo son un éxito si hacen ruido (de ahí que entonces se diga que el Gobierno las deba escuchar). Pero resultan un ‘sonoro’ fracaso cuando la calle deriva en un estridente vandalismo, y luego se le echa la culpa al Cojo Manteca, aquel joven vándalo que a finales de los 80, raudo como un rayo, con una sola pierna y armado de sus muletas, reventó una manifestación estudiantil que le cogió de paso arremetiendo contra todos los letreros luminosos que se encontró por el camino.