lunes, 20 de septiembre de 2010

Cantaban a la libertad los cantautores como si fuera una osadía. Era una osadía, es cierto. No había libertad. Como quiera que en treinta y tantos años se borran todas las huellas y nadie lo creería, el aragonés José Antonio Labordeta, como el extremeño Pablo Guerrero cantaba a la libertad, junto a muchos otros atrevidos que iban contra corriente. Pablo decía “que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros”, y lo hacía con la voz grave y despreocupándose a veces de la melodía, como para desafinar adrede y que lloviera de verdad. Labordeta ponía la voz sonora y firme como si hincara la azada en el surco. Sembrando una y otra vez la semilla:

“Habrá un día
en que todos,
al levantar la vista,
veremos una tierra
que ponga libertad.”

Y aquel ‘Canto a la libertad’, de Labordeta, lo emitíamos en Canarias Martín y yo: en ‘Música Popular’ (Radio Club) y más tarde en ‘Música y Pueblo’ (RNE), causándole algún roce con la autoridad competente al jefe de Programas, tocayo del maño, José Antonio Pardellas. Nos poníamos las botas presentando y encadenando una canción protesta con otra, como unos posesos políticamente incómodos y musicalmente afiliados a todos aquellos movimientos contestatarios que ya han desaparecido ignorando que la libertad nunca deja de estar ausente: Las Voces Ceibes (Galicia), los cantautores vascos, aragoneses y castellanos, la canción andaluza y, especialmente, la nova cançó catalana y su precedente, Els Setze Jutges, nombres que todavía recito de memoria porque nos eran familiares como si vivieran aquí al lado mismo. El episodio de Lluis Llach (dimitió el rector Enrique Fernández Caldas, de La Laguna), merece mención aparte. El programa de Carlos Tena y Antonio Gómez, ‘Para vosotros, jóvenes’, en RNE, era una pica en Flandes que desestabilizaba desde dentro el régimen monolítico con las armas del momento, las canciones que memorializó en varios tomos el antólogo de todo el fenómeno, Fernando González Lucini, con el que colaborábamos de orilla a orilla.

La poesía es un arma cargada de futuro, decía Gabriel Celaya, musicado por Paco Ibáñez, que arrastró consigo a todos los cantautores y los puso a cantar letras de poetas célebres y vivos. En Canarias, los poetas eran Agustín Millares Sall, Pedro García Cabrera, Pedro Lezcano, Juan Jiménez… Y los cantautores, Caco Senante, Taburiente, Palo, Magma 12, Pluma y Voz, Pepe Paco y Suso Junco, Juvenal, Ángel Cuenca, un largo etcétera y, finalmente, el Taller canario y, ya después en solitario, Pedro Guerra. Agustín Millares Sall, hermano del pintor Manolo Millares y el caricaturista Cho Juaá, del timplista Totoyo y del también poeta recién ido José María, escribió:

“Yo poeta declaro que escribir poesía
Es decir el estado verdadero del hombre,
Es cantar la verdad, es llamar por su nombre
Al demonio que ejerce la maldad noche y día.
El poeta es el grito que libera la tierra,
La primera montaña que divisa la aurora,
La campana que toca la canción de la hora,
El primer corazón que lastima la guerra.
Colocado en vanguardia sin que nunca desate
Su unidad con los pueblos, su visión de conjunto,
El poeta es el hombre que primero está a punto
Para hacerse con bríos a la mar del combate.
El poeta es el pueblo que a morir se resiste
En la súbita noche donde todo se olvida.
Donde no hay libertad no hay poeta con vida.
Ningún pájaro vuela donde el aire no existe.
Yo poeta declaro que la cólera es una
Cuando hay algo que atenta contra el sol que nos guía.
Languidece el poeta si la tierra se enfría
Cuando no hay corazón ni justicia ninguna.
Yo poeta declaro que en duro camino
Del tiempo el poeta se haya siempre un hermano.
Yo poeta declaro que el poeta es humano
Aunque a veces nos haga presumir lo divino.”

Con tales versos, voces y rejos mi hermano y yo fundamos en las islas nuestra versión de los movimientos musicales de la Península y América Latina y le pusimos este nombre: Nueva Canción Popular Canaria (NCPC). Hicimos manifiestos y festivales (XII de Canción Popular en Guía de Isora), tendimos un puente con Diego Talavera, impulsor de las 24 horas de Telde, fue una etapa de rebeldía, acoso y derribo de la dictadura con feliz desenlace.

Hoy Raimon es un ciudadano respetable poco conocido por la juventud, pero entonces era un ídolo, el icono de una generación que cantaba en catalán en cualquier rincón del país este tema, ‘Al vent’:

“Al vent, la cara al vent,
El cor al vent, les mans al vent,
Els ulls al vent, al vent del mont…”

Y no podíamos reprimir alguna que otra lágrima, todos decíamos lo mismo en cada lengua respectiva, sin pelearnos por ello, lo mismo que Labordeta, que acaba de morirse en su Aragón natal después de tanta vida vivida con la guitarra entre manos, con la cámara de TVE en su mochila, actuando de farero en 1987 en un cortometraje en la isla de El Hierro, o mandando “a la mierda” a la bancada del PP desde su escaño de diputado de la Chunta Aragonesista, lo mismo: Libertad.

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