El dilema de qué hacer con los mil millones de barriles de petróleo que tenemos ahí abajo, bajo la suela de los zapatos de las islas, presuntamente alojado en las profundidades de un mar discutible, en aguas que podrían ser de titularidad nuestra si nos espabilamos, no ha sido aún resuelto ni parece tener fácil solución.
El, llamémoslo así, petróleo canario es un arma cargada por el diablo, porque siempre fue el vellocino de oro de esta tierra, el mito al que han aspirado los unos y los otros, los que abrigan ambiciones soberanistas y los que ansían sustituir el monocultivo cíclico y la dependencia exterior, de un plumazo, por una fuente de ingresos casi taumatúrgica como ese oro negro de resonancias venezolanas y saudíes.
De manera que ahora en que se reabre el melón de las energías en Canarias (les hablaré del caso de El Hierro 100 % renovable en artículo aparte), de las limpias a las fósiles, del viento al fuel oil y, precisamente, de las mareas y oleajes al gas, digamos que saber que pisamos sobre una alfombra de petróleo nos crea cierto desajuste mental. Con lo mal que se está pasando aquí arriba, zarandeados por la crisis, teniendo ese filón en el sótano de casa. Algo hay que hacer ya por pura necesidad, antes de que mañana sea por pura supervivencia. Sin perder la cabeza, con el Golfo de México y los golfos del desastre bien presentes.
Al aproximarse las elecciones, el tema resurge como un maná, un tema que vende y llama la atención. Los líderes vuelven a su ejercicio inmanente de cinismo y proponen esto o lo otro a conveniencia, según estén o no estén en el edén (otros le dicen “que le den” al poder). El PP canario insta a Zapatero a autorizar, sin pérdida de tiempo, las extracciones a Repsol, que está con las plataformas listas y vería los cielos abiertos como las dos mil moscas de Samaniego que acudieron al panal de rica miel. El PSOE mira para otro lado en Madrid, pero en las islas Saavedra es el más explícito en demandar que se saquen los barriles de crudo a la superficie cuanto antes. CC alarga la espera de la decisión queriendo ganar tiempo, previo pacto con la Moncloa para que no se dé ninguno permiso sin el consentimiento de las autoridades insulares. El presidente del Cabildo tinerfeño, Ricardo Melchior, ingeniero industrial, me dice que es partidario de una consulta a los canarios.
200 millas
El contencioso no se limita al petróleo. Está íntimamente ligado a la declaración de las 200 millas de las aguas canarias respecto de Marruecos. El derecho internacional (la Convención del Mar de Montego May, Jamaica, suscrita en 1982) plantea algunas dificultades, no insalvables, para que a un archipiélago no Estado (sino dependiente de un Estado, como es nuestro caso), le sean reconocidas las pertinentes 200 millas de mar propio, como sí corresponde de facto a todo territorio costero soberano. La apatía de los gobiernos centrales (éste y los anteriores se han pasado la pelota) a solventar esa laguna de consecuencias imprevisibles (pocos saben que prácticamente toda Canarias figura en algunos croquis o seudomapas dentro de la presumible Zona Económica Exclusiva de Marruecos desde 1981, lo que daría alas a una hipotética pretensión anexionista de Rabat, escenario que en las islas y en España nadie quiere imaginarse ni en broma, pese al precedente saharaui, porque preferimos seguir instalados en una inercia de mutismo y ceguera a todas luces más temeraria que el miedo al fantasma expansionista alauí) tiene que ver con la política de no tentar los demonios de las relaciones hispano-marroquíes (Ceuta y Melilla).
No obstante, hay expertos en Derecho Marítimo Internacional, como el veterano profesor José Manuel Lacleta, que sostienen que España ya negocia desde 2003 con Marruecos las 200 millas entre Canarias y el Estado ribereño vecino, a sabiendas de la parsimonia consustancial a la diplomacia de Rabat, que se toma el asunto con infinita paciencia.
Y al oeste hay gas
A su vez, desde Madrid se estaría discutiendo con Portugal los límites de las aguas a partir de Canarias hacia el N y NO, sin acuerdo por el momento, no tanto a causa de Madeira como de las Islas Salvajes, más cercanas a nuestro archipiélago que al portugués. Hacia el Oeste y SO no habría obstáculo y recientes informaciones desvelan que España ha solicitado, ante Naciones Unidas (y tiene de plazo hasta mayo de 2014 para fundamentarlo científicamente), la ampliación en 200.000 km2 de la plataforma continental hacia el Oeste de Canarias, con el fin de poder explotar sus recursos mineros marinos, como un importante yacimiento de gas que los expertos aseguran haber localizado, además de hierro y manganeso.
Rabat se opondría a fijar la mediana en el brazo de océano que nos separa (dado que las 200 millas abarcan de orilla a orilla y habría que establecer un límite intermedio), para no perder sus derechos sobre el petróleo, amén de otras suposiciones. Algunas voces ya avisan que de hacerse la tarea pendiente históricamente, dejando las cosas (y las costas) claras, qué mar corresponde a cada cual, con sus hábitats marinos y recursos respectivos, el petróleo, o la mayor parte de él, caería del lado canario, y nuestro archipiélago, con competencias en minería, podría explotarlo y beneficiarse sustancialmente de una auténtica `mina’. ¿Acaso, de ser así, semejante hipótesis sea la causa de que el petróleo se empantane: ni para ti ni para mí? Más de uno sospecha que Marruecos no se andará con chiquitas (¿quién espera lo contrario a estas alturas?) y procederá a las perforaciones cuando le venga en gana, ante la apatía española, si ésta persistiera, como ya proyecta hacer en el litoral saharaui que usurpó y gestiona contra la voluntad de Naciones Unidas.
Además de. Sí, además del petróleo y las 200 millas, está la vengüenza de la indefinición, o delimitación incompleta, de las aguas interiores de nuestras islas, unas aguas que permanecen en el limbo, sin amo ni señor. Los barcos que atraviesan los pasillos intermedios entre las islas lo hacen por el caudal de don nadie. Canarias flota, más allá de las 24 millas territoriales y contiguas, sobre aguas internacionales, como si fueran islas extranjeras en su propia casa. Un despropósito por muchas lecturas y relecturas que se me hagan de la citada Convención del Mar sobre los archipiélagos (que se me expliquen las excepciones de las islas Feroe pertenecientes a Dinamarca, o las Spitzberg, de Noruega; las Houtman, de Australia; las Galápagos, de Ecuador, y las portuguesas Azores y Madeira, todas ellas con sus aguas en regla, y que no se me justifique el vacío existente en Canarias apelando a las dimensiones y distancia entre nuestras islas, como añagaza jurídica).
El Mar de Canarias es una demanda de sentido común. O ésta sí que es una buena esquizofrenia que nos deja hablando solos como el Quijote de Castilla.