Joaquín Soler Serrano era el entrevistador perfecto que amablemente iba clavando agujas de plata en los invitados importantes de su programa, como si estuvieran tomando té, y terminaba sonsacándoles todos los secretos a base de punzadas indoloras con la taza humeante. Su entrevista-acupuntura (permítanme acuñar esta acepción sobre el arte de un maestro que marcó mi visión del oficio) se hizo célebre en los años 70 y 80 en TVE (la 1 era la única) y salió algún libro de las mejores, que guardo celosamente.
Le preguntó a Dalí por el dinero (léanla en El Mundo de ayer domingo 12-09-10) y el pintor se desnudó ante la ‘afilada’ pregunta inocente, sintió el pinchazo leve en el bolsillo y confesó como dando un sorbo: “Iba en un taxi con Onassis y en el momento de pagar ni él ni yo teníamos cinco céntimos. Tuvimos que volver al hotel para que pagaran. Para mí el dinero tiene un valor puramente mágico”. Veía ‘religiosamente’ el programa, lo veía ‘a fondo’.
Yo aún no era un entrevistador profesional, pero sí un periodista vocacional prematuro que pedía paso en las redacciones con urgencia desde que tuve 12 años y componía versos, crónicas deportivas y modestos reportajes del barrio y la esquina (de la calle), que era una mina de noticias, como ya les contaré otro día. Pero entrevistas propiamente no, no todavía, habiendo sido después mi fuerte y mi fuente de trabajo durante casi cincuenta años y miles de ellas a cuestas con grandes y pequeños personajes.
Me enganché a Soler Serrano como un beato. A sus memorables entrevistas a Borges y Cortázar, a Carpentier y Sábato, a Alberti, Onetti, Cela… y Rulfo. La de Rulfo me estremeció. Era la primera vez que oía hablar a mi admirado Rulfo, con el que había soñado despierto como sus personajes muertos de ‘Pedro Páramo’. Contó cómo escribía y por qué. Se le veía cómodo ante las cámaras, pero cohibido al mismo tiempo, como adujado en un rincón del plató y sereno, sin embargo, quizá porque su condición de mito alcohólico de las letras mexicanas le hacía ser lacónico como su propia obra y parecerse a un fantasma.
Entonces, un día, mi hermano, Zenaido y yo entrevistamos a Miguel Ángel Asturias, y no recuerdo si Soler Serrano lo había tenido en su programa, pero sí que habló, más tarde, con su viuda. El Nobel guatemalteco era un devoto del hermano Pedro y quiso venir a ver su cueva, su isla, su pequeño mundo antes de morir. Y otro día tuve delante a Alberti y le di un espantón, yo que lo tenía encumbrado, porque me soltó alguna insolencia que ya contaré otro día. Y fui haciendo entrevistas a eminencias y desconocidos, sin dejar de tener en la imaginación (así decimos queriendo decir en la memoria) cómo y qué preguntaba o preguntaría mi admirado Soler Serrano sacando agujas, una a una, de su acerico para hacerle la acupuntura televisada a los geniales personajes que llevaba a su programa.
Destacan ahora que ha muerto su condición de hombre de radio (expresión llena de respeto y reconocimiento en sí misma), de Radio Barcelona, de radio multitudinaria y solidaria cuando hubo unas inundaciones en la Ciudad Condal. Pero pasó a la historia por sus entrevistas magistrales en la tele. TVEC cuenta (supongo que lo sabe) con un fondo de ‘a fondos’ de Soler Serrano a personalidades de la cultura, la ciencia y (creo que también) la política de las islas. Ese regalo (legado) nos hizo el periodista que tanto veneré y sólo una vez vi de cerca, de espalda, en Barajas. Cuando siempre lo veía de frente en el televisor de casa.