El admirado Stephen Hawking nos da la vara este verano. Afirma, ni corto ni perezoso, haber demostrado que Dios no existe, como si fuera una cosa tan sencilla negar el cosmos del útero materno. Este querido Hawking es el colmo.
Por la vía de las investigaciones científicas a su erudito alcance, nos viene con éstas. Hawking juega con ventaja, porque sabe que él es el Messi de la Física actual. O sea, un dios. Y entabla este pulso, que ni con Maradona.
Como si Dios fuera la consecuencia lógica de una simple ecuación matemática, ni siquiera un teorema imposible a salvo del genio de Perelman, el venerado astrofísico británico lanza este jueves su provocativa obra (conjunta con el físico estadounidense Leonard Mlodino), titulada ‘The Grand Design’, para desmentir al mismísimo Isaac Newton, su histórico antecesor en la cátedra de Matemáticas de Cambridge que ocupó hasta 2009, el cual consideraba humildemente inexplicable un cosmos surgido por generación espontánea, fruto del caos, gracias a las leyes exclusivas de la naturaleza, sin la mínima intervención de un dios creador. La mano de Dios.
A Hawking, que no duda en contradecir su propia teoría conciliadora entre la visiones divina y científica del universo (expresada en ‘Una breve historia del tiempo’, su obra más difundida), le ha picado la avispa de la notoriedad en un tema que empapeló las guaguas de Londres y Barcelona, los ‘bus ateos’, hace un par de años, con el eslogan ciertamente hedonista, ‘Probablemente Dios no exista. Deja de preocuparte y disfruta la vida’. Una campaña publicitaria supuestamente inofensiva desde el punto de vista comercial alentada por el biólogo Richard Dawkins. O sea, aquí Hawking estaría haciendo de Dawkins, y los dos deben de sentir una envidia insana de Craig Venter, un biólogo y empresario que ha sido capaz, más allá de negar a Dios por las buenas como ellos, de suplantarlo y crear vida artificial, aunque sea en una miniatura insignificante. En realidad, los tres y otros muchos candidatos al ‘Novel’ de la novelería, ofertan su quincalla en el mismo rastrillo de oportunidades con afán de superventas y no niego que también de sentar cátedra con papel de fumar en un tema que tienta el bolsillo y la soberbia ancestral del hombre de ciencia.
Cuesta satirizar a una celebridad como el respetable cosmólogo, cuya deificación popular (ésta sin necesidad de ser validada científicamente) descansa en un hecho indiscutible: haber sobrevivido casi medio siglo a una esclerosis por la que los médicos le daban meses de vida. (A nadie se le ocurra sugerir la posibilidad de un milagro, no está el horno para ese bollo.) Pero a Hawking también le llegó (el año pasado) la hora de la jubilación, y ha dado éste salto mortal sin red, que le procurará, eso sí, sustanciosos réditos en las librerías.
De creer al pie de la letra al sabio que encarna al superhombre inasequible al desaliento postrado en una silla, el big-bang, que hemos contribuido a demostrar desde el Teide (‘Experimento de Tenerife’, coliderado por Rafael Rebolo, del IAC) fue la errática erupción del volcán de la nada (que no de un volcán de nada) y ni Dios ni santo ni nada que se le parezca. El camino elegido por el astrofísico británico está minado de preguntas-trampa: ¿Y la nada quién la creó, entonces?, ¿y cuántas nadas había o hay, cuántos universos, cuántas especies inteligentes, incluso cuántos Hawkings en el hipotético multiverso?
Si el gen de la espiritualidad existe, como el alma que distinguiría los futuros seres clonados llegado el caso, a partir de ahora a la menor sospecha de que la ciencia miente en su beneficio, nos replantearíamos ya no la existencia de Dios, sino de la Ciencia misma. Y estaríamos haciendo un flaco favor al conocimiento, semejante al creacionismo antidarwinista rampante en EE.UU. Como tantas veces, sólo voces menos estelares y más juiciosas, que, huyendo de las mieles del éxito, aborden una cuestión recurrente y golosa como ésta con la debida amplitud de miras, nos ahorrarán a todos incurrir en los extremos.
Einstein, que dijo que no creía que Dios hubiera querido jugar a los dados con el universo (pero al que se atribuye una poética sentencia que cito con reservas por su belleza: “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”), respondió en cierta ocasión a la pregunta sagaz de un niño de si los científicos rezan: “La investigación científica está basada en la idea de que todo lo que ocurre está determinado por las leyes de la naturaleza y, por tanto, esto es válido también para los actos de las personas. Por esta razón, un investigador científico difícilmente se inclinará a creer que los eventos pueden ser influenciados por la oración; esto es, por un deseo dirigido a un ser sobrenatural”.