Un canario, Alberto Navarro, del grupo de la fórmula 1 de la diplomacia española, nacido en Santa Cruz de Tenerife hace 55 años, ha sido elegido por Zapatero para lidiar con el espinoso conflicto saharaui, que se agrava por momentos, y las tensiones fronterizas, como nuevo embajador de España en Marruecos, tan pronto como las autoridades alauitas le concedan el plácet reglamentario. Marruecos, país vecino con el que España y, sin duda, Canarias de modo particular están ‘condenadas’ a entenderse, tendrá embajador canario, como ocurría con Venezuela hasta los tiempos de Felipe González, que nombró a su amigo el médico tinerfeño y senador socialista Alberto de Armas.
La espera se debe a que Madrid se ha hecho de rogar para otorgar el mismo permiso al nuevo embajador marroquí, un expolisario, cuya designación para tal puesto no sentó nada bien en España, incordiada desde hace 35 años por la sombra de la fatídica descolonización del Sáhara Occidental como una pesadilla mayor que la propia soberanía de Sebta y Mellilia, como llaman los marroquíes a Ceuta y Melilla.
Los altercados en la frontera de Beni-Enzar entre Melilla y Marruecos este verano, zanjados no sin roces; las quejas del rey Mohamed VI por los vuelos españoles de abastecimiento del peñón de Alhucemas, cuyo ruido perturbaba sus vacaciones en la zona y quizá también por las fotos ‘robadas’ que, según parece, el CNI le hiciera desde helicópteros en su yate, hasta desembocar en los incidentes de este fin de semana en El Aaiún durante una manifestación prosaharaui en la que resultó agredido un grupo de activistas canarios por dudosos civiles catalogados de gendarmes de paisano…, describen un clima de desasosiego en las relaciones bilaterales.
Éste es el avispero que le aguarda al experimentado diplomático canario, tras una corta estancia idílica en la embajada lisboeta, que le fue asignada como un regalo de los dioses después de pedir la baja por paternidad tras una dilatada labor en Europa como uno de los altos funcionarios más valorados y capaces de Bruselas y más queridos de los periodistas, que lo apodaban cariñosamente ‘Clooney’ como un simpático guiño a su leve parecido con el actor.
Marruecos y, sobre todo, el polvorín saharaui, al que pronto se sumará, según todos los indicios, una flotilla de protesta solidaria desde Las Palmas rumbo a El Aaiún, tipo convoy de ayuda a la franja de Gaza, dentro de una escalada de ongs en países terceros que viene comprometiendo el papel de España en el exterior, están en la agenda política con una visibilidad cada vez mayor, desde la crisis de la huelga de hambre en Lanzarote de Aminatu Haidar a finales de 2009. El rey de Marruecos trata de otorgar contrarreloj cierto grado de autonomía al territorio ocupado, y sostiene que se inspira para ello en el modelo de autogobierno canario, un extremo poco creíble dada la falta de antecedentes en todo el reino, en lo que más parece una huida hacia adelante para burlar directamente las resoluciones de Naciones Unidas a favor de la autodeterminación del Sáhara Occidental.
El Sáhara es una ‘china’ en el zapato del presidente, a su regreso de Pekín.