Es un extranjero de Europa (ahora suena rara esta acepción, quizá aún a falta de hábito o conciencia de europeos, que habría dicho Unamuno). Es nórdico, supongo, pero no se lo he preguntado. Es mi vecino guiri con trienios de canario sobre la espalda como para no haber hecho más aclaraciones desde un principio. Este paisano, por tanto, alto, de tez blanca y pelo castaño claro, de cierta edad, me ve en el portal y me dice:
-¡Vaya calor! Doy fe de que así no era el clima de la isla en verano cuando llegué hace cuarenta años – y le creo. Sé de la mala memoria meteorológica que tenemos; sin embargo, le creo.
Nos echamos a temblar en julio, agosto y septiembre con cada nueva ola de calor. Tememos que la secunden incendios forestales, con La Palma en llamas aún ‘caliente’ en nuestra mente aprensiva. Con los veinte quemados de La Gomera para siempre en el recuerdo. Con las 15.000 muertes por los golpes de calor del verano francés de 2003 presentes como un S.O.S. No estamos acostumbrados a lidiar con medias de 40 grados, como sí, supongo, en Sevilla. En verano somos más agua, si cabe, añoramos ser cauce también, pero perdemos consistencia, nos licuamos, como digo, sumergiéndonos en una sociedad ya de por sí “líquida”, en la célebre noción de Zygmunt Bauman. En fin, que pase rápido la ola.
Hola, calor, y adiós.