Retomé este agosto el libro de Juan Carlos Mateu, ‘Luces y ondas’, sobre la cadena de radio que dirige desde su fundación, Canarias Radio La Autonómica. Es un texto que nos asesora sobre las veleidades del comportamiento humano, máxime en los círculos políticos y mediáticos de ese ámbito social desmesurado que llamamos Canarias.
Como tantas veces, la historia, una vez escrita con sus pormenores si alguien con toda la intención afila la mirada y diseca los hechos como un taxidermista, permite poner, negro sobre blanco, los dislates y despropósitos que a veces comete el hombre cuando le ciegan los prejuicios y no acierta a tomar distancia de los acontecimientos.
Se recordará aquella estúpida histeria desencadenada tras el nombramiento como director general del Ente público RTVC de Willy García, cuya juventud y efecto sorpresa nunca le fueron perdonados, donde la creación de la radio, en ese contexto, parecía constituir una provocación intolerable a ojos de sus detractores. Hubo ‘caza de brujas’. Hubo bajeza política. Hubo intoxicac ión periodística y una lamentable falta de visión y sensatez, como sucede casi siempre que alguien mueve ficha en Canarias. Porque lo equilibrios que a menudo se demandan en este tierra son, no nos equivoquemos, equilibrios de poder y de intereses.
La aparición de la radio pública, que este libro deja meridianamente descrita para veredicto de la historia, hace ahora poco más de dos años (inició sus emisiones en junio de 2008), resultaría ser uno de esos paradigmáticos conflictos sociopolíticos sin venir a cuento que suelen explotar, de cuando en cuando, en esta comunidad, sin que por ello pueda decirse que ya estemos curados en salud.
El sentido elemental de disponer en unas islas (un territorio por definición fragmentado) de un medio llamado a comunicarlas como ningún otro (la radio supera a todos los demás en ese cometido, como está sobradamente demostrado de Marconi a nuestros días), fue objeto, a lo largo del segundo semestre de 2008 y prácticamente todo 2009, de una ofuscada campaña de demolición, que hoy se nos antoja ridícula. Tan ridícula y corta de miras como esa peregrina opinión, que todavía sustentan algunos sectores, de cerrar la Televisión pública canaria.
Hay todo un catálogo de cancaburradas célebres, a cual mayor, en la historia política de estas islas, que retrata, con el paso del tiempo, a sus autores y que, mírese por donde se mire, no les salva del ridículo más estrepitoso al que me refería antes. Las palabras se las lleva el viento, pero, una vez escritas, como es el caso, quedan para siempre sellando un cliché de cada cual, con sus aciertos y sus desatinos.
El libro no es una cachetada sin manos, o lo es de manera indirecta; lo que, sin duda, es responde al subtítulo, ‘La verdad de un compromiso’. Consiste en un relato de hechos verídicos, de las circunstancias embarazosas que abocaron a un parto política y mediáticamente accidentado, y de la, sin embargo, rápida consolidación del medio, más allá de las arenas movedizas de la vida pública, en el espacio radioeléctrico de los hogares canarios, que era su razón de ser.
Además, está bien escrito y engrosa la biblioteca de títulos de consulta obligada sobre la radio, un medio, por cierto, que este verano ha desatado pasiones en todo el país.