El Sahel es un polvorín de Al Qaeda. Un terrorismo que opera muy cerca de Canarias, aunque hasta hoy le demos la espalda, declinando tenerlo en cuenta, su prioridad como riesgo potencial. Desestimado, pero latente, no se va, quizá llegó para quedarse largo tiempo. Lo vamos a tener, entonces, mortificándonos como una pesadilla. Abrimos los ojos y nada nos dice que no está lejos. En el Sahel.
La liberación de los cooperantes catalanes Albert Vilalta (regresó con muletas) y Roque Pascual (Alicia Gámez, tercera rehén, quedó en libertad en marzo), previo pago del rescate pecuniario y la excarcelación por parte de Mauritania del cabecilla del secuestro, Omar Saharaui, entregado a Mali el pasado fin de semana, nos permite visualizar el peligro real que se corre en países vecinos que hasta hace poco dirigían hacia las islas un flujo migratorio sin precedentes en la historia, en el que murieron centenares de menores y adultos expuestos a travesías tenebrosas.
En el África fallido del Sahel campa a sus anchas, de un tiempo a esta parte, la franquicia de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), que se ha granjeado ciertas simpatías seguramente con acciones solidarias en territorios condenados a fuertes hambrunas. El citado cerebro del secuestro, un pastor de camellos que fue aprehendido cerca de Tombuctú, admite ser un mercenario que hizo el ‘encargo’ por 15.000 euros. Las ONGs europeas han de saber no sólo en qué aprietos ponen a sus países con incursiones desaconsejables en estas latitudes, sino también el precio de sus cabezas si son capturados y la posibilidad indiscutible de perder la vida por cualquier incidente, propio o ajeno, a tenor de lo sucedido con el cooperante galo de 78 años, Michel Germaneau, ejecutado tras una evasión frustrada en una acción conjunta franco-mauritana.
Ha habido suerte y tacto en las negociaciones españolas, con ayuda de un mediador mauritano muy influyente en Burkina Fasso del que, por otra parte, nadie parecía fiarse. Un secuestro prolongado de casi nueve meses, acaso el de mayor duración en el Sahel, que muestra la cara mercantilista de una temible red terrorista que se dio a conocer al mundo atentando el 11-S de 2001 contra las simbólicas torres gemelas de Nueva York. El próximo mes hará nueve años de la conmoción de aquel acto criminal sin escrúpulos (murieron cerca de 3.000 personas), que desató una crisis en sectores neurálgicos de la economía mundial, como el transporte aéreo, antes de que estallara la recesión de 2007.
Si hoy, casi una década más tarde, el presidente de los EE.UU. es negro y un sector de la población sospecha que además es musulmán tras conocerse su apoyo a la construcción de una mezquita en la fatídica zona cero, la moraleja consiste en que si no prospera el odio en Occidente aún estaremos a tiempo de que las víctimas regresen a casa con vida, como Alicia, Vilalta y Pascual, y no sus cabezas cercenadas de forma irremediable.
El Sahel está ahí al lado. Al Qaeda también. ¿Se ha adoptado la estrategia de inteligencia preventiva para velar por nuestra seguridad? Quiero pensar que sí.