Los incidentes hispano-marroquíes en las fronteras de Melilla han desempolvado la foto del mapa de Canarias que conserva el rey alauí Mohamed VI, herencia por lo visto de su padre Hassan II, y que sigue colgado en la pared del despacho del monarca en Rabat, justo en el plano de todas las fotos que se hace en las audiencias que celebra con mandatarios de países extranjeros, España incluida.
La imagen resulta insultante para las islas y para el estado español. El archipiélago luce el mismo tono amarillo que el conjunto del Gran Magreb al que aspira Marruecos como el sueño megalómano en el que pone a prueba toda su infinita paciencia, de la que ya tenemos noticia en la apropiación del Sáhara, hace 35 años, con sus noches y días.
La intencionalidad política de esa ‘anexión’ cartográfica de Canarias por parte del rey marroquí salta a la vista, no ofrece dudas. Pero nunca se ha solicitado de un vecino tan poco fiable una explicación oficial del hecho.
En la visita que en 2001 hizo Zapatero a Mohamed VI, en plena crisis España-Marruecos por el desacuerdo pesquero y las pateras (que desembocó poco después en el incidente de Perejil), la foto de la entrevista de ambos en el despacho del anfitrión refuta todos los desmentidos acerca de ese mítico mapa impresentable. Zapatero, entonces en la oposición, que fue tildado de desleal por el Gobierno de Aznar (el mismo reproche que el gabinete socialista hace ahora al expresidente popular por su viaje venganza a Melilla) no mostró queja alguna por ese mapa que tenía delante de sus narices. Ni ningún otro representante español, antes ni después, que se sepa, ha dicho esta boca es mía al ver a Canarias objeto de esa indisimulada adhesión marroquí en un mapa bien visible, que constituye toda una provocación y una falta de respeto a un estado presuntamente aliado.
Es hora, por tanto, de que desde Canarias, comunidad autónoma enfrentada al consabido vacío de la indefinición de las doscientas millas con Marruecos y al litigio de la titularidad del petróleo existente bajo esas aguas, se pida y exija una total aclaración pública de este equívoco peligroso. Y se pida y exija, de una vez, la retirada de ese mapa fraudulento que deforma la realidad y engendra conjeturas intolerables.
Hasta tanto, convendría establecer un principio soberano impepinable: ningún representante político español, y por supuesto canario, debería prestarse a departir bajo ese póster imperialista con el rey que alberga la inconfesable invasión de las islas. Y no me vengan con que es un mapita inocente y mal pensado todo aquél que piense lo contrario.