Si en Italia se le ocurre a Berlusconi convocar a una reunión de alto voltaje a prominentes constructores críticos con su política de ajuste de la obra pública, visiblemente presionado por el clan de empresarios más poderoso del país, la prensa española –y en buena parte, la europea- no dudaría en tildar el cónclave de seudomafioso y al Cavaliere lo acusaría de ceder con descaro al chantaje de poderosos amos del cemento y jerarcas en la sombra que financian campañas electorales y no se reprimen a la hora de mover los hilos del gobierno y hacer entrar por el aro al mismísimo primer ministro.
En España ha sido suspendido el sanedrín previsto para mañana miércoles del presidente Zapatero con Florentino Pérez (ACS), José Manuel Entrecanales (Acciona), Rafael del Pino (Ferrovial), Baldomero Falcones (FCC), Luis del Rivero (Sacyr Vallehermoso) y Juan Miguel Villar Mir (OHL), un club selecto de señores de la alta alcurnia inmobiliaria española, nada comparable con la turbia maquinaria de influencias políticas de los capos de la economía italiana. Pero, dados los antecedentes del caso, ese encuentro frustrado (según la versión oficial, por considerarlo inoportuno el propio ramillete de constructores) habría desprendido cierto tufillo inevitable.
Resulta, como ex vox pópuli, que David Taguas, exdirector de la oficina económica del presidente Zapatero, pasó a presidir la patronal de los grandes constructores, Seopan. A ésta pertenecen, precisamente, los citados popes que iban, en principio, a acudir a la cita con ZP en la Moncloa, acompañados por el propio Taguas. El papel de este último es penosamente justificable desde una perspectiva ética elemental de la vida pública, toda vez que ha sido arte y parte, sucesivamente, en la interlocución y en la reivindicación de los intereses de la industria del ladrillo en medio de la crisis, en aras de un ambicioso plan de rescate del sector, herido de muerte desde el batacazo de las subprime en el verano de 2007. Taguas pasa por ser el artífice de las principales medidas de auxilio con que el Gobierno trató de socorrer a los constructores cuando cayó la venta de pisos: los préstamos blandos del ICO y el esfuerzo en inversión pública en infraestructuras hasta el apocalíptico mes de mayo de la profecía maya del gasto público, habida cuenta la catástrofe del déficit.
Días atrás, asistimos a un insólito anuncio del presidente tras despachar con el Rey. Desautorizó indirectamente al ministro de Fomento, que había proclamado, no hacía mucho, un recorte de más de 6.000 millones en inversiones públicas en infraestructuras que afectaría a numerosas autonomías (salvo Canarias y País Vasco, indultadas, según se interpretó, en virtud de los apoyos que recibe el Gobierno en el Congreso). Zapatero abrió la mano para prometer la reconsideración de un determinado paquete de obras, con cierta añagaza por argumento: la mejora de la situación económica, con base tan débil que los mercados no tardaron en castigar la deuda pública española, cuya prima de riesgo se elevó de inmediato. Había elegido Zapatero el peor día para mostrar un asomo de relajación en las medidas de ajuste, pues de EE.UU a China se había corrido el temor a una nueva recesión por la ralentización del crecimiento. Ninguna razón coherente ni ortodoxa, tanto de orden interno como de contexto internacional, explicaban la marcha atrás del presidente en su mensaje de restricción del gasto y de ahorro estricto. Pero nadie desmintió la sorprendente promesa de flexibilizar la inversión pública hecha por parte del jefe de Gobierno; el ministro de Fomento deslizó la idea de que quizá él había sido más severo de la cuenta en su tijeretazo inicial, y la vicepresidenta Salgado restó musculatura a las obras que se libran del purgatorio, como si apenas se tratara de una insignificancia. Nadie enmendó la plana al presidente y, acto seguido, se empezó a hablar de la visita de los grandes constructores al inquilino de la Moncloa, de la mano de Taguas, que conoce bien sus dependencias.
No hace falta ser un mal pensado para hacer ciertas conjeturas a propósito de esta clase de intercambio de cromos en los puestos estratégicos del poder económico y del poder político de un país. Lo de la mujer del César no es baladí. La democracia ha de ser honrada, pero, además, para evitar malentendidos, no debe olvidar nunca aparentarlo.