Hoy será un día caliginoso, bajo amenaza de incendios forestales, como nos previene la alerta naranja reglamentaria. Vitamina C contra pirómanos estacionales. Si el calor y el viento se coaligan y, por culpa, del loco del monte, arde alguna isla como Moscú, ya tendremos el guión estival reproduciéndose al pie de la letra. Vemos las inundaciones indopakistaníes y no podemos apartar la mente de las aguas que han diluviado con reiteración en los últimos años sobre el archipiélago. Y contemplamos al peatón con mascarilla por las calles de Moscú y nos vienen a la memoria La Palma y obviamente todas las sospechosas zonas quemadas por estas fechas cada año con puntual precisión.
Hace casi un año y medio se sumó a estas catástrofes más o menos naturales la gripe A, que, como dijo una vez Basilio Valladares, experto en enfermedades tropicales, tenía toda la pinta de ser un montaje. Margaret Chan, la directora de la desacreditada Organización Mundial de la Salud (OMS), ha declarado ahora, 16 meses después, el final de la pandemia. Es cierto que ha habido muertos en más de 200 países, pero la evaluación general la equipara a una gripe ordinaria, nada más lejos de la catástrofe humana que la OMS predijo al elevar la enfermedad al grado 6. Desde entonces, recuerden la cascada de acontecimientos: el pánico colectivo ante un virus que se presumía mortal, que nos dispensó de darnos la mano, darnos un beso y hasta darnos los buenos días. La compra masiva de vacunas y tamiflús que engordó a la industria farmacéutica por parte de la mayoría de estados del mundo acudiendo en desbandada al supermercado de los fármacos para llenar el carrito de las marcas recomendadas, como ante el anuncio de la guerra del Golfo recuerdo haber visto gente aprovisionarse compulsivamente de alimentos de primera necesidad. Luego ha resultado que el grueso de los stocks de vacunas permanece en el congelador, para escarnio y desvergüenza (ambos sentimientos) del ciudadano estafado. Más de una voz sensata recela de que, en efecto, se trató de una argucia inmisericorde para favorecer a los fabricantes de turno, en medio de la crisis, con un negocio planetario. Las evidencias, en todo caso contrastables, de que pudo ser un timo internacional (sólo pensar en personajes como Madof abona cualquier teoría conspiratoria) exigen una investigación independiente que no deje lugar a dudas. Sorprende que la OMS reaccione como un basilisco porque se ponga en tela de juicio la honestidad moral o científica de su labor y, sin embargo, admita que está obligada, tras este fracaso, a reconsiderar los criterios que determinan que una gripe que salta entre continentes es o no una pandemia.
En México, donde nació la psicosis de la H1N1 (cuya primera víctima, un niño, por cierto sobrevivió sin mayores consecuencias), ‘la roja’, ya que hablamos de un caliente verano al rojo vivo, empató con la selección anfitriona en su reaparición tras ganar el Mundial. Y el gol in extremis del empate lo marcó el canario Silva. La epidemia buena de la fiebre sana de la hispanomanía en el mundo tras el éxito de Sudáfrica, impone algunas responsabilidades. Cada uno de estos jugadores son como embajadores del fútbol de la paz, que sugiero que la Unesco institucionalice. A Del Bosque lo miran como un papa laico. Y a las estrellas de la selección, como se miraba a Obama cuando ganó las elecciones en EE.UU., como a uno santo. Luego, por eso, le dieron a toda prisa el Nobel de la Paz que llevaba escrito en la cara, título que ahora supongo recaerá en la selección española si el premio quiere hacer honor a su espíritu: reconocer las acciones universales que aglutinan a los seres humanos bajo una misma bandera de concordia. La rojigualda se convirtió en una suerte de bandera mundial, acaso bendecida por el hecho de que el Mundial se celebrara en la patria de Mandela, que es el Nobel de la Paz del Mundo por antonomasia.
Contaban en tiempos que Zapatero anhelaba esa copa. El Nobel de Obama, Gorbachov, Óscar Arias y Al Gore, cuando negociaba el final de ETA. Pero, desde luego, no ganará el Nobel de Economía con la yenka de sus políticas de ajuste y desajuste. Apenas España pudo respirar tras superar los bancos y cajas el test de estrés y colocar la deuda pública en los mercados, y apenas tenía medio convencida a Europa de que su política fiscal antidéficit iba en serio y todo eso, y va el presidente, como víctima de un golpe de calor, y desautoriza a su ministro de Fomento y anuncia que algunas obras públicas paralizadas por aquél serán indultadas y se harán. En las últimas horas, hemos visto repetir la historia de las improvisaciones y desmentidos. Ante las primeras reacciones de castigo de los mercados (la prima riesgo se disparó de inmediato), la vicepresidenta económica Elena Salgado tuvo que salir al paso para entonar el donde dije digo, digo Diego, aclarar que serán unas inversiones tan ridículas que no se harán siquiera notar, etc., y dejarnos pensando, en serio, que Zapatero necesita unas vacaciones. En un hotel donde no se pueda tirar del balcón a la piscina, la moda del turista pasado de rosca este verano.