domingo, 08 de agosto de 2010

Adán Martín lleva más de diez años combatiendo un cáncer irremisible que se ha convertido en un compañero de viaje incómodo para una de las personas más vitalistas que conozco. Un contratiempo en alguien que necesita vivir imperiosamente sin dar ninguna ventaja al enemigo. El viernes circuló el rumor terminal de que había muerto, más tarde atenuado sin éxito con el matiz de que su estado era crítico y, finalmente, pese al desmentido familiar del bulo, se publicó la noticia obvia de su gravedad.

Pero Adán Martín convive con la gravedad desde hace tantos años, que ésta dejó de ser noticia , y el viernes, en el Hospital Clínico de Barcelona, cuando los más allegados desautorizaron toda manifestación de asombro por su delicado estado de salud, nada podía ya impedir que se hablara del hombre y la enfermedad, como un modo impersonal de traer a colación los miedos con que el parón veraniego del reloj atenaza con sus fantasmas a unos y a otros.

No había novedad que contar. El paciente seguía luchando como un jabato contra las ramificaciones de su linfoma como el primer día, más flaco y vapuleado por un segundo trasplante de médula procedente de su hermano Fernando, que resultó compatible cien por cien, y tras las múltiples lesiones que una severísima medicación de años, ahora redoblada, y de sesiones de quimioterapia intensiva han provocado necesariamente en un organismo que está a punto de cumplir 67 años. Lo que padece no es ninguna broma, aunque él mismo a menudo ha ironizado sobre las reapariciones mutantes de sus ganglios durmientes en distintas partes del cuerpo. La novedad, si puede llamarse así, es que, casi milagrosamente (dado que a su edad se daba por baldío todo nuevo intento de trasplante), Adán ha vuelto a sobrevivir y le aguarda una batalla ciclópea contra las reiteraciones de ese cáncer invencible que padece, auténtico duelo de titanes sólo apto para espíritus dotados de un altísimo cociente intelectual de supervivencia. El destino quiso que para ese desafío contara con la ayuda de una mujer, con la que se casó recientemente tras pasar juntos todas las travesías de esta enfermedad. De ahí que Pilar Parejo sea una especie de paciente consorte.

La historia, siempre al borde de un desenlace no deseado, del famoso cáncer de Adán dura, como digo, más de una década y está jalonada de victorias que el político ha ido cosechando no sin costes irreversibles en su mala salud de hierro. Es cierto que cada vez se le van agotando los plazos de esa pelea desigual, pero nadie que conozca al personaje apostaría en su contra ni aunque le viera famélico y devastado como ahora en el Clínico de la Ciudad Condal tras una de las pruebas más duras de su vida, en la que, en efecto, la noticia ya no sería tanto una deficiente respuesta colateral de intestino, como la sorprendente confirmación del viernes: sigue vivo.

A buen seguro, el caso de Adán dará que hablar mucho en el futuro. Intuyo que ha sido una fuente inagotable de hallazgos para sus propios médicos, que, una vez rebasados los límites terapéuticamente plausibles, se han podido adentrar, con su conformidad, en el terreno impredecible de la medicación experimental, que haría feliz a más de un dr. House ávido de cobayas voluntarios e inteligentes dispuestos a burlar la muerte con ayuda de la imaginación y el coraje.

Adán Martín es una caja de sorpresas como ser humano. Tenía en la vida pública un aire de científico distraído con la mente en otra retorta, que, fiel a ese perfil, solía ser bastante impuntual y, contra toda máxima pragmática al uso, cultivaba un método insólito de hacer política previsora con un horizonte de veinticinco años por lo menos, fuera de todo cálculo electoral. Por si no bastara esa cuota de heterodoxia con la que profanaba una ciencia cortoplacista como la política, que se surte de cortar cintas, poner primeras piedras y abrir el telón de cada nueva obra pública, Adán se llevó consigo la filosofía al despacho y adoptó la duda cartesiana por sistema. Le daba vueltas a las cosas en la cabeza y apuraba las decisiones al límite. Un día lo explicó: “Si me equivoco, lo pagan los demás”. Resistió bien en las instituciones que alternó, ganando comicios sin aparente desgaste, y se fue a su casa, hace tres años, tras superar con nota alta más de un cuarto de siglo en áreas de gran responsabilidad desde que fue reinstaurada la democracia y Canarias alcanzó, al fin, la autonomía.

Este superviviente nato pertenece, por tanto, a la generación privilegiada de políticos a todo riesgo que recibió en sus manos unas islas avasalladas por la dictadura, con el compromiso de conducirlas, ya bajo un régimen de libertades, por nuevas sendas, a veces minadas, de gobierno en la incipiente vida municipal, insular y autonómica, que resultaba inédita en la historia del archipiélago y del Estado español. Del contagio de otras regiones y provincias es cierto que se derivaron algunas imitaciones desafortunadas, pero fueron los nuevos políticos tecnócratas del centrismo autor de la Transición, entre ellos Adán, los que convinieron en dar un giro copernicano al viejo discurso secundante de Canarias, para basarlo a partir de entonces en algo tan elemental, que se desprendía de la propia geografía, como el hecho insular, y de ahí surgió, como por generación espontánea, el nacionalismo de las islas, que unos vieron como una picardía política y otros como un hallazgo natural en un archipiélago atlántico a un costado de África que a todos los ideólogos se les había pasado por alto. Una idea tan simple y elemental, que ha sido la llave del gobierno y sigue, sin embargo, despertando suspicacias en los oxidados partidos convencionales.

Adán, ingeniero industrial de sólida vocación como su amigo Manuel Hermoso, se dejó tentar, también como éste, por la pasión política de poner los cimientos de esa nueva sociedad, como si en realidad estuvieran haciendo ingeniería y no política con ingenio. De aquel tándem Hermoso-Adán (la pareja incombustible que dio la vuelta al calcetín de la política canaria en el último tercio de siglo) han quedado muchas huellas. De Adán, el PERI (Plan Especial de Reforma Interior) de Santa Cruz, que siendo teniente de alcalde responsable de Urbanismo encomendó a un arquitecto catalán tan ‘rojo’, cuyo catálogo de edificios intocables resultó tan generoso, que levantó ronchas enseguida entre propietarios frustrados por no poder tirar sus inmuebles obsoletos. La cruzada aeroportuaria como presidente del Cabildo, el memorándum de las RUPs y el eje transinsular como presidente del Gobierno, son algunas medallas en las que todos le reconocen una enorme capacidad numantina de resistencia.

Ciertos tótems de gran impacto social, fruto de ese empecinamiento visionario, le garantizan un rédito de celebridad: el Auditorio que encargó a Calatrava cuando no era todavía un arquitecto estrella y que llevó hasta sus últimas consecuencias pese a un sector refractario hoy arrepentido de haberse opuesto hasta el paroxismo. Adán es también el TEA (Tenerife Espacio de las Artes), el mejor padrino político de un museo que sólo cabía en la imaginación indómita de la consejera insular de Cultura Dulce Xerach y de los arquitectos Herzog & De Meuron, dos genios enamorados de Tenerife. Adán lleva siempre puestas las gafas de lejos.

Cuando se retiró de la política, consumió los saldos de la penúltima tregua de la enfermedad viajando: a Perú a conocer al economista Hernando de Soto para trasplantar a Europa su Instituto Libertad y Democracia contra el subdesarrollo y la pobreza en África. A Cabo Verde para impulsar un nuevo concepto de habitabilidad. A Marruecos para pensar en mañana junto a expertos y líderes mundiales. No se había jubilado. Tiene cuerda para rato.

Adán siempre tiene una idea nueva en la cabeza. Dar vida a nuevas ideas le distrae de la idea del cáncer y le absorbe todo el tiempo para bien. De ese modo vive contra la única idea que aparta de la imaginación, la de la muerte. Hay seres inmortales mientras viven intensamente, otros viven pensando en el día de la rendición. Cada vez que la cabeza se le queda calva como rapada al cero por la alopecia forzosa de la quimioterapia, cabe un golpe de humor negro: ¿acaso, en realidad, a Adán se le cae el pelo de tanto pensar?

Ejercía una práctica gestora viciosamente documentada como si fuera un profesor en lugar de un político. La mejor caricatura que podía hacérsele era situarle en maratonianas reuniones de trabajo tras un muro de dossieres, informes y expedientes encriptados en el que se movía como pez en el agua. Aprendió a estudiar y memorizar de niño acostumbrado a los exámenes rutinarios de su madre en casa, hasta el punto de metabolizar el conocimiento como si fuera un asunto digestivo.

No debemos pasar por alto un detalle: Adán se inició en el acero cuando debutó de ingeniero raso. El cáncer lo sabe bien.

Comentarios
domingo, 08 de agosto de 2010 - 17:25
Gracias Carmelo por este Articulo tan cierto. Y suerte a don Adan.
martes, 10 de agosto de 2010 - 11:13
Bonito artículo,muy emotivo,la vida es una continua lucha, pararse cada día en las pequeñas cosas, disfrutar del momento y admirar a estas personas como Adán Martín que no dejan de luchar ante las adversidades.
domingo, 10 de octubre de 2010 - 21:40
Sabrían decirme que tipo de linfoma padecía. Me sorprende ese tiempo de supervivencia con la enfermedad para ese tipo de cáncer sin respuesta a tratamiento.
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