viernes, 06 de agosto de 2010

Gilberto Alemán no ha escrito todavía sus memorias porque no le ha dado la gana. Con todo lo que sabemos de su intramundo subversivo y lo que desconocemos de los períodos en Madrid y Venezuela, lamentamos que no se haya enfrascado aún en el recuento y recuerdo de su polimorfa vida de clandestino que se reinventó periodista, activista hasta, finalmente, político de paso. Al cabo de un centenar de libros y diez mil artículos y pico, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) le rindió un homenaje a toda una vida entrometido en una isla y dedicado a la prensa a caballo del mito de un náufrago inglés y un hábil arquero de los bosques, contestatario o contestón. El homenaje al descendiente de una generación de periodistas que se quedó (en los peñascos), o volvió a toda prisa, como el farero que echa de menos la torre porque le gusta estar solo.

Así, diríase, que se reivindicaba, en tiempos de peligro de extinción de especies endémicas del viejo oficio, a los grandes maestros, leyendas de un periodismo de linotipia que creó escuela en su galaxia Gutemberg. Este cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife y Premio Canarias de Comunicación lleva en las alforjas horas de gloria y horas de calle, un modo y modelo de periodismo quirográfico, de libretas notariales de la actualidad, antes de que se extendiera el uso holgazán del magnetofón, y horas en las ondas de periodismo radiofónico de cuando una vocación sinhilista precedió al periodista cibernauta de estos días. Gilberto nació a la prensa en la era pop (de los popes) de puño y letra, pero el suyo es un caso de reciclaje poco usual; parido en la prehistoria de los mass media hoy reducida a cenizas, sus mejores años no se agotaron en el combate de las ideas contra el franquismo, en su militancia de periodista socialista de ‘El Día’ y en la Transición, cuando cubría las huelgas y revueltas por Javier Fernández Quesada o Bartolomé García Lorenzo, sino en todo lo que le cayó encima después y en cómo se rehizo: la persecución del nacionalista proscrito durante la caza de brujas de Capitanía que duró hasta el climaterio del fervor cubillista, el silencio de los petardos y la inhibición de la OUA, esa historia no contada de política de talón (y de Gabón).

Tal fue su caída en desgracia en el periodismo de una sociedad retraída que lo empujó al exilio caraqueño como un apestado. Pero, a su regreso, bajo la calma de la Constitución, el futuro académico canario de la lengua Gilberto Alemán, una vez huérfano de padres de profesión y amigos influyentes (era un periodista marcado) de la alta sociedad que lo había hecho su ídolo radical cuando eso vestía, con tan sólo dos o tres colegas de su parte y el acopio de vivencias en la mirada de Morgan Freeman, hizo una de sus cabriolas más célebres y se refundó con una mano delante y otra detrás. Empezó de cero. No había otro escalón más abajo.

Freelance

Se hizo ‘freelance’, periodista por cuenta propia. Engendró, entonces, la primera agencia informativa independiente de las islas (la agencia SID, una sigla que parecía más bien de una agencia de espionaje); acuñó la edición de fotos antiguas y procedió con éxito a su venta ambulante; dirigió revistas ocasionales y gabinetes de prensa; volvió al micrófono en Radio Club (que el año pasado lo distinguió con el Teide de Oro) y se enroló en ‘La Tarde’ como un marine se reincorpora a filas una vez desintoxicado de la guerra del Vietnam; publicó libros de guerra, la guerra civil, libros minimalistas de costumbres y crónicas locales, y todo ello le sacó del apuro de parado de lujo de un oficio que cada día tenía menos que ver con el fulgor de la era del nuevo periodismo de Tom Wolfe o Norman Mailer, héroes de juventud. Gilberto ha sido nuestro Gay Talese, periodista de la gente corriente. Un oficio que entraba de lleno en la cuarta fase que no pudo ver su coetáneo McLuhan, con la llegada de Internet en las vías de un tren que se caía a pedazos. El mejor oficio del mundo fuera de sitio; otro mundo requería otro oficio, bajo nuevas reglas, como si de una redestribalización se tratara: la vieja escritura en su fase global más expansiva. Ése no era el mundo de Gilberto.

Polifacético por naturaleza, había tocado todos los palos según se decía entonces, la prensa, la radio y la televisión, pero llegó tarde a Internet. Si bien se diría que dirigió casi ‘virtualmente’ el Diario de Avisos, cuando se disponía a reeditarse en Tenerife tras un dilatado origen palmero, hasta poco antes de ese momento, en medio de las fricciones habituales entre demócratas y nostálgicos de la dictadura en el seno de la propia empresa que en seguida le costó el puesto. Este diario y ‘La Opinión de Tenerife’ acogieron más tarde su firma de memorialista con sección fija, y Ediciones Idea difundió al escritor con tiradas populares de sus obras de bolsillo.

Soy testigo del irredento capaz de batirse en duelo por un par de convicciones con un par de cojones en los años de plomo. Era íntegramente terco. Si lo llamaban abuelo en lugar de maestro, le jodía, pero jóvenes impacientes pasan tantas veces de largo, que la máxima de Cela, ‘en este país el que resiste, gana’, le viene al dedillo. Y el caso es que al cáncer lo dejó por el camino y él sigue en el júbilo de jubilarse nunca, sin querer perderse nada, salvo el hábito mortal de pitillo contraído en la Redacción que los médicos le tienen prohibido y es objeto de continuas sospechas familiares: acaso de tenerlos, los de Gilberto sean secretos de humo. Salvo uno de carne y hueso (sobre todo de carne): el día que dejó escapar una entrevista exclusiva con Raquel Welch por un desliz imperdonable de sus reflejos.

La muerte de su hermano Adrián, en las postrimerías de 2008, recuerda que los ‘Alemanes’ (permítanme el plural) son artistas, periodistas y escritores que heredan, de padres a hijos, colmillo afilado y pluma, alas y pincel, son ácratas e iracundos y tiernos, volanderos y pródigos y a menudo geniales.

Como Ernesto Salcedo o Alfonso García Ramos o Francisco Pimentel, Gilberto discute o polemiza sin más señal que enseñar, si se tercia, el espolón y es certero en duelos y contiendas. Salcedo despachaba al enemigo “en dos palabras”. Alfonso, más resolutivo, optó una vez por una trompada. Pimentel era escurridizo, se hacía invisible en su Santa Cruz ‘la nuit’. Gilberto de Armas siempre fue de armas tomar.

Las rencillas y los desafectos en esta profesión (de fe y herejía) son moneda de uso corriente, pero al memorión desmemoriado, lagunero deslagunerado Gilberto Alemán lo quieren más de lo que él cree. Su esposa, Iris Fariña, la mujer que mejor le conoce, dice que en la Transición, los artículos de Gilberto y sus posiciones públicas o publicadas les merecieron insultos telefónicos anónimos y amenazas para la integridad física de la familia. Gilberto ha desplegando siempre una irónica arrogancia transgresora para hacerse temer o querer desde el filo de una timidez ególatra que imita fielmente a la soberbia. Con el paso de los años, comprendo mejor la naturaleza de su vanidad de niño que anduvo descalzo.

Los nuevos periodistas están en deuda con su generación. También hay cierta herencia genética en todo esto. Cuando ellos pasan hay que ponerse de pie. El ADN obliga.

Un tal Unamuno

El hijo de Luisa y Ventura quisiera ser un ‘robinson’ en San Borondón y un ‘robinhood’ en los montes de Anaga al estilo de Marcos, el Subcomandante de Chiapas, antes que del asaltador de caminos, por el hecho de poder vivir teniendo una causa que defender. En el café Montecarlo de la Avenida de Anaga (antes de su sorpresiva clausura bajo la crisis, tras un ilustre historial de barra y mantel), viéndole el hocico al Atlántico, había redactado la Constitución de ese islote sentimental con sede consular en la calle de Puerto Escondido.

La política y la policía lo esperaban a que volviera de Venezuela, y un día la Plaza de Toros (si hay un antitaurino, ése es Gilberto), abarrotada, vitoreaba su nombre que aspiraba a la alcaldía. Obtuvo siete concejales en la lista de UPC y el alcalde Manuel Hermoso repartió juego y cedió parcelas de poder según la proporción de votos. Gilberto puede decir que, al regresar del exilio, gobernó. El parque cultural Viera y Clavijo es obra suya.

Gilberto estudió Magisterio y se hizo periodista. En Madrid. Llevaba la isla a cuestas, como dice Becket, y no tardó en regresar para siempre a narrar escenas cotidianas imborrables del callejón de Briones: “Cuando pasaba una yunta de vacas y dejaba un recado en el empedrado …, Manolo y Pisaflores, dos barrenderos ‘moros’, se calentaban por tener que limpiarle las boñigas al ganado”. Esas secuencias las retrata como nadie. O la de la mujer triste que llevaba una pamela puesta y nunca enseñaba la cara.

La madre lo arrullaba con un pie en la cuna y leía un libro. “¿Qué estás leyendo, Luisa?”, preguntaba el padre. Y ella contestaba: “A un tal Unamuno”. “¿Y tú qué entiendes de eso?”, le decía el marido. Entonces, la madre de Gilberto respondía: “Algo queda”. De tal palo, tal astilla.

Lo mandaron a enseñar al fin del mundo. El viaje por caminos pedregosos duró más de siete horas: un arriero lo acompañó para llevarle la maleta y una caja de libros a lomos de un mulo. Cuando llegó a la escuela de El Tablado, en La Palma, fue a la venta de Marcelino. Estaba llena de arrieros, con el cuchillo a la cintura. Él se sentó en el chaplón y de pronto uno se abalanzó contra otro para apuñalarle: “¡Te voy a matar!”. Gilberto palideció y todos se echaron a reír por haber conseguido asustar al maestro con la novatada. En Madrid, en un bar cerca de La Moncloa, fregó vasos y platos para estudiar periodismo, se hizo dramaturgo y fue actor con María Fernanda de Ocón en el Teatro Lara.

1957. Año del debut del periodista en Tenerife y del suicidio en París de Óscar Domínguez, un drama familiar, era el tío de Iris. Fumador empedernido, como ya se dijo, la máquina también empezaba a soltar humo cuando aporreaba la Olivetti o la Underwood con las notas frescas recién llegado de la calle. Este poeta y greguerista, amante como Monterroso del género lacónico, se llama a sí mismo viejo verde por ser un antiguo ecologista que fundó ATAN y un volcán. No sabían qué nombre ponerle y a él se le ocurrió Teneguía. Es un fan de los molinos de agua y de viento, del movimiento de sus aspas y del aroma del gofio de la molienda. Ahora vive como un rajá en su casa de Tacoronte, donde nadie lo moleste. Pero, ¿quién se ha preocupado por saber si necesita algo, si le alcanza para llegar a fin de mes, si tiene libros inéditos en la gaveta, fotos y cabos sueltos? El mejor homenaje al último periodista de raza de su generación es brindarle un retiro digno, y hacerlo en tiempos de crisis, cuando cobra todo su valor aquel refrán que dice que es de bien nacidos ser agradecidos.

Gilberto ha narrado un millón de historias: de todas, que Shakespeare elogió los malvasías en ‘Falstaff’ es quizá la favorita. Sólo falta que escriba sus memorias de drago. Está a punto de cumplir 80 años y tiene cuerda para rato. Tengo la impresión de que demanda que, de cuando en cuando, le publiquen, porque sigue escribiendo contra el tiempo, con la inercia insaciable de un sonámbulo detrás de la noticia. Ahora mismo, me consta que Gilberto no tiene quien le edite. Este texto que ahora acabo lo vengo renovando con el paso de los años, añadiéndole pesquisas más recientes acerca del amigo y compañero de tertulias y avatares del periodismo y la vida. Nos llamamos con cierta regularidad, no hace mucho le presenté un libro, y ahora mismo estoy pensando en voz alta: unos cuantos periodistas, con Gilberto a la cabeza, dibujan una frontera que este oficio seguramente no habrá de cruzar en el futuro para volver atrás. Se merecen una vejez feliz. Y es lo que estoy pidiendo.

Comentarios
sábado, 07 de agosto de 2010 - 11:25
Al acabar de leer este artículo comprendo que algunos periodistas lleguen a la vejez con dificultades económicas, pues ese hombre, según nos cuenta, lo ha sido y lo ha hecho todo en su profesión y sin embargo deduzco que atraviesa dificultades económicas. ¿habría por ello que dar una paga vitalicia? Resultaría quizá utópico, pero estoy de acuerdo con usted en que al menos en aquellos casos de mayor relieve, como el caso de Gilberto Alemán, la sociedad y, por tanto, sus instituciones deberían tener previsto algo elemental: Que esta gente tenga para vivir dignamente y para escribir y dar a la luz sus obras, que es aquello que, al fin y al cabo, ellos pueden y saben aportar a los demás.
jueves, 21 de abril de 2011 - 22:08
Gilberto aleman no tiene quien le edite.. Keen :)
viernes, 22 de abril de 2011 - 10:38
Gilberto aleman no tiene quien le edite.. Corking :)
jueves, 19 de mayo de 2011 - 7:21
Como nieto del ya Nombrado Gilberto Alemán me gustaria dar una felicitacion por este articulo y romper una lanza a favor de tantos otros periodistas que en estos dias y por culpa de unos cuantos (y unas cuantas) con infulas de terratenientes, que no vale la pena nombrar, se estan viendo en la peor de las situaciones y a pesar de ello, al igual que mi abuelo, se esfuerzan en seguir adelante superando la enfermedad y los problemas economicos para hacer lo que mas les gusta: escribir y hacerse notar, decir aquello que piensan sin ningun reparo.

Un saludo y nada mas que decir (por ahora, que en boca cerrada no entran moscas segun se dice) Me despido cordialmente.
sábado, 02 de julio de 2011 - 10:38
Gilberto aleman no tiene quien le edite.. He-he-he :)
sábado, 02 de julio de 2011 - 14:16
Gilberto aleman no tiene quien le edite.. Smashing :)
Añadir comentario:
Nombre *
Título *
Correo electrónico
Url
Comentario *

* Todos los comentarios están sujetos a aprobación antes de ser publicados.
Nos reservamos el derecho a editar comentarios que contengan un lenguaje inapropiado u ofensivo.