En la cartelera veraniega, salta a la vista en las islas la película ‘Una hora más en Canarias’, con patrocinio local y evidente intencionalidad promocional desde el forzado título que justifica traer la trama a Garachico, seguramente en virtud del mejor postor.
La cinta tiene su gracia y, aunque peca por tramos de cierta incoherencia argumental, usa de recursos que salvan del vacío las lagunas del guión, así cuando vemos volar físicamente de éxtasis teresiano a Mónica víctima del embrujo amoroso de Pablo, fruta de la discordia de las mujeres de la película, como guiño al realismo mágico garciamarquiano propio de una cinta con aliento colombiano como ésta.
Los vecinos de Garachico celebran que el cine se acuerde por una vez de la otrora poderosa villa y puerto como plató natural. La relación de Canarias con el séptimo arte (español o extranjero), sin haber pretendido suplantar los encantos del Egipto faraónico, prometió más de lo que luego dio de sí; de ahí que, entre altibajos pronunciados y paréntesis de décadas, hemos llegado hasta aquí, con algunas producciones nacionales modestas y, a última hora, algún título comercialmente goloso para la industria de los Estados Unidos.
No estamos en condiciones todavía de aspirar a crear un Canarywood. Pero todo se andará.
Raquel Welch, ‘el Cuerpo’, atrajo las miradas de su época hacia la islas cuando rodó en los años 60 en el Teide (y otros paisajes naturales) ‘Hace un millón de años’, una dudosa recreación histórico-fantástica que tenía dos méritos: el de mostrarnos las curvas de la exuberante actriz en paños menores prehistóricos y la hábil simulación de espectaculares dinosaurios con la técnica artesanal del ‘stop motion’, que filmaba uno a uno a los minúsculos muñecos con la paciencia infinita de las factorías de dibujos animados a la antigua usanza.
Ese remake y la célebre cinta de John Huston en aguas grancanarias, ‘Moby Dick’, con Gregory Peck –director y protagonista desplazados a mediados del pasado siglo a Las Palmas de Gran Canaria a rodar el desquite del capitán Ahab con la ballena blanca confeccionada en los astilleros del Puerto de La Luz-, parecían haber descubierto un filón donde engendrar las grandes superproducciones de Hollywood.
Pero no fue así y debieron transcurrir más de 40 años para que la meca del cine se fijara de nuevo en Canarias y la Warner Bros reeditara otro clásico del cine mitológico, ‘Furia de titanes’, en el mismo escenario que ‘Hace un millón de años’, las Cañadas del Teide, además de Timanfaya y pueblos del interior de Tenerife (Icod, Buenavista, Guía de Isora), que vivieron su particular estrellato en contacto con los mitos del celuloide.
Salvando las distancias, la gente de Garachico se ha sentido recompensada con el rodaje de esta hilarante y trivial ‘Una hora más en Canarias’, dado el habitual anonimato de la Isla Baja y de su gloria venida a menos desde el siglo XVIII tras sepultar un volcán el puerto que monopolizaba la hegemonía económica de la isla. Una película no restablece la pujanza de una ciudad, ni agita a sus fantasmas, ni resucita a los héroes del éxito local hace siglos, pero despierta una enorme expectación. Ves de cerca a una despanpanante Angie Cepeda, que, sin ser el monumento de Raquel Welch, sugiere ojeadas de vago deseo similar. Y te ríes, como confiesan algunos extras del pueblo, con los golpes de cine de barrio y culebrón, aderezados con simpáticas coreografías que confirman el propósito de David Serrano, el director, de hacer una comedia musical con la desmesura histriónica y, a ser posible, el secreto talento de aquella entrega suya anterior, ‘El otro lado de la cama’.
Que todos los intentos no obtengan el mismo resultado, no salva ni condena a un director. Cada obra tiene su misterio. Ésta, un hallazgo sin duda menos ambicioso, devuelve, con todo, el precio de la entrada. Garantizado el buen rato que se pasa en la butaca.