Un viajero del XVIII que, de pronto, resucitara en la isla ahora mismo, en pleno siglo XXI, ahorraría esfuerzos y tendría resumido lo que busca en los museos del Cabildo. Esa es la verdadera dimensión de lo que guarda entre sus paredes la red de museos que constituye el núcleo y argumento que nos traemos entre manos: el libro. La obra que estamos presentando por algo se titula ‘Tras el cristal’; como las piezas que aborda, merece ocupar un lugar en su vitrina, es un objeto valioso, un diseño esmerado, un relato vivo sobre unos museos que viven en una isla en un momento vital, precioso libro de regalo del que no se sale indiferente. Esta es una exquisita edición bilingüe del Organismo Autónomo de Museos y Centros del Cabildo Insular de Tenerife, que preside un político científico clínicamente enamorado de su tierra, Francisco García-Talavera, capaz de catapultar los museos al infinito sin perder la calma. Este libro nos espera y nos engatusa de un modo goloso, es un señuelo evocador que nos aboca a meter las narices en cada uno de estos museos pasteles durante meses. El problema luego es encontrar el tiempo, pero una vez que hemos caído inocentemente en la trampa, no hay manera de quitarse de la cabeza la obsesión de visitar y degustar estos apetitosos museos de Tenerife. Si, como digo, este naturalista extranjero ilustrado repentinamente redivivo al que me refiero es cierto que hallaría el trabajo hecho y no tendría sino que saltar de un museo a otro para llevar a Europa las noticias que venía a recabar a las islas, cualquier lector de las páginas de este libro seductor no se perdonará no haber pisado jamás antes los museos que aquí descubre. Porque en cada uno de ellos hay siglos de erudición pateada, miles de horas de rastreo en tiempos de comunicaciones adversas, raudales de talento propio y foráneo almacenado pacientemente durante decenios y centurias. La palabra tesoro avisa de todo ese legado y de las aportaciones contemporáneas, que siguen exigiendo largos desplazamientos, porque, al fin, hemos comprendido y comprobado que nuestra historia no se agota en un solipsismo reduccionista, sino que abarca un universo mayor de islas, la Macaronesia, y un territorio contiguo del que somos anexo, el África noroccidental.
De manera que, pese al indudable éxito de 150.000 visitantes registrados el año pasado, todas las veces que hagamos publicidad de los museos de Tenerife serán pocas hasta que no haya un solo tinerfeño, y a ser posible un solo canario, que no haya dejado de entrar, al menos una vez en su vida, en todos y cada uno de ellos. O nunca sabrá lo que se pierde. Y lo que se pierde es su razón de ser.
Los museos de la Naturaleza y el Hombre, de Historia y Antropología, de la Ciencia y el Cosmos, de Documentación de Canarias y América y de Fotografía nos salen al encuentro invitándonos a entrar. Es cierto que las barreras psicológicas del usuario inexperto han ido disminuyendo, sin extinguirse del todo, pero estoy convencido de que, a poco que la sociedad se abra a los museos, y no sólo al revés, la relación será más fluida. ¿Cuántos políticos, empresarios y líderes sociales de la isla pueden afirmar que han estado alguna vez en estos museos, que los conocen por dentro y que, por tanto, ya salieron transformados de la experiencia? Ese censo desconocido nos daría muchas respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre el compromiso con la tierra y el por qué de lo que Juan Marichal, en el prólogo del Natura y Cultura, llamaba, en los años 70, la necesidad de una ‘nueva conciencia canaria’, compartiendo la idea de Unamuno de que el canario debía salir de su soñarrera para contraer una conciencia propia.
Haciendo museo al andar
La mejor vía para romper la timidez del visitante neófito de un museo qué duda cabe que es la escolar. Los niños, una vez alertados, acaban llevando a los padres de la mano a ver las momias. Pero todas las fórmulas que ya se hayan ensayado y las nuevas sean bienvenidas, con tal de llevar al ánimo del ciudadano de a pie el mundo que le espera detrás de cada una de esas puertas ‘tras el cristal’. El cine logró ese objetivo cuando se propuso intranquilizarnos resucitando a uno de nuestros monstruos favoritos, como en ‘Parque Jurásico’, anticipándose a un debate estos días entre genetistas y ya no entre cineastas sobre si devolver la vida de verdad, a imagen y semejanza del dinosaurio del recientemente fallecido Michael Crichton, esta vez a mamuts, a partir de unos cuantos pelos hallados en los hielos siberianos y mañana quién sabe si al propio hombre neandertal y, en nuestro caso, al guanche, aunque al guanche, como me corregiría García-Talavera, no haría falta resucitarlo, vive entre nosotros en los pueblos de las islas.
A poco que estimulemos nuestra curiosidad por los seres que nos precedieron, a lo largo de las edades de la Tierra y el Hombre, sentiremos la llamada de un museo. En este libro se condensan las razones para conservar intacto el afán de conversar con el pasado, como fans, que no conversos, fieles a nuestros orígenes. Resulta emotivo ver cómo nace un museo, como es el caso del de Ciencias Naturales, imaginando a los primeros excursionistas colectores de bichos y endemismos, como relata en estas páginas Rafael Arozarena, que, antes de que existiera la embrionaria sede de La Granja y ‘a años luz’ del actual emplazamiento en el antiguo Hospital Civil, recorría, con su lupa de entomólogo y varios amigos los caminos de la isla, haciendo museo con las manos. El relato de esos momentos preliminares nos informa de la grandeza de los actos más sencillos: el acto de caminar, ver y coleccionar los más simples hallazgos fruto de la excursión. El genial naturalista fetasiano describe en este libro que uno de aquellos días pidió en la biblioteca una obra de la especialidad y, para su sorpresa, alguien se le había adelantado. La intriga sobre la identidad del personaje que compartía el mismo insólito gusanillo le llevó a esperarlo en la puerta con buenas intenciones. Así se fueron conociendo, uno a uno, quienes compartían una misma secreta afición por los pequeños dinosaurios, como llama Arozarena a los insectos, amigos que adoraban obras irrepetibles, como la Historia Natural de Webb y Berthelot, un trío de biólogos amateurs de mucho cuidado que se citaba en el café Cervantes para ir a buscar mosquitos; de ahí que les llamaran de inmediato ‘los tres mosquiteros’.
En este libro, escrito a coro por una treintena de firmas a modo de capítulos sueltos como ‘Los detectives salvajes’ del novelista chileno Roberto Bolaño, vamos conociendo la misma historia desde distintos ángulos, según cada testigo que la cuenta. Así, del modus vivendi del germen de naturalistas sabemos, a través del biólogo Antonio Machado, en estas páginas, que el autor de ‘Mararía’ , “manga en mano, iba detrás de abejas y avispas”, libando versos sicalípticos, “¡Oh, leche condensera, la lechada la mejor!”; y que junto a José María Fernández, el misterioso lector contactado en la biblioteca, a Manuel Morales y al propio Machado, que ya se proveía de coleópteros, el actual presidente del Organismo Autónomo de Museos y Centros, Francisco García-Talavera, cogía conchas y piedras, y todos, sin saberlo, ponían los cimientos del actual Museo de Ciencias Naturales, que es toda una institución. No es un esfuerzo baldío volver la vista atrás, con nostalgia de creosota, como ese olor de la sustancia que protege de parásitos las cajas entomológicas, porque es la única manera de darnos cuenta de que los museos que hoy, compendiados en este hermoso libro, son motivo de orgullo para cualquier tinerfeño y canario, no cayeron del cielo como los meteoritos que custodia el Museo de Ciencias Naturales en la actualidad.
Darwin en Tenerife
El libro arranca con este episodio, al que Wolfredo Wildpret le añade el testimonio, no ya sólo del científico, sino también del gestor público que, desde el Cabildo, impulsa el traslado de Ciencias Naturales a su sede definitiva, cuando el primer domicilio de la casa corría peligro de desaparición por las obras del parque en los terrenos de La Granja Agrícola. Desde el grupo de los artífices de José María Fernández hasta hoy, pasando por las etapas de Telesforo Bravo, Juan José Bacallado y Francisco García-Talavera, se narra una vieja historia, la historia natural de las Islas Canarias, que aunque parezca exagerado, sintetiza, como dice el actual director, Lázaro Sánchez Pinto, los procesos evolutivos de carácter global, pues aquí se han sucedido como una constante los grandes cambios climáticos desde que asomaron las primeras islas, hace más de veinte millones de años. Es la historia de la extinción y supervivencia de las especies, que podemos ilustrar a nuestro modo pensando en lagartos gigantes, pero también, como aquí se apunta, en grandes tortugas terrestres, plantas sepultadas para siempre, aves no voladoras de grandes proporciones o ratas del tamaño de gatos, como sacadas de un cuento de Buzatti.
Checho Bacallado, a la vuelta de una expedición a Galápagos, nos invitó a mi hermano y a mí a escribir en el suplemento del diario El País el reportaje de aquel viaje fecundo al laboratorio de Darwin, con fotos del admirado Roberto de Armas. Ni que decir tiene que todo canario con un mínimo de información, como induce a pensar este libro, se haría siempre la misma pregunta: ¿qué habría pasado si el autor de ‘El origen de las especies’ hubiera podido desembarcar en Tenerife en enero de 1832, de no haber sido por la cuarentena ante la falsa sospecha de cólera que el cónsul ordenó al Beagle, el célebre barco de aquel viaje irrepetible? Con toda seguridad, Canarias habría compartido honores con las Galápagos y demás escalas del viaje del sabio, o se habría apropiado de todo el copy right de los descubrimientos del padre de la teoría de la evolución. Como solemos decir, Darwin se empeñó en venir a Tenerife, le picó la curiosidad desde que leyó la ‘Narrativa personal’ de Alexander von Humboldt. No tardó en averiguar todas las conexiones marítimas para llegar hasta aquí. Tenerife, comentaban sus allegados, se convirtió en seguida en la isla de sus sueños, su matraquilla, confiaba ver con sus propios ojos “las maravillas” de esta tierra, según sus palabras. Y la obsesión, como tantas veces, devino frustración y utopía: “¡Oh, desgracia!”, escribiría Darwin de aquella orden que abortó su visita cuando se disponían a largar el ancla a media milla de Santa Cruz y un barco se acercó con la mala noticia.
La casa de las musas
¿Qué es un museo? La ‘Casa de las Musas’, responde García-Talavera con ayuda de la etimología. La casa de las momias, el Arqueológico, cumple ahora 50 años. Medio siglo a contra corriente para no dejar escapar dos mil años de vivencias sobre estas tierras, el poblamiento y la convivencia entre aborígenes hasta la conquista castellana, una historia que aún hoy sigue levantando ronchas, como si el guanche no fuera patrimonio de todos, herencia colectiva y raíz última de la cultura de este pueblo sin exclusiones. Al Museo Arqueológico, desde su fundador, Luis Diego Cuscoy al actual director, Rafael González Antón, le compete una empresa llena de ingratitudes: desempolvar al guanche a sabiendas de que eso siempre trae cola. A instancias de González Antón y del director del Instituto Canario de Bioantropolgía, Conrado Rodríguez Martín, hicimos en su día lo mismo que con el viaje a las Galápagos en las páginas del suplemento de El País: un largo recuento del paisano más remoto, el guanche, en toda su viveza y momificación, a propósito del proyecto Cronos, que convocó en Tenerife a los principales expertos en momias del mundo. Entonces, constatamos la importancia del museo y, a su vez, la importancia del guanche, al que a menudo, incluso ya en la Transición, se hacía mención en voz baja. El guanche es un poderoso enigma, un personaje sugerente en el estudio de los desplazamientos humanos a este lado del ala oeste de África, y, de manera injusta, algunas autoridades y círculos elitistas siempre lo quisieron relegar, restar valor y esconder como un pariente maldito, mientras, avergonzados de sus orígenes, o sea de su pasado, abogaban con premura por afirmarse europeos, como para asirse a un clavo ardiendo y negarse en el mapa, esfuerzos que hoy causan risa, cuando África es vista como una oportunidad y no contraría en nada nuestra condición europea. Todavía en la actualidad es un tema tabú que excita sensibilidades dormidas en ámbitos políticos y periodísticos, como puso de manifiesto la polémica sobre la piedra zanata, que vivió en primera persona Rafael González Antón. Sigue siendo un misterio ese poder catalizador del guanche, que desata pasiones encontradas, no sólo entre profanos, sino también entre eruditos, entre historiadores y entre arqueólogos, y que, sin embargo, como escribe en Diario de Avisos Juan Manuel García Ramos, era ya respetado en Europa, cuando un mencey esclavo acabó sus días solo y triste en el destierro de Venecia. En ámbitos universitarios, ponerse de acuerdo dos canarios sobre el guanche es, en ocasiones, como juntar a dos cubanos, uno de Cuba y otro de Miami, y ponerlos a discutir sobre Fidel.
Pero el guanche, con todo, enamora, tanto de la mano de Viera y Clavijo como de cada vestigio de su presencia y hasta de su propia momia. El guanche enamora como una musa que necesitamos para vivir y hasta para morir como tantos antepasados, siguiendo las mismas huellas que pisaron estas tierras por primera vez. Musa a cuyo encuentro han ido generaciones de canarios al museo, y han salido como Manolo Millares espoleados. Todavía hay muchos paisanos que no conocen al guanche, que no lo han mirado a la cara, como aquéllos que cuenta Santiago Ríos en este libro que en el siglo XVIII podían hacerlo cuando el buhonero apartaba los lienzos que cubrían la carga de su carro a instancias de los más curiosos. Los fondos del museo de hoy heredan colecciones particulares de ayer, cedidas por canarios que se vieron deslumbrados por el guanche, como Hermógenes Afonso ‘Hupalupa’, Santiago de la Rosa, Mazuelas, Santiago Melián o Massanet, del que Ríos menciona el entusiasmo ante el descubrimiento en una grieta volcánica de un banot como el que me consta que tiene el presidente Ricardo Melchior en su despacho.
El intramundo guanche
Cuando uno sube al Machu Pichu comprende que el peruano sienta orgullo de sus orígenes incas, sin menoscabo de su admiración por Londres o París, como le ocurre a Vargas Llosa, pero tropìeza, a la vuelta, con las reticencias hacia nuestro prehispánico particular desde sectores de la sociedad que consideran un atavismo imperdonable, una debilidad intelectual, una majadería nostálgica sentir admiración por el guanche. De esa mala conciencia, teñida de miedo, ideología o incultura sin más, proviene el debate a estas alturas sobre el guanche, al que Juan Mazuelas confiesa en el libro sentir presente cuando deambula por las Cañadas del Teide. A falta de un consenso social sobre el tema que cierre este capítulo de nuestro pasado, el guanche permanece como mito, sin carta de naturaleza, como icono y metáfora de un romanticismo resistente. En su momento, el consejero insular Antonio López Bonillo nos propuso recrear en un documental el intramundo guanche, y así lo hicimos, contando con los hermanos Ríos, que plasmaron con creces el guión, si se quiere, sentimental que juntos escribimos acerca de una gente que nada nos impide recordar de un modo entrañable. Pero éramos ya concientes de que sobre los guanches cabe escribir en Canarias desde la validación o la refutación. Creo que por mucho tiempo no nos pondremos de acuerdo. Por algo el guanche que nos mira en la foto del libro, un cráneo de Roque Blanco, en La Orotava, tiene cara de pocos amigos, con la boca cerrada y el labio superior contraído hacia un lado como si nos guiñara un ojo o chasqueara la lengua en señal de desacuerdo.
En esta red museística, donde tres centros (Ciencias Naturales, Arqueológico y Bioantropología) conviven en el mismo inmueble, un antiguo hospital, las momias guanches son como pacientes ingresados, que conservan buena parte de su piel y tejido subcutáneo y muscular, a la espera de que les den el alta. Los utensilios que aquí se guardan como oro en paño, desde el inhalador de Ombredánne (aparato de anestesia basado en la vaporización del éter) hasta la inconfundible caja de lentes antiguas de don Corviniano Rodríguez, sugieren que en esas dependencias clínicas el guanche se recupera tras siglos en estado de coma y un día saldrá del hospital caminando con gafas puestas, como insinúan estos días quienes descifran el genoma de las especies. Algunas momias de buen aspecto permiten esa licencia, pero este libro nada informa acerca de un completo restablecimiento hospitalario del aborigen, y en todo caso no consta que aún haya merecido el indulto de la autoridad competente. El guanche sigue siendo un proscrito, pese a que a nuestro tiempo le ha entrado una fiebre de reciclaje y restauración, que, a juicio de Leoncio Afonso, en uno de los textos de este rompecabezas literario, se debe a la incertidumbre que produce el futuro, la era global y, añado de mi cosecha, también esta crisis aguda que estamos padeciendo. Como señala, hubo un estigma del siglo XX que desembocó en el manifiesto futurista de Marinetti, partidario de quemar los museos y borrar todo rastro del pasado. Visto así, en unos pocos años hemos avanzado, sin duda, en la defensa de la memoria, que, de un modo redundante pero incontestable, llamamos memoria histórica; la del guanche también lo es. Me pregunto si, cinco siglos después, no hay ninguna consideración histórica que hacer, ninguna nota aclaratoria sobre el cariz de los acontecimientos, y, asimismo, si no hay razones de sobra, ya sin sombras que valgan, para hacerle al guanche el homenaje de aprecio que se merece. Todos los pueblos se reconocen en sus ancestros, ¿por qué el nuestro no?, ¿a qué viene esa desgana, ese rubor? Dos naturalistas, quizá los últimos de su escuela y de su época, Luis Diego Cuscoy y Telesforo Bravo, pilares de este medio siglo de museos, adivino que me darían la razón, porque ellos también merecen figurar en ese homenaje de todos.
En la Casa Lercaro de la lagunera calle San Agustín y en la Casa de Carta de Valle de Guerra, sedes del Museo de Historia y Antropología, inmuebles que el recordado Adrián Alemán nos sabría situar en su justo patrimonio, se refugian los textos, los restos, los cestos y tejidos de nuestra reciente historia y las cartografías y los más antiguos ejemplares de obras clásicas, fundamentales, como ‘Le Canarien’, la crónica normanda de la primera conquista de Canarias. El museo de historia que levantó en su día Fernando Clavijo ofrece una visión didáctica y divulgativa que agradece la vista y la visita. Un museo es una atracción o el que llega da media vuelta. Fernando Estévez, el director actual, asume la contradicción contemporánea de una sociedad destradicionalizada que, sin embargo, recrea e inventa con profusión sus tradiciones, como antes dijimos respecto al cine. En el patio de piedras y balaustradas de la casa encantada de Lercaro, donde cuentan que vaga el fantasma de Catalina, la doncella que se inmoló para no casarse por obligación, me tocó moderar tertulias radiofónicas al inaugurarse el museo. La mansión respira alcurnia, como refleja en el libro Agustín Guimerá, que nos transporta hasta los albores del siglo XVII, en medio del auge del comercio de Indias, para hallar las bodegas del edificio colmadas de las barricas de malvasía y vidueño, los cordobanes de Castilla y las telas de Flandes.
Nuevas maravillas en el Universo
Un buen museo debe incentivar la investigación y formar y entretener al ave de paso que lo visita, aunque dice Alberto Galván Tudela, yendo más lejos, que también ha de incidir en la vida cotidiana de las gentes que lo frecuentan y moverlas a reflexionar sobre su identidad. Tengo poco que añadir a esta opinión, que me resulta certera. El libro concierta dos espacios que a menudo se funden y confunden, texto y fotos, palabras y mapa, molino de gofio y destiladera. Es un libro que nos va filtrando a cuentagotas, como en un bernegal, toda la información que quiere contarnos, que no es toda la que hay, sino la que conviene beber en pequeños tragos como en un vaso de agua fresca y límpida ‘tras el cristal’. Un libro transparente, escrito a muchas manos, pero cohesionado por dos coordinadores y un director de arte: Néstor Yanes Díaz, Carmen Nuria Prieto Arteaga y Domingo González Martín, a quienes quiero aquí felicitar. En el prólogo, el presidente del Cabildo, Ricardo Melchior, confiesa la vocación museística de la institución, que ha seguido abriendo salas y centros, como recientemente el Tea, haciendo de crear museos un hábito que dignifica a la institución.
Los museos son arte y parte de una manera de enfrentarse al pasado y al futuro. El de la Ciencia y el Cosmos y el de Fotografía conversan entre sí a conciencia o sin proponérselo, desde el momento en que ambos plasman en imágenes sus mayores hitos. El museo lagunero que dirige Carmen del Puerto Varela es (tomo la frase prestada de Luis Balbuena) “un edificio lleno de sorpresas”, “donde nacen las ideas”, añade Mónica Salomone. Aquí la casa de las musas adquiere su máxima expresión, está prohibido no tocar los objetos expuestos y es previsible que algún visitante sea un huésped extraterrestre al que le picara la curiosidad ver desde el cielo una antena gigante de 18 metros de diámetro, en la terraza, predispuesta a captar cualquier señal de vida en el exterior. Como dice en el libro uno de los líderes científicos más sabios y capaces que conozco, Francisco Sánchez, director del Instituto de Astrofísica de Canarias, a partir de ahora nos aguardan “nuevas maravillas del Universo” con la inminente entrada en servicio del mayor prodigio de su especie, el Gran Telescopio Canarias, a cuya puja social me sumé como siempre a favor de su sede en la Palma, campaña que todos debemos redoblar ahora para que también venga el proyecto del primer bebé de la siguiente generación, el Telescopio Extremadamente Grande, que nos disputamos con Chile, Argentina y el Antiatlas de Marruecos.
Si decíamos que los mejores embajadores de los museos son los niños que tirarán de los padres para adentrarse en estos reinos, ni que decir tiene que el de la Ciencia y el Cosmos es el museo escolar por excelencia, que estimula nuestra curiosidad infantil latente, como probaba la imagen del Príncipe Felipe absorto contemplando la caída de una bola en el módulo de un agujero negro.
No es casualidad que en los fondos del magnífico Centro de Fotografía ‘Isla de Tenerife’, que a las puertas de su vigésimo aniversario se acaba de mudar al sorprendente TEA de Herzog & De Meuron, figure, entre sus reliquias un libro del astrónomo Charles Piazzi Smyth, sobre su histórico viaje científico a Tenerife, con una veintena de fotografías que suponen las primeras vistas estereoscópicas publicadas en el mundo. En memoria del célebre Astrónomo Real de Escocia, que realizó experimentos durante un trimestre en las Cañadas del Teide, la isla se vio honrada con el nombre de los ‘Montes Tenerife’ y ‘Monte Pico’ en las montañas del Mare Imbrium de la Luna.
La hazaña del Centro de Fotografía excede el ámbito local, pues se anticipa en su atrevimiento al plácet de los museos a la foto como obra artística, algo que subraya en este libro, basándose en una experiencia personal, Juan Hidalgo, autor de ‘Flor y mujer’, la primera fotografía que incorporó a su colección el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, hace doce años. Una hazaña que confirma otro aspecto, el sentido de la continuidad, como demuestran las diez ediciones de Fotonoviembre que alcanzará en 2009. El director, Antonio Vela, que ha sabido timonear con acierto el centro a lo largo de esta travesía sabe, como apunta Carmelo Vega, que el porvenir pasa por consolidarlo, tanto en su faceta reivindicativa dentro del arte contemporáneo, como en la vertiente agitadora de debates e investigación, de talleres y becas y de gran reserva de la imagen que fomente, finalmente, un museo de la fotografía en Canarias.
En las fotos está escrita nuestra historia reciente, todo lo que ha permitido la propia historia de la foto. Buena parte de ella, la del último siglo, escapa al ámbito del texto en ocasiones. Pero a falta de fotos, cuando la cámara oscura aún no había desembocado en la cámara fotográfica, los documentos congelaron la historia de Canarias y América, que vivieron una luna de miel alentada por la hambruna. En el Centro de Documentación de Canarias y América, el benjamín de la familia, se desarrolla, cinco siglos después, un diálogo necesario de ‘culturas atlánticas’, como apunta aquí Juan Manuel García Ramos. No es un centro menor, por recién nacido, su labor ha de ser de tal envergadura, que está llamado a convertirse en un centro internacional, con respaldo de instituciones de ese ámbito, acorde con la amplitud de su campo de visión: Canarias y América, nada menos. Intuyo que muy pronto habrá de mirar a África y Europa para cerrar la tricontinentalidad de un círculo que históricamente, y hoy cada vez más, conforma nuestro radio de acción natural, entre continentes, en efecto, pero también entre islas de cada uno, como Cuba, la Macaronesia y Canary Wharf. Éste es un centro donde la palabra y la imagen nos informan de canarios aventajados como Anchieta, o que llegaron a ser santos como Pedro de Bethencourt, y de ciudades que acunaron y acuñaron los isleños como las tantas veces enumeradas Montevideo, Sao Paulo o San Antonio de Texas. El centro que coordina Javier González Antón, es un filón para Tenerife y tiene campo por delante para seguir creciendo en todas las direcciones, a donde el viento empujó a un canario, que en su maleta llevaba la ropa y acaso un kilo de gofio, y en la garganta, señala Elfidio Alonso, llevaba los aires de su tierra, como el Cojo Soria que exportó la copla de ‘Palmero sube a La Palma’, mientras otros quizá llevaban el arrorró.