domingo, 01 de agosto de 2010

// Texto de la conferencia que pronuncié este viernes 30-07-10 en el curso de verano ‘El Periodismo como interpretación de la realidad’ (Universidad Ambiental de La Palma)

A simple vista, estamos acostumbrados a dar por sentado que en los medios públicos de comunicación social (radio y televisión como prototipos de medios públicos en el Estado de las autonomías) la libertad informativa brilla por su ausencia, o, cuando menos, se le supone deficitaria en relación con la libertad que asociamos a los medios privados. Hemos hecho de este prejuicio una verdad categórica, por otra parte absolutamente infundada.

Herederos de un país cincelado en lo ideológico por una larga dictadura sin libertad informativa que se precie hasta bien extinguido el régimen, tendemos a equiparar automáticamente lo público en lo informativo con un sórdido dirigismo político, y lo privado, con un dechado de libertad con mayúsculas. Craso error.

La realidad, ese gran asunto, es un concepto periodístico que ahora mismo no merece atención, no es el objeto principal, sino la información, que es otra cosa. Este periodismo urgente de mudanza, que no sabe a qué techo atenerse, entre la casa virtual y la de papel, se ha olvidado de la realidad ajena y ha creado la suya propia, la información, el nuevo argumento de un espectáculo de masas en que se ha convertido el viejo periodismo. Por eso, el boca a boca (o boca a oreja, que suena fatal) regresa como medio de comunicación instantánea, con una altísima credibilidad de la que carece el periodismo, y su mejor versión coloquial se adueña de los foros y redes sociales como un fenómeno comunicacional libre, pero no por ello como un periodismo alternativo, como algunos prefieren, con su propio código de libertad informativa. De modo alguno. La libertad informativa está en crisis en los soportes convencionales, públicos y privados, y no ha encontrado todavía espacio y acomodo en la nueva revolución informativa que está surgiendo en Internet, a través de Google, Yahoo, You Tube, el universo de webs y blogs y la nube de redes sociales desde Facebook hasta Twitter, pasando por todas las demás que ya existen y las que en este momento están a punto de nacer.

En este punto, me pregunto, al hilo del tema que nos convoca aquí, si Internet cabe ser considerado un medio público o un medio privado a todos los efectos, o acaso otra cosa distinta, donde rige, por ahora, un engañoso nuevo modelo de libertad de información, bajo un vacío legal de responsabilidades y una falta de veracidad que, cuando menos, nos invita a dudar de todo, de la fuente, del autor y del simple dato. Y que, aún así, se nos revela como un colosal y formidable muro donde poder escribir y leer las verdades del barquero. ¿Acaso eso sea la verdadera libertad de información en las actuales circunstancias y en las futuras? ¿Debemos redefinir el concepto clásico de libertad informativa al calor de la expansión de medios como la enigmática web Wikileaks, especializada en desvelar informes secretos que comprometen a gobiernos corruptos o en guerra, como estos días sucede con la polémica revelación de 90.000 archivos sobre los ataques de EE.UU. y la OTAN en Afganistán, que contienen informaciones precisas sobre los movimientos de Bin Laden, en contra de la versión oficial acerca del desconocimiento de su paradero? Esa página, cuyo creador, el periodista australiano Julian Assange, vive a salto de mata temiendo ser detenido, secuestrado o asesinado, se atribuye la condición de gran ágora de la transparencia y la libertad informativas más extremas, y asegura haber publicado un número mayor de documentos clasificados que todo el resto de la prensa mundial. Esta web se ofrece como cauce de cualquier material confidencial anónimo (eso significa ‘leaking’, difundir información no autorizada), lo que resulta incitante, excitante y, a la vez, desconcertante: ¿es deseable y admisible ser libres a campo abierto, sin imponernos límite alguno, como bajo un techo de cristal?

Las preguntas

En la democracia, al menos en la deriva que experimenta la española, al cabo de poco más de treinta años, conceptos que sacralizamos en su día como la libertad de expresión, la pluralidad y la tolerancia han ido adquiriendo, como tantos dogmas avejentados, un significado menos idealista.

Necesitamos de nuevo hacernos preguntas elementales: ¿qué es una noticia?, ¿qué es la información?, ¿qué es el periodismo? y ¿quién el que lo ejerce y qué la libertad que invoca en el desempeño de su trabajo? Preguntas de Perogrullo para recuperar el tino, el eje del debate sobre el derecho del ciudadano a ser informado fehacientemente, y sobre la verdadera identidad de aquél que asume, sin saber muy bien por qué, la responsabilidad (ante su empresa, ante la sociedad, ante la ley y ante un abanico de principios éticos universales) de suministrarla –derecho y deber a la postre- a través de medios públicos o privados con mayor o menor libertad, como hoy tratamos de averiguar aquí. El periodista está más perdido que un pulpo en un garaje. Es un profesional que se está quedando sin profesión por el camino y ahora mismo ya no sabe quién es.

Hablar de esto en voz alta es una especie de catarsis peligrosa, que nos condena a la melancolía o, algo peor, que nos usurpa toda razón de ser, como esas regresiones de psicoterapeutas desalmados que devuelven al individuo al estado fetal y lo abandonan a su suerte. Crisis múltiple de naturaleza económica, crisis de libertad, de identidad, al menos no crisis de vocación, la que padece este antiguo, inclasificable oficio de periodista, al que me abracé como tantos un buen día con instinto natural de náufrago y superviviente hasta el día de hoy. Cerca de cuarenta años de hábito sí hacen, necesariamente, al monje.

Ese día que, siendo un confortable empleado de banca, pluriempleado hasta el cierre en un diario local y estirando las horas para cubrir las corresponsalías de Triunfo, Diario de Barcelona y finalmente El País, decidí con mi hermano, cómplice en la aventura, dejar el empleo seguro, como se decía antes, el sueldo casi vitalicio y aquel horario laboral civilizado de 8 a 3, uní mi destino a un oficio inestable, mal pagado y, no obstante, enriquecedor. ¿Se lo recomendaría a un hijo? Pregunta difícil donde las haya.

Es falso que la libertad informativa esté reñida por definición con el carácter público del medio. Es tan incierto como pensar que su mayor garantía es la titularidad privada de la empresa periodística. Ni lo uno ni lo otro. La libertad informativa, en sentido estricto, no existe ni puede existir en la práctica, salvo como dogma moral, que se da de narices con la famosa línea editorial del medio en cuestión.

Existen las hermandades menores de una libertad que hemos ido devaluando entre todos. Uno de los vicios más arraigados es la figura del tertuliano político que encarna, en parte, la condición de lo segundo más que de lo primero, y que desde esa atrofia imparte doctrina en cuantos asuntos aborda, simulando ser un periodista, pero ejerciendo de hecho como un consumado político de partido. Este doble juego es fácilmente detectable tanto en medios públicos como privados.

La línea editorial

Conviene no ignorar que en los medios públicos, el periodista orilla como puede las servidumbres sobreentendidas o impuestas desde alguna instancia superior para no pisar algunos callos del poder. El famoso dirigismo político del telediario al que haría caso omiso el profesional. El periodista no es tonto, sabe qué terreno pisa –movedizo por sistema- y hace su trabajo con el mayor rigor y acierto de que es capaz. Si alguna vez le llama el jefe y le recrimina cierta información, pone cara de no saber, no contestar, y disimula la travesura.

Curiosamente, en líneas generales, en los medios públicos suele haber más escrúpulos a la hora de vetar, censurar, discriminar y trocear informaciones inconvenientes. En los medios privados, son la ley del mercado pura y dura, en primera instancia (el anunciante, en otras palabras), y a su costado, lo que llamamos la línea editorial, cuando no el simple capricho del propietario del medio y las filias y fobias personales de su director-a, redactor-a jefe y jefe o jefa de sección los condicionantes más claros de la libertad informativa. Esta sórdida relación de poder entre el periodista y la empresa periodística, y entre el primero y la jerarquizada cadena de mando, con su escala de valores impregnada de la tendencia del medio y los afectos y desafectos personales, arroja un panorama desalentador sobre los márgenes de libertad reales para informar sin cortapisas, sin injerencias, sin miedos.

El miedo al medio, a la empresa, a perder el trabajo, es el principal obstáculo a la libertad informativa en la crisis actual. En otros tiempos, en este país, era el miedo a ir a la cárcel el que disuadía de publicar algunas verdades en un periódico o decirlas por una emisora de radio (hasta el decreto de libertad informativa en las emisoras, el 3 de octubre de 1977), o simplemente delante de un grupo de personas que pudieran ir con el cuento a la comisaría más próxima. Ahora es el miedo laboral. Es la precariedad del empleo a causa de una crisis aguda que está suponiendo enormes pérdidas a unos medios que soportan una brusca caída publicitaria y asisten en pelotas a un cambio obligado de modelo de negocio ante el progreso del periodismo digital, auténtico depredador comercial de la industria. El nuevo contexto aboca al sector a un reajuste permanente de plantilla muy severo, con despidos en cascada y la amenaza de no tener fin, y esa espada de Damocles constituye la última y más eficaz versión de la anacrónica censura que creíamos abolida. ¿Qué periodista se atreve a desobedecer las instrucciones del patrono, que aguarda la primera excusa para ponerlo de patitas en la calle?

El mundo de la comunicación es un gran teatro abarrotado con unos pocos actores en escena, que han salvado el pellejo. El falso público representa a los profesionales en paro, y los actores son aquellos privilegiados que conservan el empleo y, por tanto el papel, en el montaje. Unos y otros se observan a puerta cerrada en una especie de agónico ensayo general lleno de dramatismo. Si un actor causa baja, se cae del cartel, sube inmediatamente alguien del público a reemplazarle. Hay muchos periodistas en la reserva, en el limbo del paro, esperando una oportunidad en la butaca para saltar a escena. Se abren las puertas, entra el público de verdad, y se retira el de mentiras, pero también desaparecen los actores. Se abre el telón y desciende la pantalla de un gigantesco iPhone, cada espectador influirá en el espectáculo desde su butaca con un terminal en la mano.

Monstruos en la arcadia insular

La crisis económica y la evolución tecnológica están provocando cambios vertiginosos. Como primera consecuencia, han llevado a la bolsa de desempleo a miles de profesionales, y a aquellos otros supervivientes en activo les han arrancado las alas de cuajo, y, una vez amputados, los han dejado sin opción, sin libertad informativa, sin la vieja arrogancia del periodista enfant terrible que ejercía una indiscutible influencia social. Ser periodista era ser muy influyente desde la II Guerra Mundial, en que el poder lo asumió la opinión pública. Los periodistas han sido el cuarto poder, hambrientos de escalar peldaños hasta el primero. En nuestra arcadia insular lo sabemos bien, hemos visto proliferar por generación espontánea a ciertos ‘monstruos’ mediáticos, una suerte de parlanchines matoniles que, a tanto la pieza, perdonaban la vida a unos o sacaban el cuero a otros con sus garras de lobos feroces: bien a políticos, o a empresarios o, inclusive, a periodistas, pervirtiendo así la realidad (la suya, la opinión publicada) según el precio puesto a cada cabeza. Esa ley de la selva ha regido en este país en los años de bonanza, en que bancos, constructores, magnates y mangantes montaron medios para hacer sus guerras sucias ex profeso. Un periodismo basura que ha sido pendenciero, rentable, rastrero y muy temible, bajo un manto de silencio oprobioso, como si de una etapa negra de pederastia informativa se tratara que, con la llegada de las vacas flacas, comienza a destaparse sacando al aire sus vergüenzas y abusos. Pero nada invalidó hasta entonces (y aún hoy por desgracia se prolonga el malentendido), un hecho verdaderamente repudiable bajo el estado de confusión e intrusismo que afecta a este oficio: la vitola de adalides de la libertad informativa, en sus privados medios tan privados de serlo, de toda una legión de atorrantes haciéndose pasar por voces independientes que difamaban a discreción mientras ponían la mano boca arriba para cobrar su impuesto revolucionario por callarse. Periodistas infumables, mayormente de radios alegales, teles locales y portales digitales gansteriles que no merecen llevar el nombre de esta profesión, sino el de “embusteros” e “infames”, en el concepto de Marmontel sobre la verdad en el trato de la vida, la palabra, la sinceridad y el mentiroso que abusa de la fe pública.

Hoy el escenario, como hemos visto, es otro. Es el de un sector en ruinas, el de las deudas de Mediapro y los cierres de diarios y emisoras, un sector que se resiste a que el Gobierno le prohíba los anuncios clasificados de prostitución, porque es una de las pocas fuentes míseras de ingreso que la crisis no ha logrado devorar. Un sector que ha perdido gran parte del poder de influencia con la expansión de las redes sociales en Internet (Facebook, Twitter, Tuenti…) y el auge de Google, con todas sus contraindicaciones, o la inevitable tendencia hacia ediciones digitales abocadas a tasarse a un precio determinado, como el mismísimo New York Times anuncia ya para 2011. Un sector que se multiplica en la bloggosfera y se adelgaza en los quioscos. Que sufre una crisis de independencia e imparcialidad generalizada. Que olvida cuando no le queda más remedio, uno a uno, los siete principios esenciales de todo código ético exigible, según la subdivisión de Alanen y Nordenstreng: la objetividad y la veracidad, entre los primeros. Este sector, la industria de la comunicación, cuenta con una mano de obra atada de pies y manos que pulsa las teclas del ordenador con un lapicero en la boca. ¿Está en condiciones ese periodista maniatado, en la cuerda floja, con el sueldo y puesto de trabajo en capilla, de enarbolar la cláusula de conciencia, reivindicar la libertad informativa, el artículo 20 de la Constitución, la Conferencia de Ginebra del 48 y la Declaración de la Unesco del 78? No.

Ética del cirujano, lógica del gerente

La libertad informativa es una estupenda quimera en los medios convencionales. ¿Se aloja, acaso, por entero de unos años a esta parte, en la esfera virtual, en el nuevo orden informativo que rige en el ciberespacio? Soy incapaz de asegurarlo, ante la versión agravada de un viejo conflicto de la información entre la libertad y la intimidad, con intereses contrapuestos. En el libro-ensayo que dedicamos a Iñaki Gabilondo, ‘Ciudadano en Gran Vía’, el veterano comunicador, uno de los faros de este oficio en el mundo hispanohablante, nos sugería como tabla de salvación de la profesión periodística en el futuro la prescripción de un código deontológico, a ser posible universal, como cada 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa, se suscita bajo las siglas CIEP (Código Internacional de Ética Periodística), un remedio de botica para seguir tirando contra los megamedios multimedias de la era global de la comunicación. Sólo con dosis de ética saldremos adelante, avisa Gabilondo: con la ‘ética del cirujano’, que se lava las manos antes de operar sea en un hospital público o privado, una ética de límites a la libertad de expresión, y frente a la ‘lógica del gerente’, que, amparado en la ingenua defensa numantina de una libertad de información sin restricciones, se lleva el ascua a su sardina fomentando un periodismo basura de lo más deleznable y exitoso en términos de audiencia y facturación. Tampoco la ética informativa existe como credo sagrado a fecha de hoy. No es algo que esté a flote. Como los viejos tesoros de los saqueos de piratería, duerme junto a la objetividad y la verdad misma el sueño del naufragio entre los restos de algún galeón hundido.

El periodismo que yo conocí en los años 60 y primera mitad de los 70, que tenía en un altar la libertad de expresión por entonces prohibida, ha derivado en un espectáculo, como sostenía Ryszard Kapucinski. La información importa más que la verdad y, por tanto, se fabrica, porque sin ella no habría espectáculo. Hemos dejado, incluso, de llamar a esto amarillismo. Ni siquiera el Gran Hermano televisivo es ya el referente vituperable de ese concepto de show mediático que domina la telerrealidad, dado que la realidad no existe por el momento. Internet, con sus infinitos anillos de Moebius, sus falsas paradojas y su universo vastísimo y evanescente, ha terminado por crear un nuevo campo de interpretación de los hechos, donde lo que sucede afuera no importa en términos hermenéuticos; sí, en cambio, lo que entre todos forjamos dentro de nuestra red. Si Mcluhan, padre de la idea de aldea global, levantara la cabeza vería la magnitud casi mitológica que ha alcanzado un evento social de las dimensiones de Internet, información cálida donde las haya, y hasta qué punto el medio es el mensaje.

Función y defunción

El periodista, como fedatario, antes en el centro del espectáculo de la información, pública o privada, ha pasado a un segundo plano. El espectador, desde su terminal suple al actor y se adueña completamente del espectáculo. Los 500 millones de usuarios de Facebook miran con desdén al periodista, como si fuera un fósil. La llamada dictadura de la audiencia ya lo había menospreciado antes, desplazado por una oleada de comunicadores fraudulentos de la era del famoseo que reinventaron el mensaje y pisotearon el medio. El nuevo mito de la información es la fama, todos quieren ser famosos, ídolos al mismo tiempo, y la única información válida es darse a conocer.

De nuevo las preguntas primarias exigen ser reformuladas y acaso redefinidas. ¿Qué es una noticia? ¿A qué llamamos información? ¿Tiene sentido aún el secreto profesional en la era de Internet? ¿Y la cláusula de conciencia en qué lugar se esconde en la redacción bajo el aviso de despido?

Hacer esta reflexión crítica sobre el papel del periodista en nuestra treintañera democracia tiene los riesgos ya descritos. Confesarnos conduce a verificar la función, disfunción y hasta defunción de este viejo oficio. Quedan los ilusos anhelos de que todo cambie a mejor, como el “murmullo de las magnas labores”, del verso de Keats. Todavía quedan periodistas de antes metidos a periodistas de hoy, que salen de safari a buscar la noticia en la calle y a contarla por la radio, la prensa, la televisión o el blog de cada cual. Así hice en medio del terremoto de Perú, en agosto de 2007. Había noticia. Aquella sí era la cruda realidad. Todos los protagonistas tenían en común que eran desconocidos. Una realidad sin famosos esa vez. En medio del caos y el anonimato, una voz dijo describiendo lo que pasó: “La casa parecía un caballo loco”. Una voz del pueblo que encabeza desde entonces las entradas de Google sobre el terremoto de Perú. La fama al revés.

Los periódicos no van a desaparecer, nos tranquiliza Jeremy Tunstall, que asigna cierto grado de supervivencia como medios influyentes a las principales cabeceras de un país, pese a su declive industrial. Y esto, al menos, nos consuela a los más nostálgicos de la letra impresa. Le hice esa misma pregunta a Hans Magnus Enzensberger, el lúcido poeta y ensayista alemán, y me dio igualmente ánimos: “La prensa no morirá nunca porque es el mejor vicio que conocemos para desayunar en familia sintiendo que tocas la vida con las manos”. Pero el periódico sensacionalista de tirada masiva, de la era Murdoch o Maxwell –que murió ahogado sospechosamente en aguas canarias-, sí tiene los días contados en el fondo de este mar de dudas, porque para eso ya está Internet.

El otro día entrevisté en Radio Club a la presidenta del PP tinerfeño, Cristina Tavío, sobre un affaire de facturas irregulares en los gastos del ayuntamiento de la capital, y le molestó que insistiera en el tema más de lo que ella hubiera preferido, se puso seria, agitó las manos y me reprochó “querer hacer un Bill Gates del escándalo”. Hoy no te perdonan un gazapo en antena, al minuto siguiente estás colgado en You Tube. Y así sucedió, la pifia dio pie a numerosas visitas en la célebre web. El freakismo periodístico ya no tiene sitio en la prensa de papel. Y en su defecto, recala en la televisión, como el insano proceso al ejercicio profesional de la periodista Sara Carbonero en el último Mundial de Fútbol, que vimos retransmitido en todos sus detalles a través de Telecinco, desde el ángulo de la reportera junto a su novio, bajo los palos, su lugar de trabajo, hasta el éxtasis del beso desenfadado delante de las cámaras el día del éxito final. La noticia rosa, amarilla y de ojos verdes es la mercancía del zoco audiovisual y digital. Ahí la libertad informativa importa un pimiento, en beneficio de la información teledirigida en caliente. Periodismo hormonal. 'Púbico' o privado.

Comentarios
lunes, 30 de abril de 2012 - 4:18
Puffff una hora escribiendo la resupesta y se me borra. Perdon por colarme en el post.Super resumido: Si tu eliges la acepcion que mas te interesa, yo tambien. Si hay algo inherente al ser humano es la dignidad. No. Lo unico inherente al ser humano es la estupidez:digno, na.(Del lat. dignus).1. adj. Merecedor de algo.2. adj. Correspondiente, proporcionado al me9rito y condicif3n de alguien o algo.3. adj. Que tiene dignidad o se comporta con ella.4. adj. Dicho de una cosa: Que puede aceptarse o usarse sin desdoro. Salario digno. Vivienda digna.5. adj. De calidad aceptable. Una novela muy digna.Un humano, un toro o un bote de tomate frito pueden ser dignisimos. ha creado el Ser Humano hay una me1s que sutil diferencia. Si, cierto, una muy sutil. Si los criadores no cruzan toritos bfexistirian hoy los toros de lidia? bfexistirian las vacas de granja? bfexistirian los perros pastor aleman?bfEvolutivamente que9 e9xito por si solos hubieran tenido estos animales en nuestros campos? Te recomiendo que revises la historia de estos animales y te plantees si por ellos solos hubieran podido existir.Tu y yo sabemos la diferencia entre sacar leche de una ubre y sacar sangre de una banderilla y recrearse en ello. Es mas, en psicologia clinica eso tiene un nombre. bf Los toros tienen daf1o moral, y se resignan ? Pues muy probablemente si, pero solo se de esto de las clases de socioligia de la universidad, asi que no lo puedo afirmar. Los cientificos ya tienen claro que los primates sed tienen moral, tienen una estructura social, unos valores que transmiten a sus hijos, etc Al toro afan no han tenido tiempo de estudiarlo tanto como a los primates, y no creo que lo hagan, no vaya a ser que convezcan a alguien de que si que sufren y toreros y demas trabajadores se tengan que apuntar al paro.Me da la impresion de que en general se piensa que el ser humano pertenece a otro reino diferente del resto de los animales y no, somos mamiferos, algo mas listos, pero no somos dioses, no somos mas valiosos que otros animales, solo somos un puf1ado de celulas como las de cualquier mosquito. Piensa que si la especie humana se extinguiese maf1ana no pasaria nada, nadie nos echaria de menos. bfTe consideras mejor que un toro? Bien, para demostrar tu superioridad juega en su campo, con sus armas. Desnudate y metete en una dehesa e intenta torear al toro. Sin capote, sin espada, sin burladero. no podemos humanizar todo lo animado Supongo que te refieres a otros animales. bfNo humanizar da derecho a torturar? Ah, segun tu logica la tortura solo se aplica a los humanos. Los toros no sufren cuando mueren. Ya, claro, que te lo ha dicho a ti mama toro, bfverdad? Un minimo de seriedad, hombre.No te escudes en el matar o no matar, si ese fuera el debate estariamos hablando de otra cosa. El debate es torturar o no torturar, o lo que es peor, disfrutar y pagar para ver como otros torturan. no responde a estedmulos visuales ( como el color rojo ), . Falso, el toro tampoco responde al color rojo, responde al movimiento cuando se siente amenazado. La cuestif3n es bfpor que9 no se puede poner fin a la vida de un toro en especte1culo taurino? En espaf1a se puede, es legal, pero es solo para una minoria de personas que aun retiene los instintos de cazador del ser humano. El resto hemos seguido nuestra evolucion.No se, a veces creo que tanto unos como otros queremos mantener una posicion aunque por dentro sepamos que no llevamos razon. Sere1 otro rasgo de los humanos.
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