jueves, 29 de julio de 2010

Los socialistas catalanes le han metido más de un cuerno a sus homólogos españoles; ya en tiempos de Maragall estuvieron tentados de romper relaciones de franquicia a empresa matriz, y con el tetrarca Montilla –el primer presidente catalán que ha logrado dirigirse en la Cámara Alta a los senadores españoles mediante traductor- las ‘espadas’ permanecen en alto. “Me toca las narices que se reitere tantas veces la unidad de España”, decía recientemente como si en lugar de Montilla se llamara Carod Rovira o Artur Mas.

La prohibición expresa de los toros a partir de 2012 es la respuesta al empapelado rojo y gualdo aquel día de 2010 de la Copa del Mundo. Ya está bien. El toro es el chivo expiatorio de ese baño de españolía que paralizó Cataluña como el resto del Estado de las autonomías en una jornada clave de crisis de identidad ‘nacional’, con permiso del TC.

Esto es el ‘Kósovo taurino’ (la tilde con intención). Cataluña no perdona la sentencia del Constitucional sobre el Estatut. Es la nación prohibida que prohíbe los toros, que representan a la nación española. ‘Arde el mar’, diría Gimferrer, que califica la abolición de una “grave agresión cultural”. No le faltan adhesiones históricas a la lidia, desde Hemingway y Ava Gadner a Vargas Llosa y Botero. Porque de citar a otra actriz, le tocaría el turno a Brigitte Bardot, activa opositora de los toros y defensora insobornable de los animales y algunas personas, supongo. Pues, una vez prohibido matar al toro, no estaría de más que alguien pidiera prohibir al toro matar al torero. Una cosa por la otra.

Es que, dicho todo lo anterior sobre la ceremonia cuestionada, hasta incluir el descabello, resulta que la tauromaquia forma parte del patrimonio cultural colectivo español, casi hasta el extremo, como decía Ortega, de hacer inexplicable la historia del país si exceptuamos la lidia. O sea, que tendrían razón de modo escalofriante quienes mitifican la ‘fiesta’ aferrándose, como Lorca (“la fiesta más culta que hay en el mundo”), aun fanáticamente, al sentido profundo de la sangre derramada por el toro como el ritual que justifica la identidad de un país visceral, “dramático” dijo una vez Ringo Starr tras ver una corrida en Tenerife, hasta el punto de besar la muerte y pasear con los labios manchados de rojo bajo un traje de luces.

Pero, claro, si a la imagen de José Tomás, corneado en el muslo izquierdo por el quinto toro en Aguascalientes (México) y vivo de milagro, se le une la foto que dio la vuelta al mundo con el pitón de un toro jabonero y noblote asomándole al diestro Aparicio por la boca como un colmillo exagerado del Conde Drácula Bela Lugosi, cuesta salir en defensa de la tradición sangrienta de un país que, por algo, ya describía Estrabón como piel de toro.

A Pamela Anderson se le ocurrió, en un programa de televisión en EE.UU., bailar un pasodoble con retintín para sumarse a la cruzada antitaurina. En Canarias no hicimos tanto ruido, ni tanta poesía. Prohibiéronse los toros y santas pascuas. Hasta hoy en que la Copa del Mundo, por cierto, anda por las islas de gira, mientras en Cataluña, veinte años después, se declara non grato al toreo, devolviéndole a España la moneda del Mundial, como si de una espina o banderilla clavada se tratara por llenar los paísos de banderas rojigualdas tras negarle el derecho a llamarse ‘nación’.

Comentarios
sábado, 31 de julio de 2010 - 14:20
He leído en la prensa que la ley canaria no prohíbe específicamente los toros, sino el maltrato de animales es festejos, lo cuál es verdad que quiere decir lo mismo. Sin embargo, me ha llamado la atención que el que era presidente canario entonces, Lorenzo Olarte, diga que la ley no toca a los toros y en cambio el promotor de la idea, Miguel Cabrera, asegure que sí. ¿No le parece que el tema merece una aclaración oficial?
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