El adelgazamiento impulsivo de la Administración puede derivar en una manía. Un tic. Y un farol. A los políticos les ha entrado la manía de recortar cargos públicos sin reparar en mayores connotaciones (una suerte de fumigación indiscriminada de segundos y terceros escalones del aparato de Estado). Y, en el peor de los casos, son ahorros estéticos, de diseño. Y de poca monta: el chocolate del loro.
A mi juicio, la supresión de las secretarías de Estado de Turismo e Iberoamérica, decretadas por el Gobierno de Zapatero en el último consejo de ministros, pertenece a este género de dieta fraudulenta del sobrepeso presupuestario de la Administración.
Quitar la de Turismo, en este preciso momento de apuesta por la recuperación de un sector crucial que padecía una severa pérdida de visitantes, es una señal que desalienta en una economía dependiente de la industria del sol. Joan Mesquida, devaluado a secretario general, no es el problema, sino el gesto de renuncia, el pañuelo blanco en el frente de la competencia turística con otros países que supone este patinazo con tufo de improvisación. La política es imagen, y la economía más. Es una medida, política y económicamente, de mal gusto. Un error de cálculo en tiempos donde está prohibido equivocarse estúpidamente.
En cuanto a la secretaría de Estado de Iberoamérica (a Canarias, aunque pasemos veinte años en Europa, América nos sigue tocando de cerca), primero a España se le llena la boca de americanismo y se erige en embajadora sentimental de la otra orilla en la UE; preside cumbres iberoamericanas como gran pachamama de un mundo que conquistó, colonizó y tras doscientos años de independencia tiene la suerte de conservar como aliado. Cede en la pelea por el supertelescopio a favor de Chile (en contra de la Palma, ahí queda grabado a fuego) para que las empresas españolas obtengan más facilidades de penetración. Estrecha los lazos con Hugo Chávez (Venezuela) y Raúl Castro (Cuba), se moja en la liberación de presos políticos cubanos, desiste de proteger el plátano para rebajar los aranceles del banano que entra en Europa, y con este deshielo firma acuerdos inéditos en la cumbre con América Latina como colofón de su presidencia europea. Pero ahora, una vez reunidos todos esos méritos curriculares para darse postín, va y elimina torpemente la secretaría de Estado creada en 2006 para estrechar lazos con Iberoamérica y la fusiona con la de Exteriores como si por sí sola no tuviera sentido. Para atrás, como los cangrejos.
La polémica entre Paulino Rivero (ratificado el sábado por CC como candidato a la reeleción) y José Manuel Soria a causa de la política reduccionista de lo público enlaza con este nuevo síndrome del adelgazamiento administrativo. El presidente canario reprocha a los populares la obsesión por jibarizar el aparato de Estado por sistema, aprovechando el Pisuerga de la crisis, con la consecuencia perversa de acabar privatizando cada empresa pública objeto de disolución.
El debate sobre el futuro de lo que llamamos Estado como garantía del Estado del bienestar (Paulino Rivero alude a la defensa de la justicia social frente a una anorexia de lo público) y del Estado como garantía de políticas estratégicas (Turismo, Iberoamérica) no ha hecho sino empezar. Esta crisis no va a ser corta, así que tenemos tiempo para aclararnos entre nosotros sobre lo que es un ajuste (contra el déficit) y lo que es un desajuste (contra el sentido común).