Los niños de Puno (Perú) mueren de frío y olvido, entre la impotencia de las autoridades en un país que crece por encima de la media del continente, y una indiferencia crónica por el simple hecho de que, cada año, el severo invierno, el ‘friaje’ de las zonas altoandinas, suele cobrarse vidas infantiles víctimas de una neumonía convertida en epidemia mortal. Pero este año las cifras de víctimas se han disparado. Y el drama no figura en la agenda oficial del país, es un asunto oprobioso que apenas trasciende oculto entre las cumbres más agrestes de un Perú que se levanta, pero mira de soslayo a sus habitantes más pobres.
Los niños de Puno necesitan mantas para combatir las heladas que congelan los riachuelos y malogran los pastizales que alimentan las alpacas, las otras víctimas directas de la ola de frío más agresiva que se recuerda. Es una región donde los niños muestran rostros rojizos cuarteados por el frío, como a punto de sangrar. Niños, además, desnutridos, que desayunan una dieta indefectible de mate de hierba y millo tostado y almuerzan con los padres la misma letanía: papas sancochadas, chuño y fracciones de carne. Niños indefensos ante el azote de los bruscos descensos de las temperaturas.
Hasta el momento, unos 42 menores han causado baja. Pero los cálculos extraoficiales elevan a más de un centenar la cifra posible de damnificados por ahora. ‘Frío, asesino de los Andes’, titulaba el diario La República cuando esta catástrofe adquiría ya en 2008 un índice de siniestralidad elevado, pero inferior al de esta ocasión. Movilizándose contra la desinformación, vecinos del distrito limeño de Barranco promueven estos días una campaña para llevar frazadas a las familias de la sierra del sur peruana y a sus hijos condenados a morir de enfermedades respìratorias. Se cuentan por centenares y miles los pequeños afectados de bronconeumonía. Andan sin calzado resistente por el suelo helado de las montañas, valiéndose de simples ojotas, según los hábitos más antiguos, y comienzan sintiéndose agripados. Las madres, lejos de las postas médicas, suelen darles mate para la tos, hasta que los niños arden en fiebre y no tienen otro remedio que llevarlos al nosocomio y rezar para que sobrevivan. Una vez de vuelta a casa, recaen con facilidad. ¿Cómo duermen? En chozas de piedra, con techos de paja, pegados unos con otros para agenciarse un poco de calor corporal. En Puno dicen que “el frío duele” y los niños se despiertan de noche llorando porque se ahogan.
Es un drama que se registra a 22 grados bajo cero. En esta región de la provincia de El Collao no hace frío todo el año, como en Alaska, donde por esa razón los niños no padecen neumonía. A 389 kilómetros de Machu Picchu, principal atractivo turístico del país, en Cuzco, se está desatando esta tragedia humana silenciosa, que se escapa de las manos a las autoridades, tratando de enfrentarla sin mucha publicidad. No es una buena postal de promoción.
¿Es razonable a estas alturas del siglo que los niños de esta región gueto del planeta, encasillados en las entrañas de los Andes que rozan el cielo, a cerca de 4.000 metros, junto al célebre lago Titicaca que los turistas con tiempo favorable no dejan de visitar, estén muriendo como moscas por falta de abrigo?
Esta tragedia nos interpela a los canarios, no tan conocedores como debiéramos de los lazos que nos unen con Puno. Nada menos que la misma patrona, la Virgen de Candelaria, que en la primera quincena de febrero moviliza a miles de bailarines y músicos en las danzas nativas y las danzas con trajes de luces, una de las festividades más importantes de América por sus dimensiones religiosas, artísticas y culturales de las comunidades quechuas, aymaras y mestizas del altiplano. La Virgen de Candelaria, patrona de varias ciudades del Nuevo Mundo, como Medellín y Cartagena de Indias (Colombia), Mayagüez (Puerto Rico) o Puno (Perú), fue llevada a América desde Canarias tras la Conquista.
Pero, no sólo con rezarle a la Virgen de Candelaria, por los niños de Puno para calmar nuestra conciencia, basta, ni agota todo aquello que podemos y sabemos hacer además de un modo eficiente.