lunes, 19 de julio de 2010

La influencia de la prensa en la proliferación de casos de violencia doméstica (un auténtico martirio del siglo de los derechos y la igualdad) está ahora mismo depositado como un debate abierto en dos sobre la mesa. Este mes de julio negro de víctimas mortales exige no ya sólo una reflexión, sino un posicionamiento desde la política, desde los medios de comunicación y desde los colectivos afectados. La consejera de Bienestar Social, Inés Rojas, alerta sobre el peligro de que las cosas se estén haciendo mal desde el punto de vista informativo, ante la sospecha de que la difusión detallada de los casos produce un efecto de imitación y multiplica la siniestralidad en los períodos en que el fenómeno se convierte en noticia.

Frente a los círculos feministas más militantes, que defienden una completa transparencia mediática, por considerar un logro, precisamente, la visibilidad social alcanzada por esta modalidad de terrorismo silenciado hasta hace poco más de una década, existe un núcleo de opinión que aboga por regular el tratamiento de la información de este ‘género’ mediante un pacto no escrito o un protocolo explícito acordado por las partes. Se pone de ejemplo, la autocensura voluntaria de muchos diarios y medios audiovisuales ante los casos de suicidios, por temor a estimular los mismos al calor de las rachas de la información.

El drama del Hospital Dr. Negrín del enfermero que presuntamente envenena a la enfermera, marido y mujer, es digna de la crónica negra más sofisticada. El presunto autor de la muerte, ya detenido, obró de un modo novelesco, siguiendo los pasos de Agatha Christie y de la KGB: mató con talio, el temible tóxico que quitó la vida, por simple contacto, del espía ruso Litvinenko. en Londres, un atentado que despertó interés en todo el mundo y consolida toda una literatura dispersa en libros erigidos en best sellers. El talio era antiguamente la golosina de las ratas y, por lo que se ve, se ha puesto de moda, a raíz de casos como el citado y de las especulaciones sobre su implicación en el rostro desfigurado del expresidente ucraniano, Victor Yuschenko. Si se confirman las peores conjeturas sobre el modus operandi del asesino en este caso, estaríamos ante una de esas horribles maquinaciones humanas para destruir a sus semejantes que tanto trabajo nos cuesta aceptar cada vez que nos topamos con monstruosidades a cual más sórdida.

Matar a la mujer y tirarse por la ventana, suceso registrado esta pasada semana en El Mayorazgo (La Orotava), debilita toda hipótesis sobre el comportamiento racional de un ser humano. El presunto autor del crimen, cincuentón, supuestamente arrebata la vida a su pareja y luego, aparentemente, decide suicidarse arrojándose desde su casa en un tercer piso. Él sobrevivió, ella no.

La llamada ley contra la violencia de género no es (ninguna ley lo es) la panacea para esta plaga que llamamos violencia doméstica o violencia de género. Pero la norma merece algunas revisiones, que la ayuden a ser más eficaz al menos en los casos en los que se enciende a tiempo la alarma y a ser menos injusta a los ojos de los hombres (la mayoría, ciudadanos de acreditado civismo), de cuya cooperación depende, en buena parte, el éxito de toda acción de la ley. Una futura ley hecha no contra los hombres por sistema, sino contra el crimen sería deseable.

Canarias es una de las comunidades que más denuncia casos de violencia contra las mujeres. El problema nos afecta de un modo estrepitoso. Y no puede cronificarse como uno de tantos fracasos de la sociedad, de los gobiernos y de los jueces. A todos compete coger este toro por los cuernos en una alianza de la civilización contra seres incivilizados. Leyes que erradiquen el mal y eduquen contra la lacra desde los cimientos escolares de una nueva sociedad que aspira a renovarse y a enterrar sus demonios. No se combate en esta guerra con armas de munición seudointeligente para asesinos previsibles cuando en realidad actúan a traición: ésa es una batalla perdida de antemano, porque el disparo está condenado a errar una y mil veces.

En cambio, es clamoroso el desierto de ideas sensatas y no sexistas en sentido excluyente, de aprendizajes adquiridos en experiencias ajenas de otras latitudes, de planes de prevención en el ámbito vecinal (para otros delitos fue útil en su día la figura del guindilla de barrio, por elemental que parezca), de terapias grupales en colectivos de riesgo, de talleres y escuelas de convivencia en positivo, frente al facilismo de estrategias de confrontación que se revelan incapaces.

Siguen muriendo mujeres de un modo indiscriminado. Para esta clase de atentados, el Estado carece de la eficacia que sí demuestra frente al terrorismo convencional. Y tenemos derecho a preguntarnos por qué. ¿Cuál ha sido la torpeza?

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