No fue un camino de rosas. España ganó el Mundial ante una Holanda que sustituyó la belleza plástica de los campos de tulipanes por las tarascadas de Van Bommel y cia en un campo de fútbol. Contra su historia, España se armó de valor (esos valores –balones- y principios a los que apela Vicente del Bosque, en una versión inesperada de valdanismo y exégesis política de la gesta de sus héroes) y venció sus propios miedos, ignoró sus fantasmas y terminó imponiéndose, con la misma austeridad goleadora de toda la competición, por la mínima.
El gol de Iniesta a Holanda este 11 de julio de 2010 (el gol histórico por excelencia de un país pobre futbolísticamente hasta ahora) fue justo premio al mejor fútbol, el de la selección que quería parecerse a ella misma pese al juego sucio del rival. Holanda, sin embargo, no tuvo inconveniente en mostrarse irreconocible en bastantes pasajes del partido más importante del mundo, el que suscitaba mayor expectación y el que, por tanto, daba o quitaba, no sólo la copa, sino también el prestigio, el cachet, la filosofía, el sello, la imagen y la hegemonía.
Visto lo visto, ayer España salió de un profundo pozo de amargura atávica, en el que se había hundido por sus constantes deméritos y fracasos. El país de la fuga de cerebros se reivindicó como un nuevo país de talentos juntos. No era cualquier partido ni cualquier momento. Era el partido de la consagración en la peor crisis económica global que se recuerda. Subirá algo el PIB de España, pero lo que va a subir, sin lugar a dudas, es su reconocimiento, su consideración en el mundo, su ejemplo de superación desde abajo. En la actual circunstancia, es como decir al resto de naciones que ése es el único modo de salir de la crisis económica: desde abajo, con ‘buen pie’, con estilo y permanecer fiel a él. Patadas le había dado antes la Alemania de Merkel a la España de Zapatero, propalando rumores contra la salud de la deuda soberana para colocar miserablemente unos cuantos bonos en el mercado. Se jugaban paralelamente el partido de la deuda y el Mundial, y va España y elimina en semifinales precisamente a Alemania y ayer se proclama campeona del mundo frente a Holanda, como llevándose el dedo la boca para mandar callar a profesionales del ‘descrédito’ que auguraban que España iba a ser intervenida por el fondo de rescate en cuestión de días al estar alo borde de la bancarrota. Ayer, Casillas, víctima asimismo de rumores interesados, no se llevó el índice a la boca, sino besó en los labios a Sara Carbonera, que le hacía una entrevista tras la victoria al portero de la selección y se vio sorprendida, de pronto, por el beso del novio que antes acalló las críticas bajo los palos.
La imagen de Pedrito envuelto en su bandera tricolor estrellada dio la vuelta al mundo y rubrica la presencia de una cuota canaria en esa selección que ayer en Johannesburgo besó la gloria. Pedrito y Silva son, al alimón, campeones del mundo, dos ejemplos de trayectoria para sus paisanos. Si a España, que tradicionalmente arrastró el baldón de dejar siempre salir el ‘balón ‘ fuera cuando se le marchaban los cerebros, este título le ayuda a rehacer su historia, a Canarias, acusada de plañidera y aplatanada sistemáticamente, el doble icono Pedro-Silva, que encarna el éxito de la humildad con talento y tesón, la libera de aquellos complejos y demuestra de lo que es capaz su gente cuando se le presta la debida atención a los mejores exponentes artísticos, culturales y de proyección social.
Éste es el Nobel del fútbol de autor. De Luis Aragonés a Vicente del Bosque ha habido una continuidad narrativa que ha dado sus frutos, pero es una variante moderna y más lírica de un fútbol que siempre se reivindicó tosco y bravo. España inventó la furia en los años 20 (Belauste gritó a un compañero de equipo ante el lanzamiento de una falta contra Suecia, ‘¡A mí, Sabino, que los arroyo!’, y entró con la pelota hasta dentro de la portería forcejando con varios defensas rivales, y el alarde de fuerza y carácter fundó, en efecto, el concepto de ‘furia española’), de la que conserva algunas esencias inconcientes, como demostró Puyol en el gol de cabeza frente a Alemania. Y diríase que en esta primera década del siglo XXI ha generado un esquema diametralmente opuesto, basado en la exquisitez y el genio creativo de sus efectivos, habiendo superado con creces a las selecciones que mejor cuidaban el balón, Holanda incluida.
¿Es éste el anuncio de un país que en verdad piensa deshacer su leyenda negra para cultivar esos otros valores y principios de los que habla Del Bosque?
La realidad es que hoy es lunes, pero parece festivo. Por tanto, estamos inmersos desde anoche en una especie de sueño. Y acaso, para nuestro desconsuelo, pasado mañana, miércoles, despertemos en el debate del estado de la nación, en el Congreso, a las evidencias de un país tan dividido políticamente hasta la autodestrucción como antes del domingo.
Y entonces, la metáfora de esta Copa del Mundo se nos quedará reducida al rectángulo de un juego, donde once individuos con sus respectivas piernas dan muestras de mayor sabiduría que sus propios dirigentes con sus respectivas cabezas.
Con todo, este baño de felicidad sea bienvenido en un clima de depresión generalizado. Y no perdamos de vista que para lograr esta histórica hazaña, España ha bajado desde Europa hasta su otra vertiente africana meridional, pasando para es viaje por estas islas a un costado del continente sede del Mundial de fútbol. La primera vez que eso le sucede a una selección europea, que es justamente la que tiene un pie en África.