Antes de empezar el partido que ayer ganó España a Alemania (0-1) en la semifinal del Mundial de Sudáfrica 2010, Vicente del Bosque sonreía con cierta ruindad de una manera inesperada (cuesta arrancarle una sonrisa), como si alguien le hubiera soplado al oído lo que iba a suceder. Y, en cambio, Joachim Law, estaba serio y cabizbajo, como si el mismo pajarito le hubiera dado la mala noticia. Helenio Herrera decía que los partidos se ganan camino del estadio sin bajar del autocar. Las caras de los técnicos lo decían todo antes de que rodara el balón. Así que, al axioma de H.H., añadamos que los partidos también los ganan los entrenadores según con qué cara salten al campo.
Ésta era una alegría que se merecían muchos españoles en paro, mucha gente jodida por la crisis. Que nadie saque lecturas interesadas de la repercusión política de este triunfo y mucho menos especule con lo que dirían las encuestas si España, como todos esperamos, se proclama este domingo ante Holanda campeona del mundo en Johannesburgo. Zapatero y Rajoy tendrían motivos por igual para creerse beneficiarios de la ‘españolía’ de este éxito, pues a uno le viene bien para exhibir cierta baraka en el debate del estado de la nación, a mediados de mes, y al otro no le faltarían guiños al acervo patriótico de su partido que es el que más veces por minuto cita a España por su nombre y no busca atajos como ‘Estado’ o ‘país’, con el prejuicio de no parecer carca.
El debate, en términos futbolísticos, sería en todo caso, que al presidente le dé por alardear, en su condición de culé, de que la ‘roja’ jugó esta vez con siete blaugranas y que de entre ellos salió el gol de la cabeza de Puyol. Pero, exégesis partidario-deportivas aparte, de lo que no cabe duda es de que este miércoles se ha creado en Durban el mejor escenario para un reto que colocaría a España en la cumbre del prestigio mundial, en tiempos de descrédito en el ‘campo’ económico. Y, precisamente, España (aquí sí la España de Zapatero) ha conquistado este espacio (la final del domingo) frente a la Alemania de Merkel (ausente del palco, donde imitó con descaro al efusivo Sandro Pertini con los goles de Italia en el Mundial de España 82), que ha sido acusada de lanzar bulos incendiarios, a través de la prensa, contra la solvencia soberana de la deuda española.
Esta es la crisis de la ‘gran depresión’. En el planeta económico asfixiado tras más de dos años de recesión, surge el planeta fútbol como el pulmón del pueblo. Esto ya no es la Roma del pan y circo, en que, como cantaba el poeta Juvenal hace 2.000 años, los emperadores repartían trigo y entradas para ver las carreras de carretas con el fin del que sus súbditos no pensaran en política. Aquí y ahora nadie es tan estúpido como para creer que se acabó la crisis porque España le ganó a Alemania o, Dios quiera, le gane a Holanda y se traiga la copa que siempre vimos de lejos. Aquí y ahora, el fútbol como opio del pueblo que diríamos parafraseando a Marx, es ya otra cosa, cierto que más que nunca es religión y negocio a la vez. Pero ya no es coartada, sino pasatiempo. No es opio, es obvio, sino distracción y desahogo. Y felicidad. Si el domingo España gana, será feliz, pero el lunes volverán los problemas (entre ellos, el tercero de los peores, la propia clase política, según el dato revelador de la encuesta de junio del CIS, detrás del paro y la situación económica).
¿Por cierto, con quién irá Cruyff este domingo, con Holanda o con la España que juega con el guión del Barça, que heredó de él?
La sorpresa fue la alineación de Pedro. Del Bosque se lo comunicó al equipo horas antes del partido.
-“Hoy descansa Torres y sale Pedro” –les dijo a todos esa mañana, si bien lo había decidido desde que terminó el encuentro con Paraguay.
La noticia corrió en seguida de móvil en móvil dejando un reguero con el mismo sms: “Pedrito es titular”. Hace tan sólo dos años jugaba en Tercera en el Barcelona con Guardiola de entrenador. Ninguno de los dos puede olvidar que en esa temporada un equipo les ganó dos veces, el Cassá de Gerona. De ahí que Guardiola el lunes le dijera tras un abrazo emocionado de ambos en el hotel:
-“De Cassá de la Selva a la semifinal del Mundial” –y los dos se rieron con complicidad-
El gol que marcó Puyol y los que paró Casillas dieron a España la victoria frente a Alemania. Pero los árboles dejaron ver el Bosque a don Vicente. Y puso a Pedrito de titular. Y se notó. Con el de Abades, la selección se revitalizó, reencontró los caminos que las áreas borran a cada instante, ese abigarrado palimpsesto de jugadas posibles, que sólo aciertan a descubrir unos pocos elegidos. Se multiplicó a lo largo y ancho de todo el campo, como si gozara de una libertad de movimientos absoluta por parte de su entrenador, fue ingenioso, creó peligro, estuvo siempre alerta, no bajó nunca la guardia, mantuvo un mismo ritmo presionante, gestionó magníficamente las labores creadora y destructiva, y en ciertas fases del juego volvió loco al contrario generando opciones (la más clara la desaprovechó él mismo amargamente al no detectar la compañía de Torres, en posición franca para marcar), y, en general, se le debe reconocer, quizá sea el secreto de su juego, que transmitió en todo momento la sensación de que el gol estaba cerca, muy cerca, a punto de llegar. Y daba alas sólo pensarlo.
Si en esta semifinal se beatificó, ojalá la final canonice a San Pedro.
El pulpo del acuario de Oberhausen que eligió el mejillón con la bandera española y no el de la bandera alemana, acertó en este pronóstico, como había hecho con todos los anteriores respecto a Alemania en este Mundial. Que nadie pregunte a nadie esta vez, para que la final la decida el porvenir sin sentirse condicionado.