La victoria española frente a Paraguay en el Mundial de Sudáfrica maquilla una evidencia: España está jugando por debajo de su nivel y ante rivales que no son la élite del fútbol. Este miércoles le toca enfrentarse a una selección considerada un hueso duro, Alemania. El fútbol, decía con suprema gracia Gary Lineker, lo inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre gana Alemania. Con esa apisonadora, que pasó por encima de Argentina con cuatro golazos de hormigón armado, se mide la España todavía titubeante de Vicente del Bosque.
Cierto que Alemania mordió el césped ante Serbia, en un partido que terminó resultando irrelevante en su currículum en un Mundial que se le parece cada vez más. Cierto, por otra parte, que no ha habido otra escuadra hasta el momento que se le compare en armadura, velocidad y eficacia. Sólo España está llamada a cerrarle el paso y cuenta con la mejor generación futbolística de su historia para conseguirlo. Pero con qué mimbres ese cesto. Los mejores mimbres, ya no caben probaturas ni experimentos. Los que estén en mejor forma, ésos son los que deben jugar, se llamen Torres (‘el Niño’, el héroe de la Eurocopa) o Pedrito.
A la vista de los pobres (aunque suficientes) argumentos con los que, gracias a un calendario asequible (y, a la vez, difícil, en la mejor versión del fútbol menesteroso, de resistencia y entrega), ha podido disimular y superar sus carencias. La principal, la sequía goleadora, una austeridad contraproducente (fútbol es también política, como vemos en Portugal, que acaba de prohibir una operación a Telefónica tras perder 1-0 ante España, pero no guarda una correlación literal, en términos fiscales, con los planes de ajuste, recorte y ahorro severo que dominan la escena económica del país). La falta de gol (fatal) es el ‘déficit’ más desalentador ante Alemania, una auténtica fábrica de goles.
Creo que no es ninguna boutade chauvinista reivindicar la receta canaria para alimentar de goles a esta selección del Estado de las Autonomías. La aparición de Pedro frente a Paraguay, cuando el seleccionador había tocado todos los ‘palos’ en las rondas anteriores sin contar preferentemente con él, demostró por qué el delantero tinerfeño es el mejor aliado de Messi en el Barça (que si Pedrito fuera argentino habría sido titular con Maradona no me cabe la menor duda, por imposición del propio 10, adicto a los pases del canario). Su respuesta al escorzo de Iniesta es lo que Wenceslao Fernández Flórez llamaba un ‘vicegol’. De nuevo, los palos, los de Pedro y los de Villa (el César de este Mundial, con toda justicia), convirtieron el tanto en una especie de gol de ‘billar’, fruto de una carambola eterna que sumió a España en dos segundos de suspense agónico.
Mojo picón
Don Vicente, échele mojo picón. La ‘solución canaria’ se impone ante Alemania (si alguien se lo sopla al oído al míster le hará, nos hará, hará al fútbol y a España un favor). Que el árbol deje ver a Del Bosque y saque a los dos pájaros canarios, Pedro y Silva, de la jaula. Dos abrelatas ‘profesionales’ para ensartar goles y vicegoles con el concurso de Villa, en estado de gracia. Dos ardillas a gusto en los metros donde se ganan los partidos. Ahora es la hora de la verdad, la revancha de la final de la Eurocopa de 2008, en que España doblegó con ayuda de las musas y lo que no son las musas (Del Bosque dijo que con lírica sólo no se gana y es verdad, pero no completó la frase) al mismísimo adversario que se le cruza ahora en el camino cuando la gesta histórica de convertirse por primera vez en campeona del mundo está al alcance de la mano.
Una vez en semifinales todo equipo tiene derecho a soñar. A soñar en grande, como pedía Valdano, campeón del mundo con Argentina en México`86. España puede, debe y está en condiciones de soñarse campeona del mundo. Ahora sí. Es su mejor oportunidad en sesenta años (en el Mundial del ‘maracanazo’, quedó cuarta, tras eliminar a Inglaterra, aquel partido del famoso gol de Zarra, ‘la mejor cabeza de Europa después de Churchill’, rezaban carteles y pancartas en algunos de los estadios a los que acudía el mejor cabeceador del momento). No es verdad que ésta sea la primera vez en la historia que se mete en semifinales, si bien fue hace tanto que pocos lo recuerdan. Para Paraguay lo habría sido, de ahí que la modelo guaraní Larissa Riquelme (la habrán visto profusamente fotografiada estos días como si por culpa de las emociones del fútbol el corazón estuviera a punto de saltársele fuera del pecho apenas protegido por una breve camiseta deportiva) prometiera que si su país pasaba, ella estaba dispuesta a desnudarse. No podemos por menos que alegrarnos, mal que nos pese, de que no haya sido así.
Y éste es un mundial, como el de 1950, en que Uruguay también figura en el selecto grupo de los cuatro últimos aspirantes, con serias opciones de hacerse con el título. Su choque con Ghana (Africa ‘ghana’, pero no le acompañó la suerte a su héroe Gyan, que estrelló el balón en el larguero en un penalti en el último minuto de la prórroga con el que habría ‘ghanado’) es otra gesta hecha a la medida de los textos hímnicos de Eduardo Galeano.
“Que no la pique”
En el minuto 120, el punta uruguayo Luis Suárez emula a Maradona, pero en propia portería, saca ‘la otra mano de Dios’, como diría Benedetti viendo extasiado el partido de sus compatriotas en una tele ‘celeste’, e impide el gol que daba la victoria a Ghana a bocajarro. Penalti. Falla Gyan. Tanda de penaltis. Llega el definitivo. Si marca Uruguay, gana a ‘Ghana’. Va a tirar el ‘Loco’ Abreu y alguien dice:
-“La va a picar” (a lo ‘panenka’, por el centro, templadita, como Zidane en la final contra Italia del Mundial de Alemania en 2006, una temeridad en el último suspiro del partido).
Forlán dijo para sus adentros:
-“Que no la pique, que no la pique”.
Y la picó. Y fue gol. Y Uruguay pasó a semifinales.
La hazaña de Uruguay bebe en su propia historia de paisito que ganó la copa del mundo del 50 en Brasil ante Brasil y como único favorito Brasil y nadie más que Brasil, como proclamaban los altavoces del estadio Maracaná antes de comenzar el partido. Y el chico ganó… Obdulio Varela, el ídolo nacional desde aquella gesta imposible, murió pobre y desencantado. A los jugadores que con él ‘vencieron a lo invencible’, la ‘canarinha’ todopoderosa, les entregaron al final una medalla de plata y los dirigentes de la federación uruguaya se inventaron para ellos una ofensiva medalla de oro, como si el mundial lo hubieran ganado los dirigentes en lugar de los futbolistas, que se dejaron la piel en el campo. Obdulio Varela llegó a arrepentirse del milagro que llevaron a cabo contra todo pronóstico, por ésa y otras razones, entre ellas la profunda amargura o ‘magòa’ brasileña que palpó en las calles tras el drama. Era un hombre humilde, sencillo, decente, que merece ser considerado desde aquella histórica final el campeón del mundo contra el miedo escénico.
Cuando iban perdiendo, tras el único gol de Brasil (acabó 1-2), tuvo los reflejos de enfriar el partido, agarró la pelota del fondo de la portería, se dirigió al juez de línea a reclamarle un falso fuera de juego, se encaró con el árbitro y divagó con protestas sin sentido para ganar tiempo bajo amenaza de expulsión, siguió reteniendo la pelota y fue a llevarla lentamente al centro del campo, entre las quejas de los brasileños, histéricos por su pachorra. Entonces, miró a las gradas y al rival a los ojos y vio caras de miedo. Ahí supo que iban a ganar. La lección inolvidable del mítico capitán, el ‘negro jefe’, como llamaban al cinco de Uruguay, comenzó en el túnel de vestuarios, antes del partido, cuando vio a sus compañeros muertos de miedo ante el rugido del ya aclamado como mayor estadio del mundo, el Maracaná, el día en que se registró la mayor cantidad de público en un encuentro de fútbol en toda la historia (más de 200.000 espectadores). Les dijo:
-“No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada. Nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines”.
Que es lo que Del Bosque acaso quiso decir.