La Unión de Islas Macaronésicas (UIM, permítanme la sigla) entre Canarias, Cabo Verde, Madeira y Azores, que, tanto el presidente canario, Paulino Rivero, como el primer ministro de Cabo Verde, José María Pereira Nieves, están decididos a impulsar, entraña un paso de vecindad que, pese a lo obvio de los lazos y los parecidos entre estos archipiélagos, era todavía una idea inédita o quizá maldita (por las connotaciones políticas y geográficas).
El dirigente caboverdiano consiguió, de visita a España, que Zapatero bendiga el proyecto y esté dispuesto a acudir a la cumbre tripartita (Cabo Verde, España y Portugal) que, finalmente, consagre esta comunidad de territorios de origen volcánico y similitudes naturales y mitológicas. A los bosques de lava y dragos, a la flora y los alisios se unen ahora estos puentes geopolíticos y económicos que, bajo el paraguas de la Unión Europea, pueden hacer efectiva una estrategia para África a través de este trampolín insular.
Cada movimiento que se dé entre una autonomía y un Estado africano (quizá sean las primeras relaciones internacionales de verdad de una comunidad autónoma española), como son los casos de Canarias y Cabo Verde, levantará suspicacias soberanistas y será, tarde o temprano, abortado si no se hacen las cosas bien. Si no se hacen con el respaldo de España y Portugal, como parece que es el caso.
La reciente entrevista en Lisboa de Paulino Rivero con el presidente portugués Anibal Cavaco Silva, y la del primer ministro caboverdiano con Zapatero en la Moncloa ayudan a concebir esperanzas en que en esta ocasión la iniciativa prospere.
La ‘UIM’ de los archipiélagos bienaventurados, donde según los griegos moraban los héroes difuntos en su paraíso terrenal, está llamada a hacer negocios conjuntos (turismo, construcción, energías, servicios) y a crear un espacio de desarrollo regional con su entorno africano, como nunca antes en toda nuestra historia. Salvo las expediciones científicas para explorar las rarezas de un consorcio singular en la biología del Atlántico, apenas habíamos conseguido mantener media conversación como islas cercanas. La circunstancia de que Canarias haya presidido estos dos últimos años las RUPs ha podido coadyuvar a que ese diálogo se prolongara algo más de lo habitual, con estos resultados.
Sólo ampliando hasta donde sea necesario las comunicaciones aéreas y marítimas entre estas islas será posible pasar de las palabras a los hechos. La naturaleza ha puesto las condiciones para este encuentro. El resto corresponde a los actores políticos y económicos, aquellos gobernantes y empresarios que han empezado a creer en esta unidad de intereses de tres millones de habitantes.
Saramago intuía que un día Portugal sería una comunidad autónoma de España, y la fusión de ambos estados se llamaría Iberia (argumento que le inspiró el naufragio de la Península ibérica desgajada de Europa para navegar hacia América del Sur, en ‘La balsa de piedra’). Cabo Verde celebra ahora el 35 aniversario de su independencia de Portugal (y, por cierto, tiene previsto recibir al presidente canario con honores de Estado).
¿Quién sabe si la historia, dando un giro inesperado, acaba cerrando un círculo con todos estos elementos?