martes, 29 de junio de 2010

El centenario de Guillermo Sautier Casaseca, el guionista por excelencia de las radionovelas hipnotizantes de la segunda mitad del siglo pasado en la España autárquica que había perdido la libertad pero no la audición, está pasando sin pena ni gloria en su tierra natal, Canarias. Si bien La Palma, la isla concreta donde vino al mundo el padre del best seller del invento ‘sin hilos’, le rinde un homenaje de ‘obediencia debida’, la figura del autor de ‘Ama Rosa’ y de la adaptación de ‘Simplemente María’ y de más de mil culebrones radiofónicos, suscita una controversia local anticuada, entre quienes le recuerdan como uno de los pilares fundamentales de la historia de la radio y quienes le reprochan su condescendencia con los principios fundamentales del Movimiento. Memoria histórica, ésta al revés.

Le sacaba de quicio que lo llamaran ‘Sotí’ como si pronunciaran su apellido en francés, según me cuenta José Antonio Pardellas (reciente Premio Canarias de Comunicación, que también tiene como Sautier el honor de haber ganado un Ondas), que se extraña, tras participar en el acto palmero del centenario del nacimiento del autor, de la suspicacia ideológica sobre el colaboracionismo político del prolífico paridor de seriales con el ‘régimen’ (concepto que abarca todo el paquete de manifestaciones alusivas al franquismo que le tocó vivir, apunto para aclaración de los más jóvenes). El éxito de sus novelas radiadas residía en el llamado ‘efecto Sautier’, que, según Pardellas, era infalible para mantener en vilo a los (sobre todo las) radioyentes, que tenían que aguardar con un nudo en la garganta hasta el otro día para resolver las intrigas con que el autor dilataba, kilométricamente, sus célebres suspenses amorosos y pasionales. Sautier le daba la razón a Gramsci, según sostenía Manuel Vázquez Montalbán, sobre la eficacia ideológica de la difusión cultural a través de los medios masivos. Pero lo que aporta el antimarcusiano guionista a la radio trasciende lo que aportó al régimen, y su contribución confirmó un método de pasatiempo social que prevalece por encima del uso doctrinario que hagan uno y otros. Dalí fue un supremo artista surrealista y muy franquista y no por ello lo vamos a sepultar bajo una losa absoluta de olvida.

Enfermo de hepatitis tras la guerra, el paisano tuvo tiempo, al parecer, para aficionarse en la cama a escribir guiones, que acabaron dándole fama y dinero, y granjeándole no poca envidia entre sus coetáneos. Sautier debió de vivir como un príncipe, saboreando las mieles de su éxito. Desde que se emitió su primer serial propio, ‘Lo que nunca muere’, se adueñó del género. Y el natural menosprecio patrio, hizo creer a muchos que aquellos seriales (hoy diríamos culebrones, toda una modalidad del moderno periodismo político a caballo del partidismo y el respetable periodismo de investigación) eran un producto sudamericano de importación. Yo recuerdo de niño el impacto social de ‘Simplemente María’, de la mano de la protagonista, María Salerno, que, si no me equivoco, viajó a las islas como una auténtica reina del serial. Un mito de la época.

Con Sautier, como con Matías Prats, no cabe hacer juicios sumarísimos, sino valoraciones históricas.

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