Cuando Los Beatles vuelan a Tenerife en abril del 63, los habitantes de la isla no sabían quiénes eran. Su escasa discografía (tan sólo tres singles y aún su primer LP, ‘Please Please Me’, recién salido del horno en Inglaterra apenas unos días antes del viaje) hacía que a nadie les sonara. Y eso sentó mal especialmente a uno de los músicos, el más sensible al perfume de la fama, Paul McCartney. “¿Cómo que no sabe quiénes somos? Somos Los Beatles”, protestó el cantante y compositor ante David Gilbert, el desdichado dueño del Lido de San Telmo, en el Puerto de la Cruz, que, en mala hora, rechazó la oferta del grupo de tocar una noche gratis en su club, porque eran unos melenudos desconocidos. Y ese desaire iba a acompañar el resto de su vida al empresario británico de origen alemán al que el destino le había jugado una mala pasada.
Las vacaciones de Paul, George Harrison y Ringo Starr en la isla son el argumento de una obra escrita con verdadera pasión, ‘Los Beatles en Tenerife. Estancia y beatlemanía’, de Nicolás González Lemus, doctor en Historia y profesor de Historia Económica del Turismo en Canarias, autor de una veintena de libros en los que ha ido desempolvando los misterios que explican que éstas hayan sido, a lo largo de los siglos, ‘las islas de la ilusión’, según acuñó en uno de sus primeros títulos.
Lemus había indagado, como un detective ilustrado, la huella de los expedicionarios que fueron descubriendo, paso a paso, las Islas Canarias con el transcurso del tiempo: los viajeros victorianos con prólogo del hispanista británico Raymond Carr; los continuos exploradores de Inglaterra que siempre se interesaron por estos peñascos y a veces se interesaron más de la cuenta y por eso a Nelson le costara caro tanta curiosidad; la ‘mirada inacabada’ de nuestros otros pretendientes científicos alemanes desde Humboldt a Pannwitz, hasta llegar al hallazgo del Teide por parte de otro sabio inglés, el astrónomo Charles Piazzi Smyth, que en el siglo XIX, una vez ascendió al pico del volcán, dio la razón a Newton: cuanto más alto mejor se observan las estrellas.
En esta ocasión, Nicolás González Lemus hace un alto en su ya vasta producción bibliográfica en la cumbre de una montaña, a lo Piazzi Smyth, para ver mejor a las estrellas: Los Beatles, otra clase de historia, otra clase de ingleses que, cumpliendo una especie de convención británica, vinieron al solárium tinerfeño a ponerse rojos o morados en lo que pudieron ser días de vino y rosas, o de leche y rosas, ya veremos por qué lo de la leche, y es posible que aún no de leche y drogas. Pero seguro que sí fueron días de un poco de mala leche para uno de los tres, para Paul, que no digirió bien la nula popularidad del grupo y, además, sufrió un incidente que estuvo a punto de costarle la vida.
Este libro, por otra parte, es un desahogo generacional del autor sobre el tránsito de la dictadura a la democracia a través de la música en el valle de La Orotava, proceso que vivió de la mano de personajes inolvidables como Domingo Domínguez Luis, cuyo tocadiscos conciliaba las canciones de Los Beatles con las de Pete Seeger, Joan Baez o Bob Dylan.
En los años en que este libro se fija se libraba un cambio en la juventud del mundo que a los españoles, por estar aislados bajo el yugo de un dictador, les sonaba a chino, como a los talibanes, antesdeayer mismo en el poder, la música, el baile y el rock les producía urticaria en la piel. Franco tampoco transigía con los melenudos, con los contoneos de sus caderas, con sus vestimentas estrafalarias, y los comentarios del régimen en los años 60 eran inequívocamente refractarios a aquel fenómeno de masas que marcó las postrimerías del siglo XX: la beatlemanía, un relámpago de moda universal sin la ayuda de las actuales redes sociales de Internet.
Todo aquel despertar de las conciencias aletargadas en este país estaba a punto de producirse, era cuestión de unos pocos años más, pero los tentáculos del franquismo todavía eran poderosos y alargados, y un día al propio autor de este libro lo encerraron 72 horas reglamentarias a degüello en poder de la Brigada Político Social para que recibiera su merecido. Ser un ‘bitómano’ rojo directivo de un cineclub ‘cantaba’ demasiado, y ésta, por algo, es una historia de cantantes. Y una historia de miedos, aunque los miedos también hayan quedado lejos.
El punto de partida de la beatlemanía está grabado con dígitos de oro en un año que incumbe a Tenerife: 1963, el año de la visita de tres de los componentes del grupo a la isla. En ese instante, el que estaba destinado a ser el grupo más importante de la historia de la música pop se disponía a empezar a copar los números 1 de los hit parades, a vender millones de copias en todo el planeta y a convertirse, en definitiva, en el gran icono de un cambio social sin precedentes, en la vorágine de una década revolucionaria por antonomasia, de Cuba a París. Como dirá la Iglesia mucho tiempo después, o sea el otro día, hace escasamente dos meses, “nada volvió a ser como antes”.
Si alguna vez la canción alcanzó el poder, el poder absoluto, fue durante ese interregno de siete años (1963-1970) en que los Fab Four gobernaron en los gustos musicales y la moda, predicaron una transgresión de letras contagiosas, sembraron semillas liberalizantes en las conciencias de toda raza y condición, y un día, en la azotea de un edificio simbólico, cantaron y tocaron en vivo por última vez para emprender una lenta despedida de todos los circuitos públicos en que habían crecido, siete años después de poner los pies en esta isla.
Ese paréntesis de apoteosis del pop como nueva ideología musical y social en que Los Beatles reinaron como monarcas absolutos otorgó al cuarteto de Liverpool tanta celebridad, escándalo y repercusión que no es descabellado pensar que añoraran alguna vez pasar desapercibidos sin poder conseguirlo ya jamás, ni siquiera mucho tiempo después de su retirada de los escenarios para no volver a reunirse nunca.
Por eso, la estancia en Tenerife tiene un significado especial en la vida de estos caballeros tocados por la gloria. La visita se produce justo unas semanas, unos días antes de comenzar a ser tan fabulosamente famosos como para desear dejar de serlo tan siquiera unos minutos al día. La fama les iba a perseguir hasta el cuarto de baño el resto de sus vidas. Y la conversación que mantuvieron como unos chicos normales y corrientes con el propietario del Lido de San Telmo, en el Puerto de la Cruz, días antes de que les cayera encima todo ese aluvión de celebridad, tiene un valor histórico. La isla no les bajó los humos, los hizo humanos por última vez.
González Lemus ha colado Tenerife con este libro en la historia oficial de Los Beatles, pues si bien la Antología autobiográfica publicada en Barcelona por Ediciones B en el 2000 se hace eco de las vacaciones en la isla, aquí estamos ante una obra monográficamente dedicada a relatar ese viaje, una obra que ya pasa a integrarse en la bibliografía universal de la historia del grupo más exitoso de todos los tiempos, según el ránking de la revista Billboard en 2008. Y, de paso, el autor, sin mencionarlo, acaba de regalar en estas páginas al Puerto de la Cruz la oportunidad de crear un ‘circuito Beatles’, de carácter turístico, con los lugares y rutas que frecuentaron los músicos durante su estancia: sus baños en las piscinas y playas de la ciudad, las escapadas al muelle, al merendero La Marquesina, al bar el Dinámico de la Plaza del Charco sobre las ruinas del quiosco neomudéjar, sus paseos por la Avenida de Colón y las tarde-noches de guitarra española en que cantaron en el chalet donde vivieron como bohemios, a juicio de Ringo Starr. Un ‘circuito Beatles’, ilustrado con las fotos con bañador y gafas de sol o al volante del descapotable rojo que les llevó hasta el Teide.
Diríase que Los Beatles viajan a Tenerife a tiempo de comprobar por última vez lo que es vivir de incógnito, fuera de la todavía modesta popularidad de que pudieran gozar en su país, viajar sin escoltas y sin ser reconocidos por nadie, ir a una corrida en la Plaza de Toros de Santa Cruz y mezclarse entre el público sin que les pidieran un simple autógrafo, y bañarse en la playa de Martiánez sin el acoso de los fans hasta coger una insolación el primer día que a George Harrison le hizo pasar toda la noche temblando. De tal modo que fue en esta isla donde probaron por última vez, sin saberlo, esa esencia de la ausencia de la fama, tan frustrante en unos jóvenes ambiciosos que anhelaban comerse el mundo, triunfar y vender muchos discos entre la juventud, desconociendo aún que todo eso y más lo iban a empezar conseguir al cabo de unos días, cuando regresaran del desconcierto de Tenerife a los grandes conciertos de Londres.
En realidad, les resultó un tanto amarga la cura de humildad insular, porque la antítesis de la popularidad no existe como atributo. Sin embargo, podemos especular acerca de la idea de que cada vez que en los años posteriores les asaltara algún recuerdo de aquellas extrañas vacaciones tinerfeñas en que fueron desconocidos por última vez, a más de uno de los tres integrantes de Los Beatles que engrosaron el viaje a la isla, pudo sorprenderles sentir un asomo de nostalgia, precisamente, porque fueron días, diez para ser exactos, sin asedios, ni otras fotos que las que buenamente les hizo su amiga alemana Astrid Kirchherr, novia a la sazón de un veinteañero George Harrison y viuda reciente del quinto beatle, Stu Sutcliffe, cuando, en efecto, eran cinco, se llamaban ‘The Silver Beatles’, aún no estaba Ringo y se ganaban el pan en los clubes nocturnos de Hamburgo.
Tenemos razones para pensar que esa añoranza de los días sin historia ni histeria en la isla en que no fueron noticia pudo manifestarse en ellos en más de una ocasión, una vez que uno lee la reconstrucción de los hechos realizada por Nicolás González Lemus en este libro-reportaje hecho con tanto rigor. Uno de los más entusiastas sobre la visita a Tenerife fue Ringo, sin ningún ringorrango, que nunca había visto playas de arena negra y se compró un sombrero cordobés que no se quitaba de encima, envió postales a los amigos y años después dijo que habían sido “unas vacaciones magníficas”. Otro enamorado de Tenerife fue George Harrison, pese a la insolación con que debutaron él y Ringo en la playa de Martiánez; no soltó el volante del Austin rojo que le prestó su amigo alemán Klaus Voormann, además del chalet familiar de Los Realejos en que se alojaron. “Subimos al volcán en el Austin”, relata satisfecho George Harrison, que al llegar al Teide exclamó excitado que era como estar en la Luna.
Y si acaso alguno de los tres en particular no guardara buen recuerdo de aquel viaje a ‘lo desconocido’, probablemente ése fuera Paul, sin que podamos afirmarlo categóricamente y deba reservarse la duda hasta que algún día recale de nuevo por aquí y actúe, como estuvo a punto de hacer recientemente y el propio autor de esta obra ha intentado sin éxito por ahora. El maltrago Paul es comprensible, tal como nos narra González Lemus, no tanto por aquella fallida iniciativa suya de tocar en el Lido de San Telmo gratis y de ser considerados unos falsos famosos, cosa que admite que literalmente le “mosqueó”, sino por otra causa más grave. Lo cuenta el propio Paul MacCartney en el libro ‘The Anthology’, reeditado en España hace diez años, que Lemus trae a colación. Se trata del episodio en que Paul estuvo a punto de ahogarse en la playa de Martiánez (y de ahí el ‘maltrago’), al cometer la osadía de desafiar sus terribles olas que no avisan, y vérselas y deseárselas. “Me atrapó una corriente. Estaba en el mar y pensé, “ahora volveré a la playa nadando”, pero enseguida me di cuenta de que no me acercaba a la playa. Lo cierto es que cada vez estaba más lejos”. Lemus, que nos ha documentado antes las peripecias de otra renombrada turista inglesa en el mismo paradero anglosajón Puerto de la Cruz, Agatha Christie, en 1927, subraya que la novelista prefería tumbarse en la arena y que las olas mansamente la cubrieran, con toda la aprensión del mundo, a riesgo de no acabar nunca la redacción de ‘El misterio del tren azul’.
Este libro que nos convoca sobre nuestros huéspedes Los Beatles es una crónica sentimental de una época inolvidable para el autor, porque abarca los años de adolescencia y primera juventud, bajo el carisma de los idolos del pop villero, en el tardofranquismo que prohibía bailar en el garaje bajo el compás de una canción sensual, ante el peligro de que la Guardia Civil empujara la puerta entreabierta e irrumpiera por sorpresa, atraída por el susurro de la música sugerente, y separara a un lado las chicas y al otro los chicos y a éstos pidiera, uno a uno, el DNI. Un período que iría del éxtasis subversivo de la adoración y copia de Los Beatles, con la conciencia de hacerlo libertinamente bajo unos genuinos faros progresistas, hasta el mazazo de su definitiva separación y desaparición, en abril de 1970, que produjo un vacío, un socavón generacional.
Cuando los tres beatles arribaron al Puerto de la Cruz, en abril de 1963, tenían por delante siete años exactos de una vida intensa por vivir al límite. En la fiebre del éxito multitudinario, Lennon sostendría en una entrevista, en marzo de 1966, apenas tres años después de venir a la isla siendo todavía un don nadie, que Los Beatles eran más populares que Jesucristo, y provocó con ello quemas públicas de sus discos a cargo del Ku Klux Klan y una turba de grupos conservadores. En el libro se cuenta que dejaron las drogas gracias a la meditación trascendental con ayuda de Maharishi Manesh Yogui, al que conocieron personalmente en la India en 1968. Pero tres años antes, fumaron marihuana en los baños del Palacio de Buckinham antes de recoger la medalla de la Orden del Imperio Británico de manos de la Reina Isabel, hasta entonces reservada para héroes de guerra y grandes filántropos. En Manila, por aquellos años de delirio y provocación, declinaron acudir a una fiesta privada de Imelda Marcos, la esposa del dictador recién llegado al poder, y tuvieron que salir a espetaperros del país para no ser linchados. En muchas partes, como en la España de los años de plomo, no se les consentía el pelo largo y el género de sus canciones pops envueltas en el mismo malditismo del rock and roll y la música electrónica en general. En cambio, los adultos, incluso de costumbres tradicionales, que conseguían abstraerse de su apariencia física y escuchaban atentamente su repertorio solían aprobar el talento de aquellos jóvenes de Liverpool bendecidos por la magia de sus musas, a las que el propio Paul McCarntney se refería días atrás, en una conferencia de prensa en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU., al ser preguntado por el secreto de su inspiración: •”Es un misterio. La melodía de ‘Yesterday’ me llegó en un sueño. Algunas de las canciones que uno escribe no sabe de dónde salen, por lo que tengo que creer en la magia”.
La magia de Los Beatles es tal que ha conseguido hacer milagros. No otra cosa es lo que acaba de suceder en el Vaticano, la ultraconservadora institución en asuntos morales tan delicados como los coqueteos del grupo con las drogas o, aún peor, sus comparaciones sacrílegas con Jesucristo. En abril de este año, justo el día 10, en que se conmemoraban 40 años de la disolución de Los Beatles, la Iglesia decidió perdonarles. Y lo hizo públicamente, a través de su rotativo oficial, el Osservatore Romano, en primera página. “Sus bellísimas melodías han cambiado para siempre la música pop y continúan regalando emociones”… “Después de Los Beatles nada volvió a ser como antes”… “Es cierto que tomaron drogas, abrumados por el éxito vivieron años disolutos y desinhibidos. En un exceso de fanfarronería, dijeron incluso que eran más famosos que Jesucristo; se divirtieron lanzando mensajes misteriosos (incluso, satánicos según algunos) y ciertamente no fueron el mejor ejemplo para la juventud de su época, aunque tampoco el peor. Sin embargo, escuchando sus canciones, todo eso parece lejano e insignificante”, afirma literalmente, por increíble que parezca, el Osservatore Romano, la voz inequívoca del Vaticano.
Para la Iglesia, de dos años a esta parte, cabe tratar con una indulgencia particular al desaparecido John Lennon, asesinado el 8 de diciembre de 1980, en breve hará 30 años, pese a haber querido disputar la gloria al propio Jesucristo. Se trata, a juicio del Vaticano, de la “bravuconada de un joven inglés de clase trabajadora que había crecido en la época de Elvis Presley y del rock and roll, y que había disfrutado de un éxito inesperado”. La Santa Sede no disimula su fascinación por la herencia musical de los cuatro traviesos intérpretes de Liverpool, “espléndidos e imperfectos”, algunas de cuyas canciones han merecido connotaciones indeseables, como ‘Helter Skelter’, a la que Charles Manson atribuyó una clara influencia para concebir, organizar y perpetrar el asesinato de Sharon Tate la noche del 8 de agosto de 1969. La Iglesia absuelve de todos los pecados y desvaríos, sin excepción, al grupo que visitó Tenerife hace casi medio siglo cuando todo lo que le sobrevino después estaba todavía por suceder, apenas a punto de fraguarse.
Llegaron tres músicos de una isla grande a una isla chica, dos islas que tienen algunas cosas en común, como se encarga de descifrar el autor en esta meticulosa biografía de aquellos días. En Liverpool gozaban de gran popularidad los plátanos canarios, la misma que Canarias le negaba por entonces a sus chicos favoritos, Los Beatles. Y los lazos comerciales y agrícolas entre ambas orillas tenían hondas raíces históricas, como bien conoce Lemus de sus investigaciones anteriores. Eran los albores del turismo, y el Puerto de la Cruz, adonde además de Agatha Christie, viajaron por goteo otros célebres ingleses, como Bertrand Russell o Winston Churchill (en compañía de Onassis, en 1959), se iba a consolidar como una ciudad cosmopolita y subyugante donde congeniar con extranjeros o, si prefieren, ligar.
Los tres beatles fueron una especie de avanzadilla del moderno turismo que estaba a punto de explotar en los hoteles, piscinas y calles donde pasaban desapercibidos antes de sucumbir a la locura incurable de la fama. Cinco meses después de pisar la isla estaban actuando en el Palladium de Londres, entre enfrentamientos encendidos de policías y fans. El disco que acababan de publicar cuando cogieron el avión hacia Tenerife, fue número uno en ventas a los dos días de su regreso. Y el ‘Daily Mirror’, el periódico sensacionalista que veinte años después sería adquirido por Robert Maxwell, el magnate británico de origen checo que murió en aguas canarias en noviembre de 1991, se rindió ante la evidencia: acababa de nacer la ‘beatlemanía’.
Los lugares por donde pasaron sin pena ni gloria los tres amigos ingleses en la isla quedaron, poco después de su marcha, impregnados de esa lujuria de éxito y conmoción de sus canciones y la notoriedad incontrolable de que habían carecido durante su visita. Todo un ‘circuito Beatle’ del Puerto al que ya hicimos referencia. Hacía tan poco que eran unos desconocidos, que quienes les vieron en las piscinas de San Telmo en bañador o corretear como párvulos allá por donde iban no debían de creerse que eran los mismos músicos de melenas recortadas a tijera, vestidos con trajes negros y encorbatados, que estaban estremeciendo el mundo desde el minuto uno de su retorno a casa.
Eligieron Tenerife porque un amigo alemán, Klaus Voormann, que un día los descubrió al azar en un club de Hamburgo, les ofreció el chalet de sus padres en la ciudad jardín de La Montañeta (Los Realejos), una casa aislada sin luz, ni teléfono, donde vivieron como bohemios, con velas y quinqués, saciando la sed del desayuno gracias a Eusebia la lechera (y éste es el porqué de la leche en la historia). John Lennon se lo perdió porque el manager del grupo, Brian Epstein, lo invitó a viajar con él a Torremolinos. Sólo nos cabe, en su caso, jugar con la imaginación: imaginarlo en Tenerife, cuando era un músico prácticamente inédito, sintiéndose aquí un ser seguramente feliz.
Nicolás González Lemus aporta en este libro la verdad de una historia que parecía hasta ahora una leyenda urbana: la historia de la visita de las tres cuartas partes de Los Beatles a la isla que los despidió para siempre de su anonimato.