Harry Beuster retrató profusamente una época, la suya, que fue también en parte la mía, la de la segunda mitad del siglo XX. Su condición de caricaturista geométrico, en la élite de lo que llamábamos en los años 70-80 la caricatura de vanguardia, lo situó pronto en lo más alto de una generación agudísima que miraba por el retrovisor convexo y los rostros salían angulosos y asimétricos.
Cuando ahora me dan la noticia de la muerte de Harry Beuster en Tenerife me devuelven a la juventud de las caricaturas de prensa con que me inicié en el periodismo junto a los versos, las crónicas y las entrevistas en los diarios de la isla, mucho antes de que llegara Internet.
En el telediario de la noche, el caricaturista era Ortuño, y sus dibujos tenían la síntesis de un editorial. Pero Ortuño, cuya baraja de políticos se hizo famosa en España y a mí me enseñó secretos, sombras, trazos y gestos en movimiento con un lápiz y un papel, era un caricaturista clásico, de una elegancia exquisita, de un gusto elevado.
Siempre me reconocí en Ortuño como el mejor espejo en que mirarme para hacer obras acabadas, caricaturas respetuosas, finas, fieles al original. Nunca me perdía el último telediario, ni dejaba que el sueño me venciera antes de ver en pantalla la caricatura de actualidad de Ortuño, que, a juzgar por el personaje y el tema debía de llevarla acaso pensada de casa, pero nunca terminada, al menos, antes de escuchar la última noticia en el propio plató de TVE, que entonces era la única televisión. (Debía de ser como los perfiles radiofónicos de Luis del Val en la SER, que yo le ví ‘hacer’ en directo en ‘Hoy por hoy’ durante los meses que pasé junto a Iñaki Gabilondo para escribir con Martín la biografía ‘Ciudadano en Gran Vía.)
Ése era un mundo. El de la caricatura clásica.
Luego había otro mundo. El de la caricatura de vanguardia, donde Beuster era un maestro consumado. Un genio, un filón. Dejó una obra copiosa, dibujos conceptuales de cuatro líneas en prensa (entregas semanales en El Día) y fabulosas composiciones a color debidamente enmarcadas. Era un artista muy fecundo, con un talento reconocido en certámenes y exposiciones. (Dejé por un tiempo el lápiz, que permitía hacer retoques, y adopté el rotring, el riesgo de la caricatura instantánea, certera, incorregible.)
Los caricaturistas canarios de vanguardia, poseedores de una técnica geométrica particular, dieron un vuelco a la disciplina. Cuando Paco Martínez ideó un collage con adornos de una botella de coñac, labios chillones recortados de una foto de una revista y otros materiales, dando como resultado la procacidad de Brigitte Bardot con la que ganó el premio mundial de caricaturas de Montreal de 1968 (con once años fue una de las primeras entrevistas), las islas pasaron a ser un vivero de caricaturistas que despertaba un gran interés internacional. Era unos tíos ingeniosos que no tenían nada que envidiar a las figuras extranjeras. (La caricatura ha sido siempre muy estimada en la prensa europea y americana, pero no así en la española, salvo el diario El País y poco más, desplazada por la viñeta que se ha ganado un mayor auge periodístico).
Beuster y Juan Galarza han estado llenando un hueco que, lamentablemente, se fue quedando vacío con la marcha de Paco Martínez y Eduardo Millares Sall, ‘Cho Juaá’, y la extinción de la agrupación de ‘caricaturistas personales’, filial de la hispana, que aglutinó también a Policarpo Niebla, Manolo Padrón Noble, Manolo Casanova y José Morales Clavijo, entre otros.
Ese testigo lo han tomado, por último, nuevas y consagradas firmas en la prensa canaria y creadores ocasionales con aptitudes para este oficio o artificio, como el político Juan Fernando López Aguilar, autor reciente de uno de los pocos libros del género editados en España.
En Santa Cruz de Tenerife, me llamaba la atención de niño la maña de Mesita, aquel humilde caricaturista que yo veía afanarse con trazos nerviosos y rápidos sobre el papel sin quitarle el ojo al modelo ocasional que distraídamente cazaba al vuelo, para sorprenderle, a los pocos minutos, con su retrato de nariz aguileña y cuerpo en miniatura, a cambio de unas pesetas de entonces; obras muchas de ellas que luego colgaban de las paredes de bares de la ciudad por su evidente calidad artística. Mesita hacía caricaturas de ganga y Evenanceo versos a perra chica, pero ésta es otra historia mundana y sentimental.