Una vez le escuché decir que en un teatro de Lisboa, siendo casi un niño, descubrió que todo en la vida tiene dos caras, cuando comprobó que detrás del decorado del escenario no había nada. En otra ocasión le oí manifestar que el creador del Firmamento, si lo hubo, decidió poblar todos los planetas de seres humanos y después se arrepintió. Dio marcha atrás y los reunió en la Tierra con un fin: salvar el resto del Universo. En otra oportunidad, escribió que admiraba a su abuelo, del que se le quedó grabado un gesto. Cuando se lo llevaban al hospital, consciente de que no regresaría más a su jardín, se despidió de sus árboles llorando y abrazándolos uno a uno.
Una frase suya era una lección. Tenía una facilidad asombrosa para ver más allá de sus ojos y escribir más allá de las palabras. Esa capacidad sólo reservada para los genios, y su compromiso irrenunciable de luchar por un mundo más justo, con menos desigualdades sociales, lo convirtieron en un personaje único. Todo un símbolo. Fue capaz de dejar plantado al Gobierno de su país cuando entendió que sus ideas eran atropelladas. Hizo las maletas y se vino al calor del volcán huyendo del frío, del silencio y del desaire. Lanzarote lo acogió con los brazos abiertos como la madre que acurruca a un niño adoptado después de que un accidente de tráfico le arrancara poco tiempo antes al hijo que todas las islas quisieron tener.
Hoy a Saramago le ha llegado su hora. Pero la hora de cumplir un sueño, quizá el único que le faltaba: conocer en persona a su admirado César Manrique en el cielo de Lanzarote.
*Director de CanariasRadio la Autonómica