El año de la muerte de José Saramago no es el título de una novela. Es el título de la muerte del autor de ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’.
Cuando se mudó a vivir a Lanzarote el escritor que hoy posó su último aliento sobre el hombro de la isla, tuve el privilegio de visitarle y compartir dos horas de conversación con el recién llegado. Sobre lo humano y lo inhumano. Saramago no era amigo de hablar de lo divino, aunque en su treintena de novelas eligiera el tema en más de una ocasión (‘El Evangelio según Jesucristo’, ‘Caín’), con idéntico resultado, la irritación de la Iglesia y hasta de su propio gobierno, que le retiró el apoyo para el premio Literario Europeo.
Saramago estaba aún cabreado cuando hablamos aquella vez en la isla negra. “Yo elegí Lanzarote y Lanzarote me eligió a mí”, sentenció a modo de declaración domiciliaria, para explicar por qué se exiliaba sentimentalmente de Portugal rumbo a una isla con raíces lusas nada desdeñables. Defensor ya por entonces de la idea de una sola nación llamada Iberia, fruto de la suma política, amén de geográfica, de España y Portugal (en su novela ‘La balsa de piedra’, publicada un lustro antes, ese doble estado se desgaja de Europa y navega por el Atlántico), Saramago venía a recalar a Lanzarote con Pilar del Río (su esposa española y traductora, ambos trasunto de esa hermosa musa llamada Iberia), como los antiguos navegantes portugueses atraídos por la isla en sus incursiones por las costas de África. Y se sentía como en casa, acabante de llegar, dispuesto a llevarse bien con los fantasmas de sus cráteres.
No conoció a César Manrique, pero sí tenía el presentimiento de conocer a su fantasma. Cuando hice un ‘Punto de Vista’, en los orígenes de la TVC, sobre la figura del artista lanzaroteño, Saramago dejó dicho que el fantasma de César vagaba por la isla y estaba al corriente de los desmanes urbanísticos que se habían cometido en su ausencia.
Ahora Lanzarote puede decir que la habitan dos fantasmas que por fin se conocen. Y habrá que preguntarse de qué hablan César y Saramago, después de tanto tiempo queriendo saludarse de igual a igual. Pepe Dámaso, que ha sido como el puente existencial entre ambos creadores, en los distintos planos en que han coexistido hasta ahora, rindió un homenaje a Pessoa de la mano de Saramago, que en la novela citada (‘El año de la muerte de Ricardo Reis’), recreó la figura de uno de los célebres heterónimos del poeta portugués. César, ausente físicamente, ha estado, sin embargo, presente en las estancia isleña del escritor bajo esa especie de vida espectral tan intensa en todos los rincones de Lanzarote. Fernando Gómez Aguilera (autor de la semblanza lanzaroteña de Saramago) y José Juan Ramírez (presidente de la fundación manriqueña) han puesto a conversar ambas voces como si estuvieran cara a cara a través de sus obras respectivas. Éllas, cómplices, ahora permanecen y nos hablan en nombre de sus creadores.
La experiencia de un lector canario de Saramago es distinta a la de cualquier lector del continente. El autor de ‘Ensayo sobre la ceguera’ (1995) es inequívocamente un escritor en plenitud (que ya ha desplegado una considerable artillería narrativa en obras como ‘Manual de pintura y caligrafía’, ‘Memorial del convento’, las novelas de Ricardo Reis y la balsa de piedra, la ‘Historia del cerco de Lisboa’ y su famoso ‘evangelio’ censurado que lo empujó al éxodo canario), bajo la influencia de un lugar, el paradero del volcán de Saramago, donde imaginó una espantosa epidemia colectiva que dejaba a la gente ciega, en blanco.
Carlos Fuentes sostenía, tras acudir a ver al novelista portugués en su escondite conejero, que él no podría vivir allí de modo permanente, porque la geografía era demasiado apabullante y poderosa y podía eclipsarle, enterrarle bajo sus cenizas. Saramago, en cambio, se mostraba feliz e integrado en el paisaje de Lanzarote, decidido a vivir en la isla y a morir en ella. “Es admirable esa fusión de ambos, como hechos el uno para el otro”, me dijo el novelista mexicano, en aquella ocasión.
Ahora quedan todos los libros de Saramago. Sus novelas, sus ‘cuadernos de Lanzarote’ (diarios reveladores escritos en la propia isla), sus obras de teatro y hasta óperas, y su vertiente poética anterior (que musicaron e interpretaron Pedro Guerra y Luis Pastor), en la que se refugió ante la indiferencia que mereció su primera novela, ‘Tierra de pecado’. Él era un poeta que disimulaba serlo, porque hacía tiempo que había dejado a un lado los versos desde que empezó a tener éxito como novelista, ya tardíamente, con más de medio siglo de vida, a partir de ‘Levantado del suelo’. Como a mí me atrapó siempre Pessoa, aquella vez hablamos más de él que de los novelistas que le habían interesado. ‘Pessoa es más que poeta, Portugal’, creo que fue lo que dijo.
Un día le hicieron feliz. El hijo campesino de Azinhaga se encontraba en un aeropuerto. Solo. (La historia puede tener matices que desconozco, pero me atengo a su propia versión contada en privado.) Lo llamaron por teléfono y le dieron la noticia. Acababan de concederle el Premio Nobel de Literatura. Y dispuso de muchos minutos aún para seguir disfrutando, en silencio, a solas, por los pasillos de la terminal del aeropuerto, del placer infinito del éxito supremo de sus palabras. Las que siempre escribió pensando en no cambiar el mundo.