La Huelga General del 29 de septiembre es como un sucedáneo del Día de los Trabajadores, o una nueva fecha para la fiesta sindical, dado el decaimiento de los últimos primeros de mayo. A las centrales sindicales españolas les escuecen las críticas sobre su tibia reacción ante los 4,5 millones de parados, en lo que algunos llegaron a calificar de luna de miel con ZP.
Y el ensayo del paro de la función pública no hizo sino echar más leña al fuego (los sindicatos conceden una tregua al Gobierno, esa huelga parece pactada con La Moncloa, han hecho un paripé, etc., fueron comentarios desdeñosos a raíz de la escasa incidencia de la protesta contra los recortes sociales).
El 29 de septiembre es una fecha de desagravio sindical, donde se reivindican los principios del sindicalismo como si, amén de que sea un paro, fuera un acto de fe. Los sindicatos están heridos en su amor propio. Se les airean los sueldos de los liberados, las subvenciones, la tutela pública de sus cuentas y, en tiempos de ajuste y rebaja de los derechos, en el fondo se les trata de desacreditar, como si fueran parte de un sistema corrompido de intereses cruzados inconfesables, y también les tocará hacerse el harakiri, inmolarse y vagar en los fuegos fatuos de esta crisis como fantasmas, hasta que todo pase, las reglas de juego y contratación sean las que sean, la banca sea la que sea, el gobierno el que sea, y todo sea lo que tenga que ser.
Por eso, los sindicatos no tienen otra alternativa que lanzarse a la piscina y tratar de movilizar a los trabajadores (habrá que precisar en adelante añadiendo a los trabajadores, los parados, éstos últimos ya suficientemente numerosos como para integrar una nueva subdivisión con entidad propia dentro del mundo laboral), sin saber a ciencia cierta cuál y de qué tamaño será la respuesta de la sociedad a la reforma laboral que hoy apruebe el Consejo de Ministros, tras obtener un apoyo condicionado de la Comisión Europea a sus planes de ajuste.
Han dicho huelga donde querían decir demostración de fuerza. Y tendrán que batirse el cobre, sacar a la calle a millones de españoles el 30 de junio en las manifestaciones de precalentemiento que subyacen en la convocatoria, y rellenar las calles de Madrid de cabezas y pancartas el 9 de septiembre en el penúltimo acto de la séptima huelga general de la democracia.
No les queda otra.
Comienza España hoy su carrera hacia la final del Mundial en el Día de la Juventud de Sudáfrica en memoria de los doscientos menores acribillados en la matanza de Soweto (1976) en defensa de una misma educación para blancos y negros. En el apartheid sobraban razones para salir a la calle y jugarse la vida, incluso cuando ésta estaba todavía por hacerse.
Los sindicatos españoles han hecho sonar sus vuvuzelas contra el abaratamiento del despido. Necesitaban hacer ruido. Y el 29 de septiembre es la PAU sindical, la selectividad de unos sindicatos que no pueden suspender. Que también ese día juegan su final.