lunes, 14 de junio de 2010

El jabulani es un balón redondo como todos que salta más de la cuenta por lo visto. Una pelota de playa, dicen algunos de sus detractores. Un globo loco de helio bajo palio, ¡es el balón del Mundial! Su Majestad esférica periférica. ¡Toda la gloria del fútbol vuela a Sudáfrica, a la sombra del Tercer Mundo, al continente del primer hombre!

De modo que todo es un perfecto reflejo del nuevo orden internacional.

Cambian los tiempos, los equilibrios, el centro de gravedad y hasta la terminología. ¿Quién se atreve ahora a llamar Primer Mundo a éste que está cayéndose a pedazos y ya ni merece la pena como simple destino para emigrar a ojos de un africano en paro o con espíritu emprendedor?

El mundo está patas arriba, como acuñó Eduardo Galeano antes de la crisis. Los exploradores de los expoliadores de África procedían de países que hoy se revuelven para salir de una recesión que, acaso, tomando al pie de la letra a Alain Touraine, no tenga fin.

Hasta Grecia, cuna de civilizaciones y arqueológicamente fósil de la más antigua democracia (la Atenas de Pericles, hace 2.500 años), vive horas de bochorno humillada ante el mundo por no saber mentir y ser sorprendida haciéndolo.

Pero no es Grecia la única máscara de este baile de disfraces en el salón del primer mundo: un fastuoso clan de timadores (estados y estafadores, instituciones financieras, mercados, especuladores, multinacionales y Madof) medró con el cuento de las cuentas falsas. Todo era un cuento.

Y éste de ahora es el mundo real. Las cuentas de verdad.

América y África hace tiempo que ajustan cuentas con Europa, que le dan patadas al jabulani europeo. América, vengándose de la historia en pleno bicentenario de sus independencias: Lula arrodilla a la UE ante las economías emergentes de las viejas colonias, que resisten a la crisis enorme con enorme solvencia insospechada en esos territorios de ultramar, como en tiempos de la ruta de Indias se decía con arrogancia desde el Imperio. Obama planta a Europa, se excusa para no ir a saludarla a Madrid, y el fracaso de la cumbre bilateral explica a las claras que la UE no pinta un carajo.

“¡UE, UE, UE, UE, UE!”, bien podrían corear ahora las gradas de Johannesburgo, como desquite por el racista “¡UH, UH, UH” de los estadios de Europa, la blanca Europa que las está pasando negras.

Y entonces comienza a rodar el balón en África.

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