La primera célula sintética de la historia que cobra vida (como si una Barbie rompiera a andar por su propio pie), obtenida en un laboratorio por el biólogo estrella norteamericano Craig Venter, uno de los padres del genoma humano, ha abierto una brecha en la comunidad científica internacional diez años después de lograr la célebre secuenciación del ADN, cuando tal cosa parecía mentira.
Lo que este controvertido y audaz hallazgo (implantar en una célula un ADN ajeno diseñado químicamente aparte con resultado equivalente a vida) nos está diciendo es que es posible crear un modo de existencia artificial algún día. Todavía no. De nuevo, el cine (‘Parque Jurásico’) recreándose en la realidad. Las implicaciones ético-religiosas de esta nueva injerencia del hombre en los planes de Dios no tardarán en armar un revuelo considerable. Pero, al igual que sucedió con el debate, hace catorce años, sobre la oveja Dolly, que dejó de excitar a los más susceptibles enemigos de una futura factoría de clonación de bebés rubios de ojos azules, cuando el pobre mamífero contrajo una dolorosa artritis prematura y poco después fue sacrificado a causa de una grave enfermedad, esta vez la polémica remitirá cuando salgan a relucir los primeros defectos de fábrica del invento. Y acto seguido, se calmarán los exégetas y detractores de Craig Venter, rebajando el alcance del milagro de este daimon del show business científico y volverán al primer plano las voces que abogan por una reconciliación de la ciencia con Dios, recordando que la vida en la tierra, como tal (separada de la idea antropológica de inmortalidad), necesita, más allá de un ADN literal, el ‘élan vital’, la fuerza divina. El alma, seguramente.
Craig Venter, como ya queda dicho, es, además de un nefelibata que trata de tocar las nubes con la mano, un científico que se mueve por intereses, no sólo por el interés legítimo de conocer. Esta investigación que ahora ha dado la vuelta al mundo (en realidad, uno de sus mayores méritos es dominar las tablas de la ciencia star y alimentar a los medios de comunicación globales con noticias suculentas que desdramatizan heréticamente la idea de Dios, como hizo en las guaguas de Londres el biólogo ateo Richard Dawkins, seducido por la llamada de la llama infernal de la fama) ha sido sufragada por grandes petroleras, con el fin de resolver un problema energético básico: diseñar bacterias que produzcan combustible con energía solar y CO2 atmosférico. El petróleo, como se sabe, está en vías de extinción.
Con evidente astucia, este ‘prometeo’ del tubo de ensayo asegura, al revelar su descubrimiento a bombo y platillo, que pretende fabricar electricidad, algas que, en efecto, transformen CO2 en hidrocarburos, vacunas, microorganismos que combatan las aguas contaminadas y toda una amalgama de prodigios. Claro que al generar vida sintéticamente, aun cuando sea por ahora de modo unicelular y primigenio, el equipo de eficientes bioquímicos dirigido por el exmarine que regresó de Vietnam y que no ha dejado de jugar a robar el fuego de los dioses para dárselo a los hombres, como el mito, en el tallo de una cañaheja, con una mezcla de arrogancia visionaria y genialidad mercantilista, acaba de decir al mundo que es posible no sólo salvar vidas en el futuro con su mágico truco, amén de ‘lavar’ mareas negras y concebir energía barata, sino fabricar ‘frankensteins’ tarde o temprano. Y esa hipótesis que acarició siempre la ciencia ficción conmociona y estremece dentro y fuera del laboratorio, saltando a los escenarios de la política, la seguridad y la empresa en tiempos críticos.
Craig Venter es un ambicioso hombre de ciencia y negocios (no se sabe en qué proporción una cosa y la otra) y un ‘vividor’ inteligente que en los años 80 desafió la lentitud del desciframiento público del genoma humano en EE.UU. y no ha ganado el Nobel (por ahora) a causa, probablemente, de sus excentricidades y aires de grandeza. Un ‘einstein’ que navega en jets y yates de lujo no encaja en el perfil de sabio circunspecto y reservado que cultiva la Academia sueca.
Esta vez, Craig Venter, antes de sacudir los cimientos de la ciencia del mundo a través de la revista Science con su ‘scoop’ (la copia exacta de un genoma natural, el de la bacteria Mycoplasma Mycoides), ha estado surcando los océanos del planeta en busca de vidas marinas con adns emulables en un laboratorio. Lo más sensato es suponer que este impresionante avance para un mundo tan impresionable, gracias a su célula apócrifa, no signifique por el momento una expresión amenazante de vida artificial, pero sí una semilla que hará crecer en el futuro árboles de autor como avatares de una naturaleza falsificada, microorganismos de diseño para la lucha ecológica, poblamientos de salvaguarda de la biodiversidad y útiles armas en la guerra contra el cambio climático, y remotamente, quién sabe, puedan contribuir al bioterrorismo, como ya es motivo oficial de preocupación en la Administración Obama a raíz de este hallazgo.
La otra inquietud, la bioética, resulta una sospecha madrugadora de un proceso imparable de creación de vida artificial, que, en su caso, será realidad al final de un túnel que, con Craig Venter o sin él, ya recorren centenares de científicos, en público o en secreto, con fondos estatales más o menos encubiertos o de inconfensables bolsillos, para satisfacer la curiosidad inagotable del hombre de soplar y hacer botellas.