El hecho de que el mayor telescopio del mundo (el extremadamente grande, E-ELT, por sus siglas en inglés) vaya a ser construido finalmente en el Cerro Armazones de Chile, en el desierto de Atacama, al sur de Antofagasta, y no en la cumbre del Roque de los Muchachos, en la isla de La Palma, es fruto, en gran medida, de la testarudez de la ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, que se dio por vencida de antemano y siempre antepuso, a las demandas de mayor implicación por parte de las autoridades políticas y científicas canarias, el argumento claudicante de que el cielo chileno, a juicio de los expertos, era de superior calidad que el de Garafía.
Tiempo habrá de sobra para conocer con detalle, a lo largo de este año, los criterios científicos barajados por el comité asesor en marzo y, finalmente, ahora el consejo del Observatorio Europeo Austral ESO), para llegar a la conclusión de que Chile era mejor opción que La Palma. Nadie se lo cree.
Si nos atenemos al secretismo con que se han llevado las negociaciones (¿hubo tales?) de España, el propio documento de la oferta oficial del Gobierno español, que tanto se hizo esperar, y los propios términos de la conclusión, nada hace pensar que haya sido una decisión transparente. Los científicos españoles están tristes (bueno, no todos, más de uno se alegra de que, por fin, el irredento Instituto de Astrofísica de Canarias, IAC, se caiga del caballo y pierda categoría en el concierto mundial), pero los astrónomos de Europa que se han compinchado para localizar en la montaña del desierto chileno y no en territorio europeo este artilugio de mil millones de inversión, calificado como el mayor ojo del mundo en el cielo, están celebrando con champán (las burbujas asemejan una lluvia de estrellas y todo queda metafóricamente muy cósmico y cómico, a la vez), porque cobrarán más dietas por los desplazamiento transoceánicos a América, seguirán alimentando sus relaciones cimentadas en décadas de idas y venidas con la patria de Neruda y, de paso, habrán asestado a su continente (Europa, al fin y al cabo) una puñalada certera, abortando la posibilidad de ponerse por delante de la otra potencia, EE.UU., con la financiación y puesta en funcionamiento en 2018 del mayor telescopio del mundo (42 metros de diámetro de espejo primario) en suelo europeo.
La oferta económica española (presentada casi a palos, por presiones de Canarias, cuando Madrid no abría la boca y ya decía que todo estaba perdido) era inmensamente superior que la chilena. La calidad atmosférica del cielo palmero es incomparablemente mejor y más segura que la sospechosa estadística de 320 noches de observación que se atribuye el Cerro Armazones. La sismicidad de este último emplazamiento (para muestra, el botón del terremoto de febrero de 8,8 grados en la escala Richter) y el smog provocado por las minas cercanas como demuestran las fotos que circulan por Internet, permiten dudar del rigor del veredicto.
Cuesta creer que en un cerro amenazado de un seísmo aún mayor, y por cuya causa las compañías aseguradoras se pensarán dos veces dar cobertura a la inversión (cuando menos, será necesaria una financiación extra para adaptar la instalación a los riesgos ya descritos), se vaya a alzar la mayor infraestructura de investigación astronómica del planeta como por obra y arte de una caprichosa majadería de un lobby más eficaz, en lo político y diplomático, que la mansa España de Zapatero presidenta pasiva de la UE a la que no sólo asimilan a la situación paupérrima de Irlanda y Portugal tras el descalabro heleno , sino que en I+D es el hazmerreír.
Nos hemos quedado con dos palmos de narices. Con el gozo en un pozo. Con el IAC en segunda división. Con el Grantecán fuera de juego. Y con la percepción de una derrota lamentable en un partido que teníamos ganado. La culpa es del árbitro, desde luego, y algún día se conocerán los detalles de esta canallada que condena al ostracismo a la ciencia española y la Astrofísica canaria una vez depuestas del liderazgo mundial, pero no es de recibo, bajo ningún concepto, la holgazanería cómplice, con mascarada de última hora incluida, de la ministra Garmendia y todo su equipo. Todo un dechado de mediocridad que explica los goles fallados con la portería vacía. Y el gol en propia puerta.