Esta vez nube gris no es el apodo de un apache, sino el sombrajo de ceniza sobre el cielo de Europa, como si de una plaga de langostas gigantesca se tratara, producto de la erupción de un volcán singular, al sur de Islandia, situado bajo un glaciar, que curiosamente apenas ha causado daños salvo la evacuación de varios centenares de vecinos. ‘Bajo el glaciar’ (parafraseando el título de la novela de Susan Sontag), el volcán explotó el otro día y no ha parado de vomitar una mezcla de lava bajo cero, como si el gélido fuego del verso de Juan Ramón se plasmara en estas bocanadas de hielo derretido al rojo vivo. El problema no está en esas coladas de hielo y fuego a la vez, sino en las columnas de ceniza que han formado la nube gris que avanza desde el norte de Europa cerrando aeropuertos por todos los países que atraviesa. Y ocasionando un serio revés a regiones turísticas como la nuestra, tan dependientes del turista inglés o alemán (también este último aislado por aire).
Coincide desgraciadamente este contratiempo con los primeros signos de recuperación del turismo en las islas, después de dos años de la peor crisis de su historia. Conviene esperar que el caos aéreo sea ‘pasajero’. Por el bien de Canarias. Heathrow y Francfort, el primer y tercer aeropuerto con mayor tráfico internacional, han permanecido cerrados (junto a aeródromos de otros quince países) desde que el cielo oscureció con la ceniza del volcán de Islandia. Un país donde entra en erupción un volcán cada tres años (el volcán suyo de cada día). La crisis aérea puede durar apenas unas horas más si el cielo se despeja rápido, o puede empeorar si el volcán no cesa de escupir ceniza (y si no entra en erupción, para mayor contrariedad, otro volcán, el Katla, de consecuencias más devastadoras por tierra y por aire).
La ceniza es como la calima sahariana que nos recuerda que estamos al lado del mayor desierto del mundo; una gasa rubia de polvo en suspensión capaz de recorrer grandes extensiones entre continentes a través del Atlántico. En este caso, la nube cenicienta se desplaza por el cielo de Europa y cierra su espacio aéreo. Es otra catástrofe (de momento, económica, y muy considerable para aerolíneas, que cayeron en picado en las bolsas, y estados y destinos turísticos) que sumar al catálogo de inundaciones, lluvias y terremotos recientes (Haití, Chile, China). Desde los atentados del 11-S de 2001, el tráfico aéreo no sufría un mazazo igual. En Canarias nos hemos habituado a cultivar cierta familiaridad con imponderables naturales o incidentes que no se prodigaban en nuestro ámbito: en especial, tormentas y ceros energéticos (aunque ya más de un experto aprovecha para alertar sobre nuestras condiciones idóneas para mareas negras y ‘prestiges’ o, como allá por 2004, precisamente para una posible erupción volcánica, vaya usted a saber).
Cancelar vuelos no es tan infrecuente. Cerrar aeropuertos es algo que conocen bien palmeros, gomeros y herreños, sobre todo. Pero Europa no está acostumbrada a este tipo de incomodidades más propias de unas islas que de un continente. Diríase que esta vez, los europeos han sentido en carne propia la impotencia insular de saberse incomunicados con el exterior (los transportes terrestres, aun los de alta velocidad, no logran competir con la aviación). Como si la UE se convirtiera de pronto en una gran RUP (Región Ultra Periférica). Es la lección que les depara este smog del volcán islandés.
La ceniza no es inofensiva para nuestro buen amigo el avión. Hace casi 30 años, el comandante británico Eric Moody hizo gala de una flema admirable ante una plaga de ceniza como ésta, y en pleno vuelo sobre Yakarta comunicó a sus pasajeros que se le habían parado los cuatro motores y confiaba en que no cundiera el pánico. Dijo que era “un pequeño problema”. En efecto, perdió altura, cuando ya no le quedaba otro remedio que caer al vacío, y milagrosamente entonces, con el aire más limpio, logró encender tres de los cuatro motores averiados y aterrizó. La ceniza se cuela por las turbinas, para los reactores y deja el avión en manos de Dios. Tengo la esperanza de que ‘nube gris’ deje de hacer señales de humo y pronto Europa vuelva a ver las estrellas y a los aviones cruzar el cielo sin mascarilla.