Sea ésta la última pieza (por ahora) sobre el deporte rey, con la que culminar una trilogía de artículos en torno a la figura de Messi. El ‘partido del milenio’ (jocoso modo de tildar estos clásicos del fútbol español, agotado ya el tópico de ‘partido del siglo’, nada menos) no defraudó. Barcelona y Real Madrid no son exactamente sinónimos, como no lo son Messi y Ronaldo, pero ambos (equipos y jugadores) representan la élite de la Primera División, y de ellos para abajo hay un abismo (un abismo de oro, con todo, lo que encarece hasta tal punto ser parte de él, que es comprensible, como en el caso del Tenerife, costear una estancia corta según sus posibilidades, que nadie se rasgue las vestiduras pretendiendo otra cosa: hay palcos y palcos, y aquí hablamos, como luego veremos, del reino de los cielos).
No decepcionó el partido. El Bernabéu era una fiesta. Un estadio en estado de gracia toda la temporada. Hasta ese sábado, día 10. Tras el gol de Messi, el estadio enmudeció. El locutor narró el instante: “Silencio en el Bernabéu”. Claro que también cabía añadir: “Se rueda”. El desparpajo infantil del jugador, que inventa travesuras, muerde a veces la camiseta como si no lo estuviera mirando todo el planeta y padece de una modestia que contraría su enorme fama, es digno de ser filmado en cada movimiento para la posteridad. Y, por suerte, es así, algo que lamentaremos siempre de Di Stéfano, en gran medida inédito hoy.
El carisma de Messi supera su afasia y timidez. Es un caso que remueve todas las teorías acerca del endiosamiento del mito. Ni es fanfarrón, ni le apetece. Apenas trasciende su vida privada. Trasmite normalidad en todo lo asombroso que hace con un balón sobre el césped y regala goles, jugadas y gambetas geniales como si se le cayeran monedas de oro del bolsillo y no las recogiera en un exceso de generosidad, como si Picasso pintara cuadros sublimes que dejara olvidados por ahí. Sientes, a menudo, pena del ídolo. Te da pena verlo solo saliendo el último con la pelota bajo el brazo como si todos se hubieran ido dejándolo atrás. Es una extraña mezcla de sensaciones: en el campo, tras deslumbrar al mundo, inspira admiración extrema, ternura y un sentimiento protector por si pudiera pasarle algo una vez en la calle.
Las imágenes de Messi valen una fortuna. Y hacen felices a tantos que, entre el público o ante la pantalla, aguardan a ver qué guardan en la memoria para alimentarse el alma, que es niña y se mece en la cuna de Messi donde sueñan los ángeles.
Estos días, el periodismo deportivo mundial, rendido ante las proezas de La Pulga, han elevado al 10 argentino del Barcelona a los altares. Messi pasó a ser el Mesías para ‘The Sun’, el tabloide británico de mayor tirada, tras doblegar al Arsenal con cuatro goles de su factoría en el Camp Nou. The Guardian vio un Barça “encendido” y un Arsenal “obnubilado”. Y así todos los medios fueron desgranando elogios al jugador de ‘PlayStation’, como lo definió el técnico rival, Arsene Wenger. El mejor consejo lo ha dado hasta ahora el único jugador español que marcó al astro con éxito en dos ocasiones en la misma temporada: “Lo primero que puedes hacer para parar a Messi es rezar” (Nacho Monreal, defensa del Osasuna).
De manera que estábamos en el debate de quién era dios, si Maradona o Messi, o tanto uno como otro. “Messi que estás en los cielos”, titulaban los diarios deportivos españoles antes del duelo del Bernabéu. Faltaba Pedro. San Pedro.
Para los canarios, y en particular para los tinerfeños, la meteórica carrera de Pedro Rodríguez Ledesma es un aldabonazo, una bocanada de aire fresco, un desmentido de la historia. Resulta que un isleño ultraperiférico se salta todas las barreras y entra en el Camp Nou como Pedro por su casa y va al Bernabéu y se empareja con Messi, gol tú, gol yo, el mejor jugador del mundo. La biografía deportiva de Pedrito (diminutivo que recuerda al Pollito de la Frontera, que ya talludo y corpulento parecía un contrasentido) marca un hito en una aproximación hermenéutica a la condición humana del insular, no de cualquier insular, sino de éste, el canario, que siente y padece una rémora de complejos atávicos con la que se flagela cada vez que se propone en su terruño despuntar en alguna faceta.
Piénsese que este descubrimiento de Guardiola ya es todo un personaje dentro de la historia del fútbol: el primer caso de jugador que ha conseguido marcar al menos un gol en todas y cada una de las competiciones oficiales de clubes en una misma temporada (Champions League, Copa Mundial de Clubes, Supercopa de Europa, Liga española, Supercopa de España y Copa del Rey), tal como sucedió en 2009.
Ahora, con 22 años, la misma edad que Lionel Andrés Messi, saborea las mieles de un éxito que no es casual, sino el fruto de La Masía, una vieja casa rural del siglo XVIII convertida en fábrica de talentos desde la época de Josep Lluis Núñez, en la que se alojaron las promesas más célebres del primer equipo, desde el propio Guardiola, hasta esta generación de Xavi, Iniesta, Pujol, Piqué, Valdés, Busquets, Pedrito y Messi, el primero de la academia en alcanzar el Balón de Oro (también en 2009, el año prodigioso del club).
Cruyff dice que Dios está al lado del Barcelona. Esta relectura bíblica del fútbol a la que nos hemos aficionado sin querer al calor de los goles ‘milagrosos’ del Mesías, se enriquece a partir de ahora con símiles de la misma estirpe, como gusta a la literatura futbolística española. Sin ir más lejos, con Pedro. San Pedro. “Tú eres Pedro…Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos”, son palabras del Mesías en el Nuevo Testamento a aquel pescador de Galilea, como si el Mesías blaugrana le hubiera dado al canario los galones para estos goles. Pedro, el pescador de goles del Barça, dejó uno de muestra en las redes del Madrid, diríase en esa crónica evangélica de moda. Pedro, el príncipe de los apóstoles de Messi, su favorito. Y nada cuesta imaginar un lienzo que pronto recree la última cena con Messi y sus apóstoles (aunque los comensales sumen once y no doce, salvo que se añada a Pep Guardiola). Pedro, la piedra angular de la delantera mágica del mejor equipo del mundo en plena gloria. Pedro, testigo de la transfiguración de Messi en el campo en cada gol. ‘Petrus Eni’ (Pedro está aquí). Y nada hace suponer que lo traicione negándolo tres veces (hat trick) antes del canto del gallo para que la profecía fuera redonda como un balón.