lunes, 05 de abril de 2010

Messi que estás en los cielos, recita el hincha por Semana Santa. Dios es argentino, reivindican en la patria de Perón con Messi y Maradona en la punta de la lengua. Ni Diego ni Leo son Dios, pero al primero ya le han fundado una iglesia desde que lo dieron por muerto en una de sus múltiples recaídas: a las puertas del hospital rezaban sus más fieles invocando el milagro. El dios Diego es un héroe póstumo, un resucitado. Y Messi tienta sin querer la inmortalidad de esa estirpe de dioses. Ya nadie discute quién es el quinto inquilino del olimpo del fútbol. Di Stéfano, Pelé, Maradona, Cruyff y Messi.

Para ser una leyenda hay que ganar un Mundial, dice con modestia y con razón el último astro universal, defendiéndose del veneno bajo palio del elogio. A Pelé, que a su edad tenía ya dos mundiales en su haber, lo acompañé un día entero en los años 80 y comprobé que la fama no se le había subido a la cabeza. Me contó secretos de alcoba de fútbol. “El sexo mejora el rendimiento de un futbolista”, por ejemplo, derribando así uno de los mitos más infundados. Maradona sucumbió al deseo de la droga y se endiosó.

Cruyff era autoritario e insigne. A Valdano, durante un partido, lo llamó aparte y le espetó: “Trátame de usted”. El balón era suyo. No lo soltaba ni cuándo el árbitro pitaba falta, quería saber por qué, dónde debía sacarse, quién era el infractor, pedía explicaciones. Y los árbitros se las daban como si fuera dios. Estos días, con motivo de ser distinguido como presidente de honor del Barcelona, he leído artículos sobre la magia del holandés venerable, que a cada rato quería inventar el fútbol (y de hecho, ideó una modalidad ajena al reglamento que divulgó durante una época en partidos de exhibición), hasta tal punto que en la Ciudad Condal recuerdan cómo, hasta que él llegó, el equipo estaba condenado a la frustración. A Cruyff le agradecen que los enseñó a soñar en grande y a saborear la gloria permanente, hasta hacer de ello una cultura futbolística que llega hasta nuestros días con Guardiola como el sucesor. Un día, vi salir a Cruyff del vestuario abatido y le pregunté si daba la liga por perdida. Matemáticamente, sólo le quedaba un soplo de vida a su equipo, el Barcelona, mientras el eterno rival, el Real Madrid, tenía el título prácticamente en el bolsillo. Me dijo: “Peor no puede estar, pero nunca te puedes dar por vencido”. Sucedió lo excepcional y ganó en idénticas circunstancias, o sea, en el último aliento del campeonato, aquélla y la siguiente edición. Nunca te puedes dar por vencido. En Cataluña, Cruyff es dios.

Pelé dice que Di Stéfano fue mejor que él. Don Alfredo sería el Padre, Pelé el Hijo y Maradona el Espíritu Santo. Claro que Cruyff y Messi multiplican la descendencia del progenitor que consagró la fe en el fútbol. El fútbol es fe. Cruyff, aquellas dos veces por mediación del Tenerife, prueba hasta qué punto lo es. Y Messi será o no será dios, pero hace goles que no son de este mundo. Messi y Maradona, qué par de argentinos. Dos dieces como dos dioses.

Benedetti nos dio el título del libro que escribimos en los 90 sobre el otro argentino carismático, Jorge Valdano, que fue campeón del mundo y vivió en primera persona algunas de las proezas del Pelusa en la tierra: su gol imposible a Inglaterra, el segundo de aquella velada de revancha por la guerra de las Malvinas, en el Estadio Azteca, en cuartos de final del Mundial, el 22 de junio de 1986, en que sorteó contrarios como obstáculos de un slalom, inspirando en el narrador Víctor Hugo Morales una de las descripciones más bellas en directo a través de la radio, que no me resisto a reproducir: “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… Siempre Maradona. ¡Genio! ¡Genio!¡Genio” , ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… y gooooool, gooooooool… Quiero llorar! Dios santo! Viva el fútbol! Golazo! Diego! Maradona! Es para llorar, perdónenme…Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico…., ¿de qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina… Argentina 2-Inglaterra 0…¡Diegol! ¡Diegol! Diego Armando Maradona. ¡Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0”.

El título del libro fue ‘Sueños de fútbol’, que es la expresión que utiliza uno de los personajes del cuento ‘El césped’, de Benedetti, para definirse una especie de bicho raro enfermo de tales obsesiones. El poeta uruguayo fue el que bautizó el primero de los dos goles míticos de Maradona en aquel partido que elevó al jugador a los altares: ‘La mano de Dios’, un gol que fingió marcar con la cabeza y en realidad metió con la mano, como si fuera la mismísima mano divina del fresco de Miguel Ángel en ‘La creación de Adán’.

Messi es el discípulo más aventajado de Maradona, que ha sido el espejo en el que siempre se miró, hasta que él mismo se convirtió en espejo. ¿Y ahora qué? ¿Puede haber más de un dios a la vez y que sean iguales? El perro de Maradona lo mordió en la cara y no era la máscara de Messi. Hay dos.

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