La deshumanización del turismo de masas va camino de ser historia y se impondrá, tarde o temprano, un turismo personalizado, cuya demanda consistirá en contratar el paquete que le interese a cada viajero con o sin familia. Y ahí entra en el juego Internet y las redes sociales y los clusters de empresarios creativos y la inevitable reconversión de las agencias de viaje en la nueva oferta de servicios.
De todo esto se hablara hoy jueves en la Convención Turism Revolution Ecosistem, en el hotel Las Águilas del Puerto de la Cruz (ciudad pionera del sector, allá por los años 60, que está pidiendo por señas una urgente renovación). El turismo asiste en Canarias a un profundo debate interno tras la mayor crisis de su historia. Pero, en medio de esta catarsis, irrumpió la nube del volcán islandés que dejó patas arriba el tráfico aéreo, los hoteles en cuestión y todo el mundo económico que mueve el motor de muchas economías de Europa, como, sin duda, la nuestra.
La nube de ceniza ha revelado la estupidez crónica de la existencia de la Unión Europea como falacia. El cierre, por un efecto mimético, del espacio aéreo de una veintena de estados, que ha llevado al turismo a la bancarrota, ha sido idea de un iluminado y nadie se paró a pensarlo dos veces. Resulta que durante una semana (que se cumple hoy) el turismo se va al garete en Europa, sufre el mayor caos que se recuerda desde el 11-S de 2001, deja sin volar a millones de pasajeros y a decenas de miles atascados en países ratonera (en Canarias ayer permanecían 124.000 ciudadanos extranjeros ‘condenados’ a prolongar sus vacaciones mientras aguardaban a que alguien acudiera en su rescate), las aerolíneas suman más de 1.200 millones de euros en pérdidas y el turismo otro tanto, y, como quien no quiere la cosa, cuatro compañías deciden romper las restricciones y comprueban con sus propios aviones que la ceniza no afecta a sus turbinas. E inmediatamente, comienzan a reabrirse los aeropuertos. Y se establecen tres zonas (roja o prohibida, tolerada y abierta).
¿Por qué no se hizo desde el primer día? ¿Por qué no se subdividió el cielo según el índice de peligrosidad supuesta evitando así la dantesca catástrofe económica y social de esta crisis chapucera? Europa ha puesto de manifiesto que carece de experiencia y organismos competentes para una odisea de esta envergadura. O sea, no pinta un carajo. (Obama se excusó por no acudir a la próxima cumbre EE.UU-UE en Madrid para evitar una pérdida de tiempo, según trascendió. La ‘Unión’ Europea atraviesa su mayor crisis de credibilidad internacional, y, como ejemplo, su propia moneda, el euro, es todo un paradigma de inestabilidad a raíz de la debacle de la economía griega…)
Preguntas: ¿Quién va a pagar la factura de esta semana negra por las cenizas de un modesto volcán islandés? ¿Las aerolíneas son hermanitas de la caridad, que generosamente han optado por obsequiar a sus clientes con vacaciones extras pagadas mientras los dioses paneuropeos reconsideraban el cierre del cielo decretado precipitadamente? ¿Alguien midió el coste de la clausura celestial? ¿La seguridad de los pasajeros había sido calibrada debidamente en algún plan de emergencia previo a este incidente, y se ha aplicado algún protocolo, por tanto, o hemos sido conejillos de Indias de unos dirigentes neófitos y desinformados que no descolgaron el teléfono para consultar a quienes, al otro lado del Atlántico, opinan que se debe actuar de modo diferente a como lo ha hecho alocadamente Europa? ¿Dónde han estado durante esta crisis esperpéntica los líderes de la UE, tanto Zapatero, presidente de turno, como Rampuy, presidente permanente?
El Eyjafjalla pasará a la historia como un volcán travieso que le quitó el aire a Europa. Sus cenizas paralizaron durante una semana el medio de transporte más rápido y eficaz, el avión, y sometieron al continente al test de un simulacro de cierre aéreo funesto. Durante siete días, Europa, sus ciudadanos y dirigentes han vivido manga por hombro. Ángela Merkel, la canciller alemana y uno de los políticos europeos más poderosos, se vio reducida a la condición de una seudoautostopista, que tardó tres días por carretera (pinchazo de un autocar, incluido) para regresar a casa (por cierto, tras hacer, semanas atrás, senderismo en los barrancos de La Gomera como una indígena prehistórica aislada de las comodidades del mundo actual). La Royal Navy socorrió a 250 turistas británicos atrapados en España y se los llevó de regreso al hogar en uno de sus barcos rumbo a Portsmouth junto a los soldados que retornaban de una misión en Afganistán. No era la guerra, pero el ataque de la nube negra causó estragos como si lo fuera.
Hemos aprendido una nueva lección sobre nuestros niveles abrumadores de fragilidad extrema. A causa de la disparatada psicosis, los muchachos de Guardiola viajaron por carretera a Italia para enfrentarse en semifinales de la Champions League al Inter de Milán, y perdieron 3-1 (gol, por cierto, de Pedrito). Si quedan eliminados, el culpable es un volcán bajo un glaciar, cuyos vómitos de ceniza nublaron el cielo de Europa y las cabezas pensantes de sus primaverales mandatarios.
No era un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Nadie podrá alegar desconocimiento. Canarias misma experimentó columnas eruptivas de diez kilómetros de altura, como ésta, cuando despertó el volcán de Montaña Blanca, en Las Cañadas del Teide, hace 2.000 años. Entonces, no había aviones, pero ha caído suficiente ceniza del cielo desde entonces como para haber sabido con exactitud cómo actuar esta vez.
Si, como barruntan los empresarios, en los próximos días, las islas cuelgan el cartel de ‘clientes cero’, ante la no llegada de viajeros extranjeros por primera vez en décadas, a causa de este monumental descalabro aéreo y turístico, ¿quién va a compensar el parón de la industria que nos da de comer a dos millones cien mil canarios?
Le preguntaron los eurodiputados al presidente de la Comisión Europea si era posible costear las pérdidas con cargo al presupuesto comunitario, y Barroso se llevó las manos a la cabeza y puso el grito en el cielo.
La crisis volcánica ha permitido al archipiélago descubrir otro sinsentido. Pese a los acuerdos en el Senado y el Parlamento autonómico, el Gobierno central no ha movido todavía un dedo para crear el Instituto Volcanológico de Canarias. Es un despropósito más (como la dejadez en la defensa de la sede de La Palma para el Supertelescopio europeo que aquí hemos abordado con todo lujo de detalle). Un disparate de tal calibre (Canarias es la única región volcánica activa de todo el Estado, y en cualquier país con tres dedos de frente ese Instituto hubiera estado ya ubicado en el archipiélago desde el siglo pasado al menos), que hace un puñado de años, en relación con una erupción local, el entonces presidente de la Sociedad Española de Historia Natural, Lucas Fernández Navarro, se lamentaba de la falta de dicho centro en las islas calificándola de “una deuda de honor, un sonrojo para el país y un crimen de lesa ciencia”. Sin más comentario.
Y una última observación respecto a la nube de cenizas. Con la mayor ingenuidad del mundo y desde la posición de un completo profano en la materia, me pregunto si, dado el pifostio que se ha liado por este motivo, en justa correspondencia, debíamos haber cerrado el espacio aéreo canario cada vez que se nos ha venido encima una nube de polvo sahariano en suspensión, o calima. O han estado jugando con nuestras vidas, o no tiene nada que ver una cosa con la otra, o todo esto no tiene ni pies ni cabeza.