ABRIL 2010 ENTRIES
martes, 27 de abril de 2010 - 9:02

El hecho de que el mayor telescopio del mundo (el extremadamente grande, E-ELT, por sus siglas en inglés) vaya a ser construido finalmente en el Cerro Armazones de Chile, en el desierto de Atacama, al sur de Antofagasta, y no en la cumbre del Roque de los Muchachos, en la isla de La Palma, es fruto, en gran medida, de la testarudez de la ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, que se dio por vencida de antemano y siempre antepuso, a las demandas de mayor implicación por parte de las autoridades políticas y científicas canarias, el argumento claudicante de que el cielo chileno, a juicio de los expertos, era de superior calidad que el de Garafía.

Tiempo habrá de sobra para conocer con detalle, a lo largo de este año, los criterios científicos barajados por el comité asesor en marzo y, finalmente, ahora el consejo del Observatorio Europeo Austral ESO), para llegar a la conclusión de que Chile era mejor opción que La Palma. Nadie se lo cree.

Si nos atenemos al secretismo con que se han llevado las negociaciones (¿hubo tales?) de España, el propio documento de la oferta oficial del Gobierno español, que tanto se hizo esperar, y los propios términos de la conclusión, nada hace pensar que haya sido una decisión transparente. Los científicos españoles están tristes (bueno, no todos, más de uno se alegra de que, por fin, el irredento Instituto de Astrofísica de Canarias, IAC, se caiga del caballo y pierda categoría en el concierto mundial), pero los astrónomos de Europa que se han compinchado para localizar en la montaña del desierto chileno y no en territorio europeo este artilugio de mil millones de inversión, calificado como el mayor ojo del mundo en el cielo, están celebrando con champán (las burbujas asemejan una lluvia de estrellas y todo queda metafóricamente muy cósmico y cómico, a la vez), porque cobrarán más dietas por los desplazamiento transoceánicos a América, seguirán alimentando sus relaciones cimentadas en décadas de idas y venidas con la patria de Neruda y, de paso, habrán asestado a su continente (Europa, al fin y al cabo) una puñalada certera, abortando la posibilidad de ponerse por delante de la otra potencia, EE.UU., con la financiación y puesta en funcionamiento en 2018 del mayor telescopio del mundo (42 metros de diámetro de espejo primario) en suelo europeo.

La oferta económica española (presentada casi a palos, por presiones de Canarias, cuando Madrid no abría la boca y ya decía que todo estaba perdido) era inmensamente superior que la chilena. La calidad atmosférica del cielo palmero es incomparablemente mejor y más segura que la sospechosa estadística de 320 noches de observación que se atribuye el Cerro Armazones. La sismicidad de este último emplazamiento (para muestra, el botón del terremoto de febrero de 8,8 grados en la escala Richter) y el smog provocado por las minas cercanas como demuestran las fotos que circulan por Internet, permiten dudar del rigor del veredicto.

Cuesta creer que en un cerro amenazado de un seísmo aún mayor, y por cuya causa las compañías aseguradoras se pensarán dos veces dar cobertura a la inversión (cuando menos, será necesaria una financiación extra para adaptar la instalación a los riesgos ya descritos), se vaya a alzar la mayor infraestructura de investigación astronómica del planeta como por obra y arte de una caprichosa majadería de un lobby más eficaz, en lo político y diplomático, que la mansa España de Zapatero presidenta pasiva de la UE a la que no sólo asimilan a la situación paupérrima de Irlanda y Portugal tras el descalabro heleno , sino que en I+D es el hazmerreír.

Nos hemos quedado con dos palmos de narices. Con el gozo en un pozo. Con el IAC en segunda división. Con el Grantecán fuera de juego. Y con la percepción de una derrota lamentable en un partido que teníamos ganado. La culpa es del árbitro, desde luego, y algún día se conocerán los detalles de esta canallada que condena al ostracismo a la ciencia española y la Astrofísica canaria una vez depuestas del liderazgo mundial, pero no es de recibo, bajo ningún concepto, la holgazanería cómplice, con mascarada de última hora incluida, de la ministra Garmendia y todo su equipo. Todo un dechado de mediocridad que explica los goles fallados con la portería vacía. Y el gol en propia puerta.

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jueves, 22 de abril de 2010 - 9:21

La deshumanización del turismo de masas va camino de ser historia y se impondrá, tarde o temprano, un turismo personalizado, cuya demanda consistirá en contratar el paquete que le interese a cada viajero con o sin familia. Y ahí entra en el juego Internet y las redes sociales y los clusters de empresarios creativos y la inevitable reconversión de las agencias de viaje en la nueva oferta de servicios.

De todo esto se hablara hoy jueves en la Convención Turism Revolution Ecosistem, en el hotel Las Águilas del Puerto de la Cruz (ciudad pionera del sector, allá por los años 60, que está pidiendo por señas una urgente renovación). El turismo asiste en Canarias a un profundo debate interno tras la mayor crisis de su historia. Pero, en medio de esta catarsis, irrumpió la nube del volcán islandés que dejó patas arriba el tráfico aéreo, los hoteles en cuestión y todo el mundo económico que mueve el motor de muchas economías de Europa, como, sin duda, la nuestra.

La nube de ceniza ha revelado la estupidez crónica de la existencia de la Unión Europea como falacia. El cierre, por un efecto mimético, del espacio aéreo de una veintena de estados, que ha llevado al turismo a la bancarrota, ha sido idea de un iluminado y nadie se paró a pensarlo dos veces. Resulta que durante una semana (que se cumple hoy) el turismo se va al garete en Europa, sufre el mayor caos que se recuerda desde el 11-S de 2001, deja sin volar a millones de pasajeros y a decenas de miles atascados en países ratonera (en Canarias ayer permanecían 124.000 ciudadanos extranjeros ‘condenados’ a prolongar sus vacaciones mientras aguardaban a que alguien acudiera en su rescate), las aerolíneas suman más de 1.200 millones de euros en pérdidas y el turismo otro tanto, y, como quien no quiere la cosa, cuatro compañías deciden romper las restricciones y comprueban con sus propios aviones que la ceniza no afecta a sus turbinas. E inmediatamente, comienzan a reabrirse los aeropuertos. Y se establecen tres zonas (roja o prohibida, tolerada y abierta).

¿Por qué no se hizo desde el primer día? ¿Por qué no se subdividió el cielo según el índice de peligrosidad supuesta evitando así la dantesca catástrofe económica y social de esta crisis chapucera? Europa ha puesto de manifiesto que carece de experiencia y organismos competentes para una odisea de esta envergadura. O sea, no pinta un carajo. (Obama se excusó por no acudir a la próxima cumbre EE.UU-UE en Madrid para evitar una pérdida de tiempo, según trascendió. La ‘Unión’ Europea atraviesa su mayor crisis de credibilidad internacional, y, como ejemplo, su propia moneda, el euro, es todo un paradigma de inestabilidad a raíz de la debacle de la economía griega…)

Preguntas: ¿Quién va a pagar la factura de esta semana negra por las cenizas de un modesto volcán islandés? ¿Las aerolíneas son hermanitas de la caridad, que generosamente han optado por obsequiar a sus clientes con vacaciones extras pagadas mientras los dioses paneuropeos reconsideraban el cierre del cielo decretado precipitadamente? ¿Alguien midió el coste de la clausura celestial? ¿La seguridad de los pasajeros había sido calibrada debidamente en algún plan de emergencia previo a este incidente, y se ha aplicado algún protocolo, por tanto, o hemos sido conejillos de Indias de unos dirigentes neófitos y desinformados que no descolgaron el teléfono para consultar a quienes, al otro lado del Atlántico, opinan que se debe actuar de modo diferente a como lo ha hecho alocadamente Europa? ¿Dónde han estado durante esta crisis esperpéntica los líderes de la UE, tanto Zapatero, presidente de turno, como Rampuy, presidente permanente?

El Eyjafjalla pasará a la historia como un volcán travieso que le quitó el aire a Europa. Sus cenizas paralizaron durante una semana el medio de transporte más rápido y eficaz, el avión, y sometieron al continente al test de un simulacro de cierre aéreo funesto. Durante siete días, Europa, sus ciudadanos y dirigentes han vivido manga por hombro. Ángela Merkel, la canciller alemana y uno de los políticos europeos más poderosos, se vio reducida a la condición de una seudoautostopista, que tardó tres días por carretera (pinchazo de un autocar, incluido) para regresar a casa (por cierto, tras hacer, semanas atrás, senderismo en los barrancos de La Gomera como una indígena prehistórica aislada de las comodidades del mundo actual). La Royal Navy socorrió a 250 turistas británicos atrapados en España y se los llevó de regreso al hogar en uno de sus barcos rumbo a Portsmouth junto a los soldados que retornaban de una misión en Afganistán. No era la guerra, pero el ataque de la nube negra causó estragos como si lo fuera.

Hemos aprendido una nueva lección sobre nuestros niveles abrumadores de fragilidad extrema. A causa de la disparatada psicosis, los muchachos de Guardiola viajaron por carretera a Italia para enfrentarse en semifinales de la Champions League al Inter de Milán, y perdieron 3-1 (gol, por cierto, de Pedrito). Si quedan eliminados, el culpable es un volcán bajo un glaciar, cuyos vómitos de ceniza nublaron el cielo de Europa y las cabezas pensantes de sus primaverales mandatarios.

No era un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Nadie podrá alegar desconocimiento. Canarias misma experimentó columnas eruptivas de diez kilómetros de altura, como ésta, cuando despertó el volcán de Montaña Blanca, en Las Cañadas del Teide, hace 2.000 años. Entonces, no había aviones, pero ha caído suficiente ceniza del cielo desde entonces como para haber sabido con exactitud cómo actuar esta vez.

Si, como barruntan los empresarios, en los próximos días, las islas cuelgan el cartel de ‘clientes cero’, ante la no llegada de viajeros extranjeros por primera vez en décadas, a causa de este monumental descalabro aéreo y turístico, ¿quién va a compensar el parón de la industria que nos da de comer a dos millones cien mil canarios?

Le preguntaron los eurodiputados al presidente de la Comisión Europea si era posible costear las pérdidas con cargo al presupuesto comunitario, y Barroso se llevó las manos a la cabeza y puso el grito en el cielo.

La crisis volcánica ha permitido al archipiélago descubrir otro sinsentido. Pese a los acuerdos en el Senado y el Parlamento autonómico, el Gobierno central no ha movido todavía un dedo para crear el Instituto Volcanológico de Canarias. Es un despropósito más (como la dejadez en la defensa de la sede de La Palma para el Supertelescopio europeo que aquí hemos abordado con todo lujo de detalle). Un disparate de tal calibre (Canarias es la única región volcánica activa de todo el Estado, y en cualquier país con tres dedos de frente ese Instituto hubiera estado ya ubicado en el archipiélago desde el siglo pasado al menos), que hace un puñado de años, en relación con una erupción local, el entonces presidente de la Sociedad Española de Historia Natural, Lucas Fernández Navarro, se lamentaba de la falta de dicho centro en las islas calificándola de “una deuda de honor, un sonrojo para el país y un crimen de lesa ciencia”. Sin más comentario.

Y una última observación respecto a la nube de cenizas. Con la mayor ingenuidad del mundo y desde la posición de un completo profano en la materia, me pregunto si, dado el pifostio que se ha liado por este motivo, en justa correspondencia, debíamos haber cerrado el espacio aéreo canario cada vez que se nos ha venido encima una nube de polvo sahariano en suspensión, o calima. O han estado jugando con nuestras vidas, o no tiene nada que ver una cosa con la otra, o todo esto no tiene ni pies ni cabeza.

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viernes, 16 de abril de 2010 - 22:12

Esta vez nube gris no es el apodo de un apache, sino el sombrajo de ceniza sobre el cielo de Europa, como si de una plaga de langostas gigantesca se tratara, producto de la erupción de un volcán singular, al sur de Islandia, situado bajo un glaciar, que curiosamente apenas ha causado daños salvo la evacuación de varios centenares de vecinos. ‘Bajo el glaciar’ (parafraseando el título de la novela de Susan Sontag), el volcán explotó el otro día y no ha parado de vomitar una mezcla de lava bajo cero, como si el gélido fuego del verso de Juan Ramón se plasmara en estas bocanadas de hielo derretido al rojo vivo. El problema no está en esas coladas de hielo y fuego a la vez, sino en las columnas de ceniza que han formado la nube gris que avanza desde el norte de Europa cerrando aeropuertos por todos los países que atraviesa. Y ocasionando un serio revés a regiones turísticas como la nuestra, tan dependientes del turista inglés o alemán (también este último aislado por aire).

Coincide desgraciadamente este contratiempo con los primeros signos de recuperación del turismo en las islas, después de dos años de la peor crisis de su historia. Conviene esperar que el caos aéreo sea ‘pasajero’. Por el bien de Canarias. Heathrow y Francfort, el primer y tercer aeropuerto con mayor tráfico internacional, han permanecido cerrados (junto a aeródromos de otros quince países) desde que el cielo oscureció con la ceniza del volcán de Islandia. Un país donde entra en erupción un volcán cada tres años (el volcán suyo de cada día). La crisis aérea puede durar apenas unas horas más si el cielo se despeja rápido, o puede empeorar si el volcán no cesa de escupir ceniza (y si no entra en erupción, para mayor contrariedad, otro volcán, el Katla, de consecuencias más devastadoras por tierra y por aire).

La ceniza es como la calima sahariana que nos recuerda que estamos al lado del mayor desierto del mundo; una gasa rubia de polvo en suspensión capaz de recorrer grandes extensiones entre continentes a través del Atlántico. En este caso, la nube cenicienta se desplaza por el cielo de Europa y cierra su espacio aéreo. Es otra catástrofe (de momento, económica, y muy considerable para aerolíneas, que cayeron en picado en las bolsas, y estados y destinos turísticos) que sumar al catálogo de inundaciones, lluvias y terremotos recientes (Haití, Chile, China). Desde los atentados del 11-S de 2001, el tráfico aéreo no sufría un mazazo igual. En Canarias nos hemos habituado a cultivar cierta familiaridad con imponderables naturales o incidentes que no se prodigaban en nuestro ámbito: en especial, tormentas y ceros energéticos (aunque ya más de un experto aprovecha para alertar sobre nuestras condiciones idóneas para mareas negras y ‘prestiges’ o, como allá por 2004, precisamente para una posible erupción volcánica, vaya usted a saber).

Cancelar vuelos no es tan infrecuente. Cerrar aeropuertos es algo que conocen bien palmeros, gomeros y herreños, sobre todo. Pero Europa no está acostumbrada a este tipo de incomodidades más propias de unas islas que de un continente. Diríase que esta vez, los europeos han sentido en carne propia la impotencia insular de saberse incomunicados con el exterior (los transportes terrestres, aun los de alta velocidad, no logran competir con la aviación). Como si la UE se convirtiera de pronto en una gran RUP (Región Ultra Periférica). Es la lección que les depara este smog del volcán islandés.

La ceniza no es inofensiva para nuestro buen amigo el avión. Hace casi 30 años, el comandante británico Eric Moody hizo gala de una flema admirable ante una plaga de ceniza como ésta, y en pleno vuelo sobre Yakarta comunicó a sus pasajeros que se le habían parado los cuatro motores y confiaba en que no cundiera el pánico. Dijo que era “un pequeño problema”. En efecto, perdió altura, cuando ya no le quedaba otro remedio que caer al vacío, y milagrosamente entonces, con el aire más limpio, logró encender tres de los cuatro motores averiados y aterrizó. La ceniza se cuela por las turbinas, para los reactores y deja el avión en manos de Dios. Tengo la esperanza de que ‘nube gris’ deje de hacer señales de humo y pronto Europa vuelva a ver las estrellas y a los aviones cruzar el cielo sin mascarilla.

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lunes, 12 de abril de 2010 - 9:09

Sea ésta la última pieza (por ahora) sobre el deporte rey, con la que culminar una trilogía de artículos en torno a la figura de Messi. El ‘partido del milenio’ (jocoso modo de tildar estos clásicos del fútbol español, agotado ya el tópico de ‘partido del siglo’, nada menos) no defraudó. Barcelona y Real Madrid no son exactamente sinónimos, como no lo son Messi y Ronaldo, pero ambos (equipos y jugadores) representan la élite de la Primera División, y de ellos para abajo hay un abismo (un abismo de oro, con todo, lo que encarece hasta tal punto ser parte de él, que es comprensible, como en el caso del Tenerife, costear una estancia corta según sus posibilidades, que nadie se rasgue las vestiduras pretendiendo otra cosa: hay palcos y palcos, y aquí hablamos, como luego veremos, del reino de los cielos).

No decepcionó el partido. El Bernabéu era una fiesta. Un estadio en estado de gracia toda la temporada. Hasta ese sábado, día 10. Tras el gol de Messi, el estadio enmudeció. El locutor narró el instante: “Silencio en el Bernabéu”. Claro que también cabía añadir: “Se rueda”. El desparpajo infantil del jugador, que inventa travesuras, muerde a veces la camiseta como si no lo estuviera mirando todo el planeta y padece de una modestia que contraría su enorme fama, es digno de ser filmado en cada movimiento para la posteridad. Y, por suerte, es así, algo que lamentaremos siempre de Di Stéfano, en gran medida inédito hoy.

El carisma de Messi supera su afasia y timidez. Es un caso que remueve todas las teorías acerca del endiosamiento del mito. Ni es fanfarrón, ni le apetece. Apenas trasciende su vida privada. Trasmite normalidad en todo lo asombroso que hace con un balón sobre el césped y regala goles, jugadas y gambetas geniales como si se le cayeran monedas de oro del bolsillo y no las recogiera en un exceso de generosidad, como si Picasso pintara cuadros sublimes que dejara olvidados por ahí. Sientes, a menudo, pena del ídolo. Te da pena verlo solo saliendo el último con la pelota bajo el brazo como si todos se hubieran ido dejándolo atrás. Es una extraña mezcla de sensaciones: en el campo, tras deslumbrar al mundo, inspira admiración extrema, ternura y un sentimiento protector por si pudiera pasarle algo una vez en la calle.

Las imágenes de Messi valen una fortuna. Y hacen felices a tantos que, entre el público o ante la pantalla, aguardan a ver qué guardan en la memoria para alimentarse el alma, que es niña y se mece en la cuna de Messi donde sueñan los ángeles.

Estos días, el periodismo deportivo mundial, rendido ante las proezas de La Pulga, han elevado al 10 argentino del Barcelona a los altares. Messi pasó a ser el Mesías para ‘The Sun’, el tabloide británico de mayor tirada, tras doblegar al Arsenal con cuatro goles de su factoría en el Camp Nou. The Guardian vio un Barça “encendido” y un Arsenal “obnubilado”. Y así todos los medios fueron desgranando elogios al jugador de ‘PlayStation’, como lo definió el técnico rival, Arsene Wenger. El mejor consejo lo ha dado hasta ahora el único jugador español que marcó al astro con éxito en dos ocasiones en la misma temporada: “Lo primero que puedes hacer para parar a Messi es rezar” (Nacho Monreal, defensa del Osasuna).

De manera que estábamos en el debate de quién era dios, si Maradona o Messi, o tanto uno como otro. “Messi que estás en los cielos”, titulaban los diarios deportivos españoles antes del duelo del Bernabéu. Faltaba Pedro. San Pedro.

Para los canarios, y en particular para los tinerfeños, la meteórica carrera de Pedro Rodríguez Ledesma es un aldabonazo, una bocanada de aire fresco, un desmentido de la historia. Resulta que un isleño ultraperiférico se salta todas las barreras y entra en el Camp Nou como Pedro por su casa y va al Bernabéu y se empareja con Messi, gol tú, gol yo, el mejor jugador del mundo. La biografía deportiva de Pedrito (diminutivo que recuerda al Pollito de la Frontera, que ya talludo y corpulento parecía un contrasentido) marca un hito en una aproximación hermenéutica a la condición humana del insular, no de cualquier insular, sino de éste, el canario, que siente y padece una rémora de complejos atávicos con la que se flagela cada vez que se propone en su terruño despuntar en alguna faceta.

Piénsese que este descubrimiento de Guardiola ya es todo un personaje dentro de la historia del fútbol: el primer caso de jugador que ha conseguido marcar al menos un gol en todas y cada una de las competiciones oficiales de clubes en una misma temporada (Champions League, Copa Mundial de Clubes, Supercopa de Europa, Liga española, Supercopa de España y Copa del Rey), tal como sucedió en 2009.

Ahora, con 22 años, la misma edad que Lionel Andrés Messi, saborea las mieles de un éxito que no es casual, sino el fruto de La Masía, una vieja casa rural del siglo XVIII convertida en fábrica de talentos desde la época de Josep Lluis Núñez, en la que se alojaron las promesas más célebres del primer equipo, desde el propio Guardiola, hasta esta generación de Xavi, Iniesta, Pujol, Piqué, Valdés, Busquets, Pedrito y Messi, el primero de la academia en alcanzar el Balón de Oro (también en 2009, el año prodigioso del club).

Cruyff dice que Dios está al lado del Barcelona. Esta relectura bíblica del fútbol a la que nos hemos aficionado sin querer al calor de los goles ‘milagrosos’ del Mesías, se enriquece a partir de ahora con símiles de la misma estirpe, como gusta a la literatura futbolística española. Sin ir más lejos, con Pedro. San Pedro. “Tú eres Pedro…Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos”, son palabras del Mesías en el Nuevo Testamento a aquel pescador de Galilea, como si el Mesías blaugrana le hubiera dado al canario los galones para estos goles. Pedro, el pescador de goles del Barça, dejó uno de muestra en las redes del Madrid, diríase en esa crónica evangélica de moda. Pedro, el príncipe de los apóstoles de Messi, su favorito. Y nada cuesta imaginar un lienzo que pronto recree la última cena con Messi y sus apóstoles (aunque los comensales sumen once y no doce, salvo que se añada a Pep Guardiola). Pedro, la piedra angular de la delantera mágica del mejor equipo del mundo en plena gloria. Pedro, testigo de la transfiguración de Messi en el campo en cada gol. ‘Petrus Eni’ (Pedro está aquí). Y nada hace suponer que lo traicione negándolo tres veces (hat trick) antes del canto del gallo para que la profecía fuera redonda como un balón.

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miércoles, 07 de abril de 2010 - 9:48

La divinidad de Messi se cuadruplica. Venía de hacer partidos donde comenzaba a ser habitual que firmara tres goles de una tacada. El hat trick es como la Santísima Trinidad en fútbol. Pero Messi sumó este martes (Barcelona 4-Arsenal 1, partido de vuelta de los cuartos de final de la Champions League) al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un cuarto gol entre las piernas del portero español Almunia, del Arsenal, que es como si hubiera convocado a un ángel extra para ayudarle en la ascensión a los cielos, donde inevitablemente le situarán a coro los periódicos este miércoles.

Messi mete goles que insultan a la inteligencia de otros cracks más pretenciosos que ven sus partidos por la tele con una mezcla de resentimiento y resignación. Sin ir más lejos, Cristiano Ronaldo, para no abandonar el santoral, debió de poner cara de niño desconsolado envidiando a su próximo rival que metía el dedo cuatro veces en el pastel.

Lo de Leo Messi es una continua prestidigitación. Ángel Cappa sostiene que inventa el fútbol en cada partido (antes se habría dicho que en cada domingo, pero ya se sabe que hoy se juega también los lunes). Hay goles que se ven venir y otros que no se ven. Goles invisibles. Messi mete goles que sólo él ve. Y los demás nos enteramos cuando el balón ya está dentro de la portería y vemos la jugada repetida en la pequeña pantalla (tampoco ahora se suele mencionar la moviola).

De los cuatro al Arsenal (cuatro golazos golosos del mismo pastel), el primero fue un fogonazo como un corcel en llamas. Y dejó boquiabierto al espectador porque significaba un empate raudo (el Arsenal se adelantó). Cuando Messi mete por primera vez es como un abrelatas. Se presiente que detrás vendrán más goles en familia numerosa, como si los sacara de una chistera, a cual más inverosímil. El cuarto, una de sus arrancadas ‘isotrópicas’, no tenía sitio por donde entrar, salvo que el portero, tras un primer rechace, abriera las piernas. Eso hizo y el balón se coló por ahí.

Dicen que entre el Pelusa y la Pulga hay una extraña incompatibilidad inconfesable en la selección argentina, o un exceso de veneración del hijo al padre, que merma las cualidades del diez del Barcelona con la albiceleste, como entre Zeus y Perseo, padre e hijo, quizá por la misma razón que en ‘Furia de titanes’: el primero es un dios y el segundo también, pero prefiere ser hombre. Por eso, Messi se conforma con llevarse a casa la pelota después de cortar la cabeza de Medusa y marcar cuatro goles con ella.

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lunes, 05 de abril de 2010 - 11:02

Messi que estás en los cielos, recita el hincha por Semana Santa. Dios es argentino, reivindican en la patria de Perón con Messi y Maradona en la punta de la lengua. Ni Diego ni Leo son Dios, pero al primero ya le han fundado una iglesia desde que lo dieron por muerto en una de sus múltiples recaídas: a las puertas del hospital rezaban sus más fieles invocando el milagro. El dios Diego es un héroe póstumo, un resucitado. Y Messi tienta sin querer la inmortalidad de esa estirpe de dioses. Ya nadie discute quién es el quinto inquilino del olimpo del fútbol. Di Stéfano, Pelé, Maradona, Cruyff y Messi.

Para ser una leyenda hay que ganar un Mundial, dice con modestia y con razón el último astro universal, defendiéndose del veneno bajo palio del elogio. A Pelé, que a su edad tenía ya dos mundiales en su haber, lo acompañé un día entero en los años 80 y comprobé que la fama no se le había subido a la cabeza. Me contó secretos de alcoba de fútbol. “El sexo mejora el rendimiento de un futbolista”, por ejemplo, derribando así uno de los mitos más infundados. Maradona sucumbió al deseo de la droga y se endiosó.

Cruyff era autoritario e insigne. A Valdano, durante un partido, lo llamó aparte y le espetó: “Trátame de usted”. El balón era suyo. No lo soltaba ni cuándo el árbitro pitaba falta, quería saber por qué, dónde debía sacarse, quién era el infractor, pedía explicaciones. Y los árbitros se las daban como si fuera dios. Estos días, con motivo de ser distinguido como presidente de honor del Barcelona, he leído artículos sobre la magia del holandés venerable, que a cada rato quería inventar el fútbol (y de hecho, ideó una modalidad ajena al reglamento que divulgó durante una época en partidos de exhibición), hasta tal punto que en la Ciudad Condal recuerdan cómo, hasta que él llegó, el equipo estaba condenado a la frustración. A Cruyff le agradecen que los enseñó a soñar en grande y a saborear la gloria permanente, hasta hacer de ello una cultura futbolística que llega hasta nuestros días con Guardiola como el sucesor. Un día, vi salir a Cruyff del vestuario abatido y le pregunté si daba la liga por perdida. Matemáticamente, sólo le quedaba un soplo de vida a su equipo, el Barcelona, mientras el eterno rival, el Real Madrid, tenía el título prácticamente en el bolsillo. Me dijo: “Peor no puede estar, pero nunca te puedes dar por vencido”. Sucedió lo excepcional y ganó en idénticas circunstancias, o sea, en el último aliento del campeonato, aquélla y la siguiente edición. Nunca te puedes dar por vencido. En Cataluña, Cruyff es dios.

Pelé dice que Di Stéfano fue mejor que él. Don Alfredo sería el Padre, Pelé el Hijo y Maradona el Espíritu Santo. Claro que Cruyff y Messi multiplican la descendencia del progenitor que consagró la fe en el fútbol. El fútbol es fe. Cruyff, aquellas dos veces por mediación del Tenerife, prueba hasta qué punto lo es. Y Messi será o no será dios, pero hace goles que no son de este mundo. Messi y Maradona, qué par de argentinos. Dos dieces como dos dioses.

Benedetti nos dio el título del libro que escribimos en los 90 sobre el otro argentino carismático, Jorge Valdano, que fue campeón del mundo y vivió en primera persona algunas de las proezas del Pelusa en la tierra: su gol imposible a Inglaterra, el segundo de aquella velada de revancha por la guerra de las Malvinas, en el Estadio Azteca, en cuartos de final del Mundial, el 22 de junio de 1986, en que sorteó contrarios como obstáculos de un slalom, inspirando en el narrador Víctor Hugo Morales una de las descripciones más bellas en directo a través de la radio, que no me resisto a reproducir: “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… Siempre Maradona. ¡Genio! ¡Genio!¡Genio” , ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… y gooooool, gooooooool… Quiero llorar! Dios santo! Viva el fútbol! Golazo! Diego! Maradona! Es para llorar, perdónenme…Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico…., ¿de qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina… Argentina 2-Inglaterra 0…¡Diegol! ¡Diegol! Diego Armando Maradona. ¡Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0”.

El título del libro fue ‘Sueños de fútbol’, que es la expresión que utiliza uno de los personajes del cuento ‘El césped’, de Benedetti, para definirse una especie de bicho raro enfermo de tales obsesiones. El poeta uruguayo fue el que bautizó el primero de los dos goles míticos de Maradona en aquel partido que elevó al jugador a los altares: ‘La mano de Dios’, un gol que fingió marcar con la cabeza y en realidad metió con la mano, como si fuera la mismísima mano divina del fresco de Miguel Ángel en ‘La creación de Adán’.

Messi es el discípulo más aventajado de Maradona, que ha sido el espejo en el que siempre se miró, hasta que él mismo se convirtió en espejo. ¿Y ahora qué? ¿Puede haber más de un dios a la vez y que sean iguales? El perro de Maradona lo mordió en la cara y no era la máscara de Messi. Hay dos.

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