lunes, 29 de marzo de 2010

El enésimo desliz tras cuatro años dando palos de ciegos, agranda la sensación de ineptitud de las autoridades a la hora de esclarecer las desapariciones de Sara y Yeremi, que desafían a diario nuestra capacidad de olvido. El despliegue publicitario (quizá por eso mismo) durante cinco días para extraer unos huesos enigmáticos del pozo de Jinámar, dado el énfasis político inusual que supuso la presencia in situ en medio de las labores de la propia delegada del Gobierno, Carolina Darias, escoltada por la jefa de la policía, Consuelo de Vega, hizo creer que el hallazgo de restos óseos, esta vez sí, arrojaría luz sobre alguno de los dos casos de niños desaparecidos.

Desde que Sara Morales, entonces con 14 años, no regresó a casa en la ciudad alta de las Palmas de Gran Canaria el 30 de julio de 2006, se ha tejido una maraña de falsas pìstas y sospechosos que siempre nos abocó a la frustración. Era una menor con personalidad que dudosamente se habría dejado embaucar por un desconocido aquel día que se dirigía al centro comercial La Ballena a ver a un amigo con el que había quedado. Pero la investigación jamás dio con un hilo conductor que llevara hasta alguna persona concreta de su entorno para desentrañar el misterio.

En el programa especial de la TVC, que presenté en aquellos días, todos –familiares, amigos y policías- coincidían en no saber qué pasó exactamente. Casi cuatro años después sigue sin saberse (ésa es la triste realidad). Sigue removiéndose la tierra en busca de un posible cadáver, sin éxito. Y por eso, el anuncio de unos huesos en un pozo alimentaron la dramática esperanza de poder, por fin, saber. Saber.

Respecto a Yeremi Vargas, perdido desde que fue visto por última vez jugando en un solar al lado de su casa, en Vecindario, el 10 de marzo de 2007, cuando tenía siete años, ha trascendido poco más que sobre Sara. En algún momento, fuentes de la investigación han llegado a sostener la convicción de que pudiera encontrarse vivo. Tres años después, conduje un segundo programa en la TVC sobre estos dos niños, y el vacío de verdad –la verdad desaparecida- a propósito de ambos continuaba intacto: nada de nada, eso era lo que se sabía. Nada. Fuera opacidad o sequía de noticias oficiales, siempre tuve la percepción de que se estaba en un punto muerto.

La chapuza del episodio de los huesos del pozo de Jinámar resulta preocupante (y añade pesadumbre al ‘pozo’ de dolor ya de por sí profundo), porque trasmite una imagen penosa sobre el grado de cualificación profesional con que se está investigando el paradero de estos dos chicos (hoy habrían tenido 18 y 10 años de edad). No dudo de la voluntad de hacer todo lo posible por esclarecer ambos sucesos, ni haré el reproche fácil de que se está consiguiendo martirizar aún más a las familias. Sé que todos obran con la mejor intención. Pero esta pifia revela una torpeza casi cómica si no fuera por la tragedia que es. Tan sencillo como haber medido desde el primer día con una regla de referencia el tamaño de los huesos captados por la cámara subacuática de rayos x, para determinar si se trataba de restos óseos humanos o no. Por Dios.

Ahora, cuando al cabo de cinco jornadas de circo mediático inevitable, los huesos han sido extraídos, resulta que pueden ser de pájaro. Seguimos sin saber nada del nido o el nicho de los niños que buscamos.

Comentarios
HIT
miércoles, 31 de marzo de 2010 - 18:56
Estimado Sr. Rivero;

Que tragedia la de estas dos familias, no seré quien nuevamente, para alzar la voz, pero me acongoja el pensar que en un continente tan inmenso como esta isla de Gran Canaria, alguien pueda esfumarse, como un azucarillo en una taza de té.

Ya no se puede tener fe en nada, ni nadie.

Un cordial saludo.
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